¿Dónde está la solidaridad?

Ahora que la solidaridad ha pasado a ser una palabra casi carente de sentido en esta Europa -antes cordialmente calificada solo de “vieja” y hoy vergonzosamente expuesta ante los ojos del mundo simplemente como “decrépita”-, no está de más reforzar la decaída moral de los europeos trayendo a la luz los últimos vestigios perceptibles de esa virtud que formó parte del “humanismo europeo”.

Olvidemos por unos momentos esas humillantes imágenes de las que se han hecho eco los medios de comunicación, donde los fracasados inmigrantes asiáticos son devueltos a Turquía, escoltados uno a uno por policías europeos protegidos con mascarillas, y abandonados de nuevo a su suerte tras los padecimientos del viaje de ida.

En España esto no debería asombrarnos mucho ya que análogo problema se resolvió de un modo similar en julio de 1996, devolviendo a su país de origen en aviones militares a 103 inmigrantes subsaharianos previamente sedados, de lo que el entonces presidente del Gobierno se congratuló exclamando: “Teníamos un problema y lo hemos solucionado”. El mismo problema que ahora está solucionando (?) la Unión Europea.

Para nuestro consuelo conviene hacer constar que todavía, sobre suelo europeo, nacen y sobreviven instituciones y organizaciones para las que la palabra “solidaridad” sigue teniendo valor. Voluntarios españoles han estado colaborando altruistamente en las islas griegas para aliviar los padecimientos de los emigrantes y tendiendo una mano amiga a los que arribaban a sus playas en vez de recibirlos con disparos de pelotas de goma.

En la vecina Francia también hay valiosos residuos de solidaridad. Solidarités International es una ONG humanitaria fundada en 1980 por Alain Boinet, con el objeto de proporcionar ayuda de urgencia a las poblaciones más vulnerables en los conflictos y desastres naturales, atendiendo al suministro de agua potable y cuidados sanitarios, a la alimentación básica, el alojamiento y la reconstrucción de lo destruido. Aunque en la actualidad está presente en 17 países de Asia y África, en ocasiones anteriores también trabajó en Europa, el Caribe y Oceanía.

En una reciente entrevista Boinet ha narrado sus experiencias tras treinta años en la vanguardia de la acción humanitaria y ha opinado también sobre la situación europea. En 1980 era director de comunicación de una multinacional parisina y en su deseo por convertirse en “un gran reportero” viajó a varios países en conflicto.

Ese mismo año, con un grupo de amigos, entró clandestinamente en Afganistán, sin visados ni autorizaciones, para visitar los pueblos bombardeados y distribuir dinero a las familias más afectadas, junto con algunos miembros de Médicos sin fronteras: “Nos tachaban de idealistas o aventureros, porque entonces la ayuda internacional solo llegaba con el beneplácito de los Estados o de las fuerzas que controlaban los territorios”.

Hoy la situación ha cambiado y la acción humanitaria puede alcanzar a todos los países, como Corea del Norte o Sudán; la necesidad ha hecho que se sistematice y se diversifique. Para Boinet, los que trabajan en ella necesitan las mismas cualidades de siempre: sentir empatía y vinculación con los seres humanos en peligro, estar próximos a los pueblos y a sus gobernantes, pero “manteniéndose lúcidos e independientes”.

Cree que la ayuda humanitaria ha de ser imparcial, es decir, una respuesta a las necesidades vitales sin tener en cuenta cuestiones políticas, étnicas o religiosas de ningún tipo: “Para alcanzar a todas las personas hemos de ser considerados como totalmente ajenos a cualquier conflicto”.

Esto no significa que no se tome partido. Hay que estar siempre al lado de las víctimas, de las personas en peligro, y esto es una lucha sin fin: “Cuando se está bajo las bombas que matan inocentes, la tendencia natural es sentirse solidario. En Afganistán me parecía estar otra vez en la Resistencia francesa durante la 2ª Guerra Mundial, pero jamás sentí odio hacia los soldados soviéticos”.

Las urgencias humanitarias no son solo producto de la guerra: el agua no potable y las enfermedades que transmite matan cada año casi tres millones de personas, en su mayoría niños; hacen más víctimas que las guerras, el sida y el cáncer juntos.

Sobre la actual crisis europea declara que la UE “no está a la altura de las circunstancias. Actúa como si el Oriente Medio estuviera en la otra punta del globo: “Los Estados de la UE carecen de estrategia conjunta y no asumen sus responsabilidades históricas, políticas o humanitarias. Este continente, próspero y en paz, no se da cuenta de que el resto del mundo no vive como aquí y que hay que preocuparse por sus problemas, que nos están alcanzando y podrían sumirnos en el caos”.

No perdamos la esperanza. Aunque vivamos en un mundo regido por los poderes financieros y bancarios (donde cualquier mención a la solidaridad chirría como absurda) la Historia de la humanidad muestra que la solidaridad fue la base de la evolución humana, sin la cual el género “homo” no hubiera salido de sus cavernas.