Inmigrantes ilegales, playas y cadáveres

El mar Mediterráneo acaba de tragarse al sur de la isla italiana de Lampedusa otros cuantos centenares de seres humanos. Un nuevo episodio de una tragedia a la que los europeos no sabemos cómo poner fin. No es que el problema tenga fácil solución, pero llevamos muchos años más dados a los lamentos inútiles que a la búsqueda de remedios efectivos. De poco vale decir que estos hechos nos avergüenzan y que algo debemos hacer para evitarlos. Las palabras huecas no pueden ser una coartada para ganar tiempo hasta la próxima catástrofe.

Tampoco basta con mejorar la colaboración entre todos los países de la Unión Europea. Bien está el reparto de esfuerzos y gastos, pero antes hay que definir la política conjunta, y es entonces, a la hora de concretar, cuando poco o nada se ha avanzado hasta hoy. Las poderosas razones por las que intentan llegar a nuestras playas estas pobres gentes, desde la miseria y el hambre hasta el fundado temor por la propia vida, no desaparecerán con gestos de condolencia y declaraciones oficiales. Hay que buscar respuestas para el corto plazo.

La política de puertas abiertas es una elucubración sin consistencia. Los miles o decenas de miles de personas que intentan alcanzar ilegalmente las costas italianas o españolas se transformarían en millones. Nada que ver con nuestra capacidad de recepción. Sería, sencillamente, el fin de la Europa que hemos construido con el esfuerzo de muchas generaciones y superando muchos avatares. La demagogia no es menos peligrosa que el voluntarismo bien intencionado.

¿Qué cabe hacer entonces? ¿Recoger lo antes posible, en alta mar o todavía en aguas africanas, a quienes arriesgan su vida en esa travesía? O dando un paso más ¿nos encargaríamos nosotros mismos de organizar el viaje de un determinado cupo, pese al efecto llamada que tal proceder tendría? Pero es que nos faltaría, además, un interlocutor válido a nivel nacional o regional. No sólo no hemos sabido hacer frente a la inmigración del África subsahariana, sino que somos los causantes directos de la que ahora nos llega desde Irak, Siria, Libia y otros países. En un alarde de precipitada soberbia quisimos creernos aquello tan bonito de las primaveras árabes al gusto occidental.

Nos inventamos las armas de destrucción masiva de Sadam Husein, ayudamos al derrocamiento de Gadafi e hicimos cuanto estuvo en nuestras manos para que Bashar al Assar siguiera el mismo camino. Y menos mal que en Egipto las aguas volvieron a su cauce con la garantía del ejército, o sea, como ocurría con el presidente Mubarak. Nuestra política exterior con esos países árabes ha sido un desastre. También para nosotros, pero en primer lugar para los centenares de miles de personas a las que anteriormente no se les ocurría abandonar su patria en tan inhumanas condiciones.