Juego a tres bandas: Trump, Putin y Europa

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Algunas de las resonantes declaraciones de Trump, antes de pisar de pleno derecho el umbral de la Casa Blanca y asentarse en el despacho oval, le hicieron exclamar a un veterano analista político, con el que he compartido pintorescas experiencias, esta descriptiva y coloquial valoración: “Pero este tío ¡es un venado!”.

Algunas semanas antes habíamos discutido sobre los tenaces esfuerzos de Putin para volver a situar a Rusia en una posición destacada en el tablero internacional del poder, con tres vectores bien señalados: el que se orienta hacia Europa, el que se proyecta hacia el Mediterráneo Oriental y el Próximo Oriente y el que mira claramente hacia el Este, sobre todo a China y Japón.

Ambos hilos de pensamiento parecen entrelazarse tras conocer los primeros nombramientos del futuro equipo de gobierno del presidente electo, algunos de los cuales tienen estrechos vínculos con Rusia, cuando no directamente con el mismo Putin.

El general Mike Flynn, tachado -quizás exageradamente- de “islamófobo”, que conoce a Putin y ha sido colaborador de una cadena televisiva patrocinada por el Kremlin, alcanza el muy destacado puesto de asesor de seguridad nacional, en el más estrecho círculo inmediato al Presidente. Nada menos que como Secretario de Estado, el segundo cargo en relevancia política, Trump ha designado al magnate Rex Tillerson, director ejecutivo de la petrolera ExxonMobil, con importantes negocios en Rusia y que incluso fue condecorado por Putin.

Por último, contribuyen a combinar todo lo anterior y a complicarlo un poco más las informaciones difundidas por la CIA sobre las actividades ocultas de Rusia para favorecer la elección de Trump mediante filtraciones que pudieron perjudicar a la candidata demócrata.

No es difícil admitir que el apoyo de Putin a Trump durante la campaña electoral podía tener algunas razones basadas en la despectiva opinión de Trump hacia la OTAN y los socios europeos de esta alianza y en su aceptación tácita de las intervenciones rusas en Ucrania y Siria, que tanto rechazo produjeron en la Unión Europea. Por otro lado, no conviene olvidar los elogios de Trump hacia el modo de gobernar del autócrata del Kremlin, al que aludió como “el hombre que ejerce un fuerte control sobre su país” y del que dijo que era “mucho mejor líder que nuestro presidente [Obama]“. Estas opiniones, expresadas en varias ocasiones, pueden proporcionar algunas pistas sobre lo que hará el popular multimillonario neoyorquino cuando a partir del 20 de enero se instale en el despacho oval y ponga sus manos sobre los mandos de la primera superpotencia mundial.

Aunque la todavía imprevisible gobernación de Trump producirá efectos en todo el globo, a los europeos nos interesa sobremanera anticipar su repercusión en las difíciles relaciones que Europa mantiene con Rusia. A ello la European Leadership Network (ELN) ha dedicado algún tiempo para averiguar si existen bases para un mejor entendimiento entre ambas partes, recurriendo a expertos rusos y europeos. Las discrepancias consideradas abarcan varios aspectos: 1) la seguridad en Europa; 2) la expansión de la OTAN; 3) las recientes intervenciones militares; y 4) el derecho a la autodeterminación y a la secesión de los pueblos.

La descripción occidental de la intervención rusa en Ucrania y la anexión de Crimea, como hechos que violan la legislación internacional y ejemplos de agresividad militar, inclina a Europa a una estrategia de disuasión a Rusia y de retorno al statu quo. La argumentación de Moscú en defensa de sus acciones es rechazada en Europa como simple y vacua propaganda.

Pero el análisis de la ELN muestra que las discrepancias sobre la seguridad europea en ambas partes son más profundas que lo aparente. Afectan al moderno concepto de soberanía y al derecho a intervenir en otros Estados, aduciendo no solo las intervenciones rusas en Ucrania y Georgia, sino a las occidentales en Kosovo, Irak y Libia. Otra conclusión del informe es que la mala situación de las relaciones Europa-Rusia “no se arreglará con un simple cambio de los dirigentes y la disputa durará largo tiempo”.

Quizá la conclusión de más calado es que el reto que Europa afronta no es regresar a “una interpretación estática del statu quo sino plantear una política capaz de gestionar lo que en realidad es un largo proceso de cambios históricos en los que Europa está sumida”, que incluye las desintegraciones yugoslava y soviética, la reunificación alemana y las cuestiones fronterizas aún pendientes. Ni siquiera la exigencia de cumplir la legislación internacional serviría de solución, dadas las distintas interpretaciones que de ella se hacen en Europa y Rusia, e incluso entre los mismos países europeos, como ocurre con Kosovo.

Aparte de las inminentes noticias que “el venado” Trump va a generar en breve sobre múltiples acontecimientos hoy imprevisibles, los europeos habremos de recordar que estamos sumidos en un crítico juego de poder e influencia entre Moscú y Washington, en el que habremos de encontrar un difícil equilibrio cuyo objetivo final no sea otro que el mejor modo de beneficiar a los pueblos que compartimos este viejo continente.