Los “robots asesinos”

Durante esta semana se está celebrando en Ginebra la 5ª Conferencia de revisión de la “Convención sobre armas convencionales (sic)” (CCW en sus siglas en inglés), donde se pretende invitar a todos los Estados a unirse a los catorce países que convocaron y participan en la campaña organizada para prohibir los llamados “robots asesinos”, es decir, las armas letales autónomas o LAWS (lethal autonomous weapons systems).

KillerRobotSe trata de armas -mejor dicho: “sistemas de armas”- que son capaces de elegir por sí mismas el objetivo más adecuado en cada momento y atacarlo sin intervención humana directa, esto es, sin que sea un combatiente el que decida cuándo y cómo utilizarlas. Aunque son producto de la inteligencia y la industria humanas, estas armas están dotadas de “inteligencia artificial”, un sistema organizando de variables lógicas interrelacionadas que, en función de ciertos datos del momento y mediante unos algoritmos previamente incorporados, permite dejarlas libres en el campo de batalla, donde actúan de modo autónomo de acuerdo con la situación.

Es evidente que estamos ante un importante salto cualitativo en las formas de combatir, lo que afectará a los principios básicos de la táctica militar. Hasta que esas armas no se utilicen extensivamente es imposible adivinar cómo modificarán la forma de luchar en el campo de batalla y la influencia que esto tendrá en el desarrollo de nuevas estrategias, posiblemente transformando también algunos conceptos básicos del fenómeno social que llamamos guerra.

Lo mismo ocurrió con la adopción de la pólvora primero y de la energía nuclear después, dos innovaciones que supusieron transiciones de gran calado, tanto en la sociedad civil como en los ejércitos. En anterior comentario recordaba cómo reaccionó Cervantes ante las armas de fuego, en boca de Don Quijote: “Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención”. Lo justificaba porque “un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero [con] una desmandada bala [que] corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos”.

Muy distintas son las múltiples cuestiones que hoy preocupan ante la presión tecnológica que impulsa el desarrollo de nuevos artefactos bélicos. Si un soldado utiliza mal su arma y viola las convenciones sobre la guerra, puede ser juzgado y castigado. Pero si es un robot el que incurre en análogo desmán ¿quién es responsable? ¿El fabricante? ¿El jefe que ordenó su despliegue sobre el terreno?

Hay quien afirma que un robot no puede incurrir en algunas de las indignidades en las que a veces caen los soldados: tortura de prisioneros, violación de mujeres, asesinatos a menudo fruto de la ira o del cansancio y el agotamiento propios del combate. De este modo, se dice, la guerra acarrearía menos hechos delictivos contra el derecho humanitario.

Pero existen obstáculos aparentemente insalvables. Aun si un robot pudiera identificar positivamente al personal civil, ancianos, niños y otros no combatientes, ¿sería capaz de reconocer intenciones, el elemento básico para valorar el peligro que representa cualquier presunto enemigo? De no ser así, aumentarían las muertes “inútiles” y poco se habría ganado.

Creo que el rechazo principal al empleo de tales armas se basa en que deshumanizarían aún más la guerra. Existe un libro que tengo por imprescindible para conocer por dentro la guerra de hoy: War, de Sebastian Junger (editado en España por Crítica en 2011, en una lamentable traducción). Libro que es aconsejable combinar con un excelente y premiado documental, Restrepo, rodado mientras Junger vivía incorporado a una sección de infantería desplegada en uno de los más peligrosos teatros de operaciones de Afganistán.

El eje esencial del libro y del documental está lejos de ser una loa a la guerra. Descubre su brutalidad, pero también los valores humanos de los que la ejecutan en los escalones más bajos: el compañerismo, la abnegación, la lealtad al que lucha al lado y al jefe inmediato. La esencia de la formación militar del combatiente la expresa Junger cuando escribe que las críticas decisiones que a veces tiene que tomar un soldado, con urgencia y bajo la presión de la muerte, “no se basan en lo que es mejor para él sino lo mejor para el grupo. Cuando todos actúan así, el grupo sobrevivirá; si no, muchos morirán”. Y añade: “En esto consiste, en esencia, el combate”.

El autor preguntó a un soldado si arriesgaría la vida por sus compañeros: “Por ellos me arrojaría sobre una granada de mano”, le respondió. Y aclaró: “Porque quiero a mis hermanos, los quiero de verdad. Poder salvar su vida para que puedan vivir me parece que vale la pena. Y todos ellos lo harían por mí”.

No parece fácil que, a pesar de los acelerados avances que experimenta la inteligencia artificial, se pueda inspirar en los robots los sentimientos humanos que, con independencia de la legitimidad o la perversidad de una guerra, necesitan los soldados para afrontar de cara a la muerte y cumplir su misión.