Trump arregla las cosas… y ayuda a Ikea

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Pocos días después de su investidura, con motivo de una ceremonia de ámbito religioso, Trump explicó una de las ideas básicas de su modo de gobernar: “El mundo está lleno de problemas. Nosotros vamos a solucionarlos. Es lo que yo hago: arreglo las cosas. Creedme, vamos a solucionarlo todo”.

No parece, sin embargo, que se arreglen mejor las cosas mediante una costumbre establecida por el insólito presidente tras su explosiva irrupción en la Casa Blanca: la de comunicarse con sus gobernados a través de Twitter cuando intenta reparar alguna de sus antológicas meteduras de pata o explicar las imprevisibles decisiones que hace públicas cuando aparece en persona ante sus fieles seguidores en los multitudinarios encuentros que organiza.

El pasado sábado cometió un sonado desliz cuando en un mitin aludió “a lo que pasó ayer por la noche en Suecia”, inventándose un atentado terrorista en ese país: “¡Quién lo iba a creer! -recalcó- ¡En Suecia…! Admitieron un gran número [de inmigrantes] y tienen problemas como nunca imaginaron. Mirad lo que pasa en Bruselas, mirad lo que pasa en todo el mundo”.

El motivo real de esta declaración no era sino un paso más en su larga y obsesiva campaña por atemorizar a la población, estableciendo un estrecho vínculo entre inmigración y terrorismo, campaña a la que otros dirigentes políticos en todo el mundo se están sumando para desgracia de la humanidad.

Ante el asombro que provocaron sus palabras sobre un hecho inexistente, el testarudo Trump se justificó con un tuit el día siguiente. Vino a decir que se había enterado del presunto atentado terrorista viendo un programa de la televisión comercial en el canal Fox, el alimento espiritual de la extrema derecha estadounidense. Su confirmado desprecio por los medios de comunicación en general, a los que ataca sin descanso, parece tener excepciones con los que le son más afines.

Aparte del pitorreo que suele generar la verborrea irrefrenable del magnate investido presidente (que incluso ha dado publicidad a la omnipresente Ikea), la primera pregunta que surge al conocer lo sucedido es cómo Trump puede hablar públicamente tan a la ligera a pesar de disponer de los mejores servicios de información y espionaje cuya misión es tenerle al tanto de la situación internacional.

Esto introduce en el asunto un nuevo matiz del que Trump no es el único responsable, dada su inexperiencia política, su ignorancia histórica y el modo “doméstico” con el que pretende dirigir a la nación americana. ¿Se basan siempre las más críticas decisiones políticas de los Gobiernos en la información suministrada por los servicios de inteligencia? A menudo no es así.

En su libro Soviet Leaders and Intelligence, Raymon Garthoff, antiguo embajador de EE.UU. y asesor del Departamento de Estado escribió: “Cuando año tras año, en la década de los 80, los servicios soviéticos no podían encontrar indicios de que Occidente se estuviera preparando para atacar, sus jefes les instaban a redoblar los esfuerzos para hallarlos, en vez de felicitarles por tranquilizar al Gobierno”.

En realidad eran poco utilizados. Jruschef provocó en 1958 la crisis de Berlín, aislando la capital del resto de Alemania “sin poseer información alguna sobre las posibles reacciones occidentales”. Lo mismo ocurrió cuando “envió misiles nucleares a Cuba sin pedir ninguna valoración sobre las posibles respuestas de EE.UU.”. Aún más: Gorbachov realizó una asombrosa pirueta política y estratégica cuando declaró que el enemigo había desaparecido e introdujo cambios drásticos en la economía y las instituciones estatales, sin implicar a los servicios secretos que “no tuvieron ningún papel en la creación del nuevo pensamiento que reconstruyó de raíz la política de la URSS”.

¿Estará Trump repitiendo una fórmula de gobierno aplicada por los viejos dirigentes soviéticos, basada en la intuición personal, un conocimiento difuso de la realidad y el mesianismo popular que le ha llevado al poder? Si así fuera, como escribe Garthoff, podría aplicársele el mismo juicio que emitió George Kennan, el embajador de EE.UU. en Moscú a comienzos de la Guerra Fría, cuando al informar en 1946 sobre la URSS, se refirió “al misterio no resuelto sobre si hay alguien en la Unión Soviética que reciba información exacta y no distorsionada sobre el mundo exterior… Ni yo me atrevo a creer que el mismo Stalin posea una imagen objetiva del mundo exterior”.

Muchas son las sorpresas que el imprevisible Trump nos reserva, pero resulta curioso que puedan aplicársele algunas de las cualidades atribuidas con certeza a los dirigentes de la extinta Unión Soviética más odiados en EE.UU.