Convivir con el islam

Los que con nuestra mejor buena voluntad de entendimiento entre los seres humanos nos seguimos empeñando en ver en el terrorismo islámico una derivación aberrante y minoritaria del mahometismo y por eso creemos aún posible la convivencia con un islam de amor y solidaridad -tal como lo califican quienes mejor dicen conocer la fe de Mahoma- tenemos que superar con mucha dificultad intelectual y haciendo de tripas corazón los frecuentes y repugnantes atentados perpetrados al grito de ¡Alá es grande!, resonante consigna casi siempre acallada por el ruido de las explosiones o los disparos con los que se pretende subrayar la verdad de ese dogma. (Menos cuando la grandeza de Alá se muestra con el menos sonoro procedimiento de decapitar infieles, también utilizado a menudo).

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Una derivación aberrante y minoritaria del islam, escribo arriba, lo que, al fin y al cabo, es algo parecido a lo que fue nuestra Inquisición, creada durante el reinado de los catolicísimos Fernando e Isabel y solo abolida, entrado ya el siglo XIX, bajo los vientos de la Ilustración, esos que tan tarde empezaron a soplar en España y que todavía no la han barrido del todo, por lo que se ve.

¿Como podía ser compatible con los textos evangélicos, esos que promulgan el amor al prójimo y el perdón de los pecados, una institución que oficialmente quemaba en la hoguera a los que definía como herejes, casi siempre después de torturarlos? Herejía que era precisada por los clérigos que interpretaban en exclusiva las esencias doctrinales del profeta palestino sobre cuyo recuerdo se construyó el enorme castillo fortificado del cristianismo, con sus muchas sombras (corrupción, hipocresía, mentiras…) y pocas pero brillantes luces (Ellacuría, el padre Ángel…).

Pensar que “nosotros” hemos evolucionado -y “ellos”, no- podría apuntar a una ingenua solución: de algún modo, no vislumbrado aún, al mundo islámico le llegará su Ilustración y se separarán la religión y la política. Así se evitarían las aberraciones que se producen cuando un supuesto texto divino, dictado hace siglos a un profeta, se convierte en guía inmutable que rige todos los aspectos de la vida. ¿Cuándo ocurrirá esto? ¿Habrá que esperar mucho? No es, pues, una solución eficaz para resolver el actual conflicto.

La más peligrosa de esas aberraciones es la que induce al suicidio sacrificial, que fanatiza a gentes entusiastas y de buena voluntad pero malignamente desinformadas, a las que garantiza el paraíso eterno si asesinan infieles según los mandatos del Corán.

El terrorista suicida es un enemigo muy difícil de combatir por los métodos habituales de la seguridad de los Estados y se convierte, a la larga, en el instrumento bélico de mejor coste/eficacia, lo que induce a los gobiernos a multiplicar sin límite los recursos destinados a la prevención del terrorismo sin poder garantizar nunca su plena derrota.

Este asunto daría para muchas páginas de reflexiones más documentadas que lo que es posible en este breve comentario al hilo de la actualidad. Por este camino seguramente nunca se alcanzará la solución a este problema: ¿Cómo defenderse mejor del terrorismo islámico?

La pregunta está mal planteada. No hay razonamientos que la respondan directamente. Más eficaz sería plantarla al revés: ¿Qué es lo que no sirve para nada frente al terrorismo e incluso llega a ser contraproducente?

La experiencia acumulada después de los atentados del 11-S y los subsiguientes errores en los que EE.UU. y sus principales aliados incurrieron para vengar aquella herida causada al orgullo imperial nos obligan a descartar desde el principio una solución: la guerra.

¿Qué se ha logrado tras las guerras de Afganistán e Irak? Se ha multiplicado el número y tipo de grupos terroristas, han quedado unos Estados donde proliferan nuevas generaciones de terroristas y se ha creado en el resto del mundo la sensación de la inevitabilidad de nuevos ataques. Es decir, se ha ayudado a extender y agravar el terror en amplios sectores de la población mundial.

¿Cree el Gobierno israelí que aumentando la presión y la disgregación del pueblo palestino contribuirá a reducir el peligro del terrorismo islamista? Quizá lo crea así, pero está haciendo todo lo posible por conseguir lo contrario.

¿Cree Trump que aniquilando bajo las bombas a los combatientes del Estado Islámico en Iraq o Siria habrá resuelto el problema? Más bien lo habrá multiplicado en una peligrosa metástasis de las células del terror que, expulsadas de un lugar, se esparcirán por todos los continentes.

Búsquese la manera de afrontar el terrorismo islámico con instrumentos que no sean los drones, las bombas, los comandos, los cazabombarderos o los portaaviones. Estos instrumentos no han dado resultado a pesar de haber sido profusamente utilizados hasta hoy. Póngase a la ONU y a sus diversas agencias, a las demás organizaciones internacionales, a los mejores cerebros de la política mundial, a buscar fórmulas imaginativas que no repitan los errores del pasado. Ese es el camino donde la verdadera política, la que se orienta hacia el bien común, puede demostrar su utilidad social. Si la política sigue limitándose a un forcejeo por el poder entre los más destacados aspirantes a él, turbio será el futuro que aguarda a la humanidad.