Epístola a los nuevos belicistas

Alentados por la lluvia de misiles de crucero que el Gobierno de Trump hizo caer sobre Siria, en respuesta a un ataque con armas químicas del que Washington responsabilizó a El Asad sin aportar hasta hoy prueba alguna, y reforzados en su entusiasmo belicista por el uso de la “madre de todas las bombas” (simplemente, una bomba de mayor potencia que las demás) que aniquiló a un número indeterminado de yihadistas en Afganistán, no son pocos los políticos, periodistas y analistas que -también en España- abogan por desplegar en Siria e Irak todo el poder militar de la superpotencia mejor armada que el mundo ha conocido, a fin de aniquilar, de una vez para siempre, al Estado Islámico (EI) y cualquier otro residuo de yihadismo que pudiera sobrevivir al temporal de fuego y metralla con el que sueñan mentes tan calenturientas. Recupere ahora el lector el resuello tras tan largo párrafo inicial, pero preste atención a lo que sigue.

bombasEsa ofensiva total con la que se pretendería poner victorioso final a la “guerra global contra el terrorismo” podría derivar hacia dos rumbos. El más peligroso, pero bastante probable, conduciría a que EE.UU. se viera sumido en una compleja situación de guerra civil entre múltiples facciones enemigas en Siria, Irak, Afganistán, Yemen y otros países donde irían desplegando sucesivamente sus ejércitos en implacable persecución de un terrorismo siempre huidizo.

Sería una situación no muy distinta a la de Irak tras ser invadido por la coalición occidental, que la revista Foreign Affairs (marzo-abril 2007) calificaba así: “De hecho, en Irak se está desarrollando una guerra civil, comparable en muchos aspectos a otras que ocurrieron en los Estados poscoloniales con instituciones políticas débiles”.

¿Resolver desde fuera y por la fuerza una guerra de esas características? La tragedia sufrida por Irak tras la aventura militar que allí organizó el iluminado Bush debería ser suficiente experiencia para rehuir cualquier decisión que pudiera conducir a una situación análoga.

Supongamos, por el contrario, que la fortuna sonríe y se avanza por un rumbo más favorable: las fuerzas de EE.UU. barren y aniquilan en Irak y Siria al EI y toda traza de yihadismo e incluso fuerzan la desaparición de El Asad. Tras este resultado, que llevaría al histriónico Trump a lanzar el victorioso grito de guerra Mission acomplished!, los problemas que se presentarían serían quizá aún más complejos e irresolubles que el fracaso militar. Veámoslo.

EE.UU. no podría permanecer ocupando permanentemente los países donde alcanzó la victoria militar, a menos de desear enfangarse en un nuevo Vietnam ampliado y agravado, donde los diversos enemigos no solo lucharían contra la ocupación extranjera sino donde el fanatismo islamista reclutaría innumerables nuevos terroristas y el yihadismo se vería reforzado en sus esquemas teóricos y en el discurso de odio contra Occidente que tanto prestigio le confiere entre los pueblos musulmanes.

Entonces ¿qué hacer después de la aparente victoria? Aprendida la lección, es improbable que se reprodujera la caótica situación de improvisación que siguió a la derrota de Sadam Husein, cuando Washington apenas había previsto lo que podría ocurrir “después” y se le fue la situación de las manos, sembrando y esparciendo un caos cuyos efectos todavía sufrimos hoy.

Por otra parte, Rusia, Irán, Arabia Saudí… kurdos, suníes, chiíes… estarían observando atentamente la evolución de la situación, prestos a llenar cualquier vacío de poder que se produjera tras la inevitable retirada, total o parcial, de las fuerzas de EE.UU. La victoria militar sería un éxito breve, porque la complicada situación actual no tiene solución militar a largo plazo.

¿Estaría Trump preparado para hacerla frente? Más cerca de Atila que de Maquiavelo, el magnate investido con el máximo poder que hoy existe sobre el planeta debería hacer gala de cierta humildad y verdadero sentido del patriotismo, olvidando sus infantiles y rotundas formulaciones en política exterior. Habría de rodearse de asesores experimentados, conocedores de la Historia y menos preocupados por ayudarle a ganar las próximas elecciones presidenciales que por contribuir a la estabilización de un mundo donde la precipitada y a menudo irreflexiva irrupción de las armas estadounidenses -y las de sus aliados- solo ha contribuido a generar nuevos peligros y amenazas.

Serán necesarios menos misiles de crucero, drones o superbombas y más actividad diplomática inteligentemente conducida, apoyo eficaz a los Estados democráticos y respetuosos con los derechos humanos, incentivos económicos para unos y sanciones bien estudiadas para otros, ayuda al desarrollo, diálogo insistente y coherente sobre los intereses enfrentados pero también eficaz actividad policial, informativa y anticipada, coordinada a todos los niveles. Una vez más, y ante el prolongado fracaso de las armas en este largo conflicto, habría que recordar al ciceroniano aforismo: Cedant arma togae.