Se casa con su robot

Un habilidoso ingeniero chino que no conseguía encontrar novia ha construido una robot y se ha casado con ella por los ritos habituales entre marido y mujer. La pareja es feliz pero debe mejorar su calidad de vida: ella no anda y pesa más de 30 kilos, de modo que los paseos son una paliza para el marido con ella a cuestas. Por lo demás las noticias auguran que la pareja va bien.

Estamos en “Blade Runner”, superados Aldous Huxley y Mary Shelley. Esto es como si el monstro de Frankenstein hubiese salido gay y se casara con el doctor. ¿Estamos ya en la normalidad de relaciones humanas – robot?. ¿Hay que celebrarlo o lamentarlo?.

La respuesta está en la mente del humano, pues el robot, que se sepa no ha llegado al nivel emocional de HAL que se disgusta por sentirse excluido y se venga. Estos muñecos robot no tienen sentimientos de modo que el juicio de valor de la pareja cae totalmente del lado del humano, sea hombre o mujer. Si él o ella está a gusto con el robot, estamos ante una ampliación del caso del que se compra una Barbie de tamaño natural, una Barbie que, si el ingeniero chino es lo bastante habilidoso puede llegar a andar, hablar, cocinar y ayudar en las faenas de la casa o de la oficina.

He leído en la prensa local que un prostíbulo de Barcelona ofrece, junto a sus pupilas habituales, dos muñecas tamaño natural, una morena y una rubia, hijas del taller de Olot, donde fabrican santos – es una broma – no se especificaba el origen de las heroínas mecánicas o plásticas.

Supongo que este tipo de ofertas habrá que incluirlas en el apartado de masturbación asistida. El grado de artificialidad de la vida urbana está llevando a que estas propuestas parezcan de los más normal, incluso sensato y sobre todo económico.

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