Un agujero negro en la política internacional

Por mucho esfuerzo que se quiera dedicar al análisis del complejo panorama internacional en el que día a día se producen acontecimientos que merecen el adecuado comentario, es difícil sustraerse al vértigo absorbente que produce ese masivo agujero negro de la política internacional que es el presidente Trump.

Así como una estrella absorbida por un agujero negro cósmico emite una andanada de radiación X que nos permite detectar el fenómeno desde nuestros observatorios terrestres, la continua absorción y destrucción de las normas y costumbres de la política internacional por el entorno de Trump también genera restallantes radiaciones que hacen temblar el universo de la política internacional y escapan fuera de la más elemental lógica en la que se basan las relaciones entre los Estados.

El autocomplaciente magnate de los negocios, que se ha visto propulsado a las más elevadas cumbres del poder mundial como neófito guía de la nación americana, no se muerde la lengua en sus desatadas declaraciones ni se esfuerza demasiado por aparentar unos conocimientos y una experiencia de los que evidentemente carece. O aún peor: alardea de ellos como esos pedantes que, habiendo digerido a duras penas un libro no dudan en derivar todas las conversaciones al terreno del texto recién conocido para lucir su sabiduría.

En su primera y más publicitada rueda de prensa tras alcanzar la Casa Blanca, este expansivo agujero negro de la política emitió oleadas de radiación X en todas direcciones. Al preguntársele por una de las cuestiones que más preocupan hoy al establishment político estadounidense, como es su simpatía personal con el autócrata moscovita, respondió: “Ya me han informado al respecto”. Y aclaró: “Cualquiera que haya leído los libros más elementales [sobre armas nucleares] la sabe: un holocausto nuclear sería una cosa incomparable. Ellos son un país con muy potentes armas nucleares y nosotros, también. Si tenemos buenas relaciones con Rusia, créanme, eso es una cosa buena; no es una cosa mala”.

Así, de un plumazo, despachó el complejo entretejido de unas críticas relaciones estratégicas entre las superpotencias, que han preocupado durante decenios a los más destacados expertos de todo el mundo. Una explicación de ese tenor podría muy bien pasar a los anales del humor junto con los famosos diálogos telefónicos de Gila sobre la guerra.

Lanzado ya a aclarar a sus ciudadanos aspectos cruciales de la política que EE.UU. va a desarrollar bajo su mandato, no vaciló en seguir explicando lo que había aprendido en esos libros “elementales” que le enseñaron lo peligroso del holocausto nuclear: “Ustedes ya saben lo que es el uranio ¿verdad? Esas cosas que llaman armas nucleares, como muchas otras cosas, están hechas con uranio, incluso algunas cosas malas”. Téngase en cuenta que tales declaraciones tuvieron repercusión internacional y fueron televisadas hasta los más remotos rincones del globo.

No se debería tomar a risa lo que pudiera pasar por un zafio primitivismo del hombre enriquecido en los negocios que pretende trasladar sus habilidades al terreno de la política. Un importante sector del pueblo estadounidense le ha votado con entusiasmo y le sigue apoyando. Su confianza en él no decrecerá porque lo que dice resuena con ecos familiares en muchos oídos que le escuchan ciegamente.

Un desengañado votante demócrata lo explicaba: “Nos ha despertado a muchos que ya no creíamos en nada. Los políticos de ambos partidos nos han ido hundiendo, solo preocupados por sus problemas. Tuvimos la crisis de las hipotecas, los bancos nos estafaron. Hay hambre, gente que duerme en la calle, desempleo… y estamos enviando dinero a países que no lo merecen, que nos odian; ayudando a los inmigrantes ilegales que no quieren trabajar…”

Son los nostálgicos, las generaciones que añoran un estilo de vida que ya no podrán recuperar, la del “sueño americano”, los que ahora responden con claras reacciones xenófobas, los que atribuyen a la globalización las reducciones salariales y los despidos, los que han visto cerrar fábricas que luego abrían en países menos desarrollados. De ahí el gran atractivo del lema electoral de Trump: America first, poner a EE.UU. y sus intereses en primero y único lugar. No en vano Trump alardeó públicamente en enero de 2016 que era tal su atractivo electoral que “podría disparar a gente en la 5ª Avenida y no perdería votos”. Una insensatez que, sin embargo, anticipaba la realidad.

El desencanto de la política habitual, la de los “viejos y grandes” partidos, y la que se desarrolla en los alfombrados despachos, clubes privados y ocultas componendas entre miembros de una misma clase, ha llevado a EE.UU. a la situación actual. Dejemos a los más expertos analistas de opinión reflexionar sobre cuál pueda ser el eco que todo esto producirá en nuestras viejas naciones europeas, porque nos va mucho en ello.