Turquía después del referéndum

Aunque los resultados finales no se sabrán hasta dentro de seis o siete días, todo indica que poco discreparán de los ya conocidos: una participación del 85,57%, un 51,35% de votos a favor y un 48,63% en contra. Seguramente una mala noticia tanto para la propia Turquía como para Europa y el Oriente Medio.

No me refiero al triunfo de Erdogan logrando el paso de una república parlamentaria a otra de corte presidencialista. Ahora se unificarán las figuras del jefe del estado y del jefe del gobierno, aumentarán las intromisiones del poder ejecutivo en el legislativo y se facilitará la intromisión del ejecutivo en el judicial. Cambios todos ellos en dirección opuesta a la admisión de Turquía como miembro de la Unión Europea.

Me preocupa más bien el estrecho margen entre ganadores y perdedores del referéndum, a la escasa diferencia entre unos votos y los contrarios, y también al hecho de que los escasos tres puntos que los separan pudieran deberse a los medios con que Erdogan, y no la oposición, contó durante la campaña electoral.

Una república presidencialista (los Estados Unidos entre ellas) no tiene por qué ser peor que la parlamentaria. Cada pueblo es libre de elegir lo que considere mejor según sus particulares circunstancias. La preocupación por el futuro de Turquía no viene del cambio de modelo constitucional sino del autoritarismo de Erdogan y su deriva islamista. Le gusta compararse con Atatürk, el llamado padre de la patria turca, que abrió su país a la cultura occidental y, hasta cierto punto, al laicismo político, pero entre ambos estadistas existe una diferencia muy significativa.

Atatürk puso fin al viejo sultanato y se apoyó en el ejército para garantizar el éxito de sus históricas reformas. Erdogan, por el contrario, ha ido recortando progresivamente la influencia de las fuerzas armadas en la vida pública de Turquía, a la vez que propugna una mayor presencia del Islam en una región donde las contiendas religiosas son hoy el pan de cada día.

Erdogan tendrá que hacer equilibrios de buen trapecista y renunciar a parte de su programa si quiere evitar que la nueva constitución sea el inicio de una profunda división social con todas sus consecuencias. Recuérdese, por último, que los partidarios del “no” han sido mayoría en Estambul y otras grandes o medianas ciudades. Ha sido en las zonas rurales, como el interior de Anatolia, donde el “si” se impuso con cierta rotundidad.