Trump contra el Estado Islámico

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De la misma forma en que actuaron anteriores presidentes de EE.UU., que se empeñaron ciegamente en conflictos bélicos sin haber previsto su evolución ni tener planificado lo que harían tras la victoria militar, Donald Trump también ha anunciado que va a volcar todos sus recursos militares para destruir de raíz al Estado Islámico (EI). Pero no ha explicado todavía lo que podría suceder después y cómo afrontarían EE.UU. y sus aliados occidentales la nueva situación creada tras el supuesto aplastamiento del EI bajo el inigualable poder militar de la superpotencia americana.

Es de esperar que sus asesores sean capaces de reflexionar, al menos, sobre lo sucedido en los últimos meses de la guerra que se viene desarrollando en Irak y Siria y deducir cuáles serían las consecuencias más probables de la decisión de Trump, si llega a ponerse en práctica tal como él parece haberla concebido.

Las derrotas del EI en algunas ciudades importantes, como en Mosul, no han logrado liquidar la insurgencia sino que han propiciado su retirada (llamémosla “estratégica”) a zonas despobladas, desérticas o montañosas, para rehuir el enfrentamiento directo con los ejércitos nacionales y sus aliados occidentales, aplicando lo que es un principio esencial de la guerra de guerrillas. Esto no ha sucedido solamente en Irak y Siria, sino en cierta medida también ha sido la reacción yihadista en algunos países africanos y en Yemen, bajo la presión militar de sus oponentes.

Otro efecto de la derrota del EI, predominantemente suní, es el auge de los grupos chiíes y el agravamiento de las tensiones interreligiosas entre ambas comunidades, como ocurrió tras la caída de Sadam Husein en aquella loca aventura mesopotámica del alucinado George W. Bush. Sería un error imaginar que esas tensiones no se exacerbarán y se extenderán por otros territorios, incluso trasladándose a los países occidentales, hasta ahora ajenos a ellas.

Pero quizá el más pernicioso efecto de una destrucción del EI en Oriente Medio sea la dispersión de los combatientes yihadistas y su retorno a los países de procedencia, bien entrenados y fogueados en el combate tras luchar en Siria e Irak. Los últimos atentados terroristas en París y Bruselas son muestra de esta posibilidad. La combinación de este efecto y el creciente impacto en los países occidentales de la inmigración por otros motivos (guerras, hambrunas, refugiados políticos o económicos, etc.) supone una creciente carga en los órganos de protección de los Estados, con una tendencia clara a limitar las libertades y derechos ciudadanos, so pretexto de alcanzar una seguridad ilusoria, y el exacerbamiento de las tensiones xenófobas y racistas en la población.

Lo anterior forma ya parte del programa inaugural del presidente Trump y de los partidos europeos de extrema derecha, en pleno auge a causa del temor sistemáticamente inculcado en unas sociedades a las que se asusta con datos falsos sobre la supuesta invasión musulmana, que destruirá sus valores tradicionales y empeorará sus condiciones de vida.

Además de los retornados, la derrota del EI en Siria e Irak podría actuar como inspiración y aliciente para las generaciones más jóvenes de musulmanes nacidos y educados en Occidente, que a duras penas conviven en una sociedad crecientemente hostil a su cultura y a su religión. Sin ser creyentes fanáticos, se radicalizan y aíslan a través de las redes sociales o actos de propaganda que les hacen sentirse culpables en relación con los “hermanos” que arriesgaron o entregaron sus vidas luchando en Oriente Medio.

Por ese motivo se convierten en los llamados “lobos solitarios” que actúan aisladamente. Este tipo de terroristas cuenta con la aprobación del EI y de Al Qaeda, que propugna la yihad fuera del “Califato” y trasladada a los “Estados infieles”. Son los artesanos del terrorismo, que eligen por su cuenta los objetivos, adquieren los instrumentos necesarios y se agrupan según sus afinidades, sin apenas infraestructura de apoyo ni órdenes superiores, como el asesino de Niza.

Otra consecuencia de la eliminación del EI sería el refuerzo de Al Qaeda, a la que afluirían los desbandados combatientes de aquél, en países donde ésta sigue activa, como Somalia, Yemen, el Sahel y el Magreb. Una nueva época de inédita actividad terrorista podría ser el resultado, del mismo modo como la creación y apoyo a los primeros grupos yihadistas armados por Occidente para expulsar a la URSS de Afganistán desencadenaron una nueva forma de lucha cuya expansión e intensidad pocos habían anticipado.

Trump y sus asesores no deberían ignorar una vieja lección de la historia bélica de la humanidad, que enseña que las guerras se sabe (aunque no siempre) cómo y por qué comienzan pero es prácticamente imposible adivinar cómo van a concluir y qué nuevas situaciones van a crear.