El camino hacia el totalitarismo

El totalitarismo, dijo Hannah Arendt durante una entrevista realizada en 1974 (un año antes de morir), empieza cuando se desprecia lo que se tiene. Merece la pena desarrollar algunas ideas de la influyente filósofa política de origen alemán, ahora que desde Manila a Washington y desde Moscú a Buenos Aires surgen gobernantes perturbadores y se alzan voces populares rechazando lo que hay y buscando algo mejor. Reflexionar sobre sus inteligentes palabras no es un ejercicio inútil; por el contrario, permite seguir arrojando luz sobre algunas cuestiones que hoy continúan siendo de máxima actualidad.

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El siguiente paso, según Arendt, en la vía que conduce al totalitarismo es la idea de que las cosas deben cambiar sea como sea, porque lo que venga siempre será mejor que lo que se tiene. Los caudillos totalitarios saben organizar este sentimiento popular, lo articulan y hacen que las masas acaben asumiéndolo: “Se les había dicho: ‘no matarás’, y no mataron. Ahora se les dice: ‘matarás’, y aunque piensan que es muy difícil matar, lo hacen porque forma parte del nuevo código de conducta. Aprenden a quién hay que matar, cómo matar y cómo hacerlo entre todos”.

Arendt lo vivió personalmente durante el régimen nazi, por su ascendencia judía, como una destacada intelectual crítica con la nueva Alemania, hasta que hubo de emigrar en 1933. En el texto antes citado hace una fotografía del crecimiento imparable de la violencia bajo el régimen hitleriano. Sabe lo que dice; no habla a humo de pajas.

Prosigue explicando cómo esa forma de matar “entre todos”, es un proceso de coordinación, donde el individuo no está coordinado con el poder sino con sus vecinos, actúa conjuntamente con la mayoría y, en vez de comunicarse con los demás, permanece englobado con ellos: “La sensación es maravillosa. El totalitarismo es una respuesta a las peligrosísimas necesidades emocionales de las gentes que viven totalmente aisladas y temerosas de los demás”.

Sin ir muy lejos, los recuerdos de ese totalitarismo perviven en aquellos jóvenes que en los años 40 desfilábamos por las calles de las ciudades españolas (en el llamado “Día de la Canción”) entonando marchas patrióticas, algunas de ellas versiones directas de himnos nazis: “Yo tenía un camarada”, “Prietas las filas”, etc. El rito de origen falangista contribuía a esa “maravillosa sensación”, resaltada por Arendt, de formar parte de un grupo que actúa siempre unido y donde la conciencia personal se diluye en la conciencia superior de la colectividad.

Sin embargo, para completar el camino que lleva al totalitarismo hay que atravesar necesariamente el profundo desfiladero de la mentira. Por eso, añade Arendt, en cuanto desaparece la libre información (prensa, radio, etc.) “puede ocurrir cualquier cosa”. Lo que más facilita la gobernación a los dictadores totalitarios es la desinformación del pueblo: ¿Cómo se puede tener una opinión personal si se carece de información?

Este es uno de los ejes principales de la cuestión, a la que se vuelve estos días cuando Trump niega la entrada en una rueda de prensa a los corresponsales de los medios de comunicación que no le son adictos, dañando una de las columnas básicas del régimen de libertades que establece la Constitución de EE.UU. O cuando los medios de comunicación, atendiendo más a los intereses de los grupos que los financian que a la veracidad de la información publicada (no hace falta salir de España para advertirlo) contribuyen a confundir y engañar a su público. Eluden la verdad o la distorsionan; no reconocen ni se excusan por las flagrantes mentiras difundidas o por las calumnias infundadas.

Si todo el mundo le está mintiendo a usted continuamente, la consecuencia -según Arendt- no es que uno llegue a creerse las mentiras sino que nadie acaba creyendo nada. Esto se debe a que las mentiras, por su propia naturaleza, tienen que cambiar y el gobernante mentiroso se ve obligado a reescribir su propia historia. El ciudadano no recibe una sola mentira -con la que podría funcionar el resto de su vida- sino un gran número de ellas, según sople el viento, con lo que una sociedad que no cree en nada no puede tomar decisiones, queda privada no solo de su capacidad de actuar, sino también de pensar y juzgar. Con un pueblo así deformado y resignado puede hacerse lo que se desee, concluye Arendt.

Para defender a EE.UU. del peligro que para las libertades y la democracia representaba el “complejo militar-industrial”, el presidente Eisenhower, en el discurso de despedida en 1961, llamó la atención sobre la necesidad de una “ciudadanía alerta e informada” (alert and knowledgeable citizenry) con cuya colaboración la seguridad y la libertad podrían crecer al unísono (security and liberty may prosper together). La fórmula sigue vigente: solo los ciudadanos vigilantes e informados podrán afrontar la creciente ola de mentiras y falsedades que alimenta en los pueblos el odio, la xenofobia y el racismo. Para ello tendrían que ser capaces de contrarrestar la poderosa capacidad de engaño de los poderes vigentes: político, financiero, religioso, cultural, etc. ¡Ardua tarea parece hoy!