La guerra de hace cien años

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Mi último comentario en este año 2016 que concluye ahora sin pena ni gloria quizá ayude al lector a olvidar las noticias dominantes estos días (sobre la cuasipermanente corrupción, los problemas migratorios, la austeridad, pobreza, desigualdad y frustración política, la inminente “amenaza Trump”, el terrorismo, etc.), llevándolo a la Europa de hace un siglo: la del invierno de 1916. A una Europa doliente y ensangrentada en la que se destrozan entre sí doce de sus Estados.

En el bando aliado, al que Portugal por esas fechas acababa de incorporarse, participaban, además de nuestros hermanos ibéricos, franceses, rusos, ingleses, italianos, serbios, belgas y rumanos. Japón era otro aliado, lejano, que no luchó en Europa. En el bando opuesto se alineaban los ejércitos de Alemania, Austria-Hungría, Turquía y Bulgaria.

Las nacionalidades que lucharon fueron más numerosas porque en las potencias coloniales sirvieron soldados de las colonias y fueron “cubriendo de sangre los campos de Francia” (como cantó Gardel) australianos, senegaleses, sudafricanos, canadienses, indios y muchos otros pueblos, como los beduinos que encabezó el mítico Lawrence de Arabia.

La única gran potencia que permanecía neutral era EE.UU., que ya había sufrido pérdidas por la actividad de los submarinos alemanes. El presidente Wilson, en el discurso inaugural de enero de 1917, proclamó: “No habrá guerra. Sería un crimen contra la civilización que participáramos en ella”. Pocos meses después hubo de rectificar y, manteniendo la tradicional política estadounidense de intervencionismo en el continente americano, abandonó la neutralidad en la gran guerra europea y restableció el servicio militar obligatorio.

En 1916 concluyeron dos crueles carnicerías: las batallas del río Somme y de la zona fortificada de Verdún. En unos cinco meses murió un millón de combatientes de ambos bandos. Un promedio aterrador: unos 6600 muertos diarios ¡cinco soldados cada minuto! (El doble, si se considera que se combatía solo durante las horas diurnas). El llamado frente occidental -los ya citados “campos de Francia” y el extremo suroccidental belga-, donde se libraron ambas batallas, apenas varió unos pocos kilómetros en algunos sectores a pesar del esfuerzo humano despilfarrado en esas ofensivas.

Un escritor británico resumió así lo ocurrido en el año 1916, según recoge el historiador Martin Gilbert:

El mundo testarudo
La Iglesia muerta o contaminada
Los ciegos conduciendo a los cegados
Y los sordos arrastrando a los enmudecidos
(traducción propia)

Finalizando 1916 murió el emperador Francisco José, al que sucedió en el trono de Viena el archiduque Carlos. Tres días después de la muerte del emperador falleció con mucho menos eco internacional un personaje cuya influencia en esta guerra fue, sin embargo, decisiva: Hiram Maxim, el inventor de la ametralladora. (La imagen lo muestra con uno de los primeros modelos de su máquina en 1884).

La ametralladora utilizada en las trincheras acabó con las cargas de caballería y los asaltos de la infantería a la bayoneta en formación cerrada, usuales hasta la última guerra importante librada en Europa, la que cuarenta años antes había enfrentado a los ejércitos de Francia y Prusia. Empezaba una nueva forma de combatir.

Ya antes del comienzo de la gran guerra, la ametralladora fue un arma decisiva para la hegemonía europea en el mundo, contra aquellos pueblos de color -en Asia o África- tan despreciados por el hombre blanco que ensalzó Rudyard Kipling, pueblos que a veces tenían la osadía de atacar con lanzas, flechas y algunos fusiles a las disciplinadas filas de los “casacas rojas” de la majestad británica encargados de civilizarlos.

Gilbert resalta la paradoja creada por la ametralladora: “El invento de Maxim se había convertido ahora en el instrumento con el que quienes compartían los más altos valores de la civilización, la religión, la ciencia, la cultura, la literatura, el arte, la música y el amor a la naturaleza se desangrarían entre sí, hasta la muerte o la victoria”. Descartando el amor a la naturaleza, por el que no se distinguieron los colonizadores blancos, queda bien señalado el contraste entre cultura y violencia occidentales.

En 1916 no se repitió la famosa “tregua navideña” de 1914, cuando confraternizaron los soldados enemigos. En los numerosos frentes de guerra abiertos por esas fechas (una docena, desde el golfo Pérsico hasta el mar del Norte, en Europa, Asia y África) se intensificaron durante la Navidad de 1916 las operaciones militares por tierra y mar, para avivar el espíritu bélico de las tropas, ante los brotes de insubordinación que empezaban a surgir.

Los pueblos de la Europa de hace cien años veían concluir 1916 con la esperanza (luego frustrada) de que el nuevo año trajera el fin de aquella insensata guerra. Los europeos de 2016, por el contrario, no andamos muy sobrados de esperanza ante una Europa vacilante y asediada por sus muchos demonios externos e internos de los que parece no saber librarse.

A pesar de todo, la Europa de hoy nada tiene que envidiar a la de hace un siglo. ¡Feliz 2017 a los lectores de este diario!