Los Reyes Magos y el carbón

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Con las cabalgatas de los Reyes Magos se acabaron, por fin, las festividades y el 2017 ha podido empezar de verdad. En mis tiempos de niño Papa Noel apenas existía. Los Reyes Magos eran los que de verdad importaban. Pero ahora, en mi entorno familiar y en el de mis amigos, observo que Papa Noel está ganando la partida a la troika de Oriente cuyo camino jalonaba los pesebres. Sobre todo porque tiene la ventaja de llegar el primero, y cuando se ha recibido el primer lote de regalos navideños siempre quedan menos recursos y expectativas para el último.

Pero los Reyes Magos no solo traían regalos, también dejaban carbón a los que no se habían portado bien. Recibir un paquetito de carbón, negro, untuoso, que manchaba los dedos y que no servía para jugar, era el símbolo de que las cosas no habían ido bien. Y eso que por aquel entonces nadie había oído hablar del cambio climático y del papel trascendental que años más tarde jugaría el carbón, o mejor dicho el carbono, en el futuro de la Humanidad.

Pero ahora que los Reyes Magos ya no traen carbón a los que no se han portado bien, o al menos no sé de nadie al que eso le haya ocurrido, todos deberíamos tomarnos en serio el problema del carbón-carbono. Especialmente cuando Trump acaba de nombrar a un climático-escéptico para dirigir la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA), lo que no hace presagiar nada bueno sobre la actitud y las decisiones del nuevo Gobierno de EE.UU. frente al cambio climático.

Trump podría hacer caso omiso a los acuerdos de la Cop21 de París. Unos acuerdos que, aún siendo insuficientes, son la piedra de base de la lucha mundial contra el cambio climático. Pero no tendría tan fácil sabotearlos, porque la opinión mundial está cada vez más concienciada del problema, incluida la de China, cuyos habitantes sufren cada vez más las consecuencias de la contaminación en general y de la atmosférica en particular. Y dentro de los EE.UU., las empresas tecnológicas consideran el cambio climático como una de las palancas fundamentales de la innovación.

Puede que la capacidad de Trump para alterar substancialmente el rumbo de las políticas globales en esta materia sea menor de lo que el mismo cree. Pero lo que es seguro es que la cuestión del cambio climático va a ser uno de los elementos fundamentales de la economía política de los próximos 10 años.

Sabemos que los acuerdos de la Cop 21 de París, tan celebrados, están un 30 % por debajo de lo que habría que hacer para limitar el aumento de la temperatura a 2 ° C por encima de los niveles anteriores a la revolución industrial. Por lo tanto la tarea es inmensa. Y el problema no tiene solución mientras los mercados de emisiones, allí donde los hay como en Europa, asignen un precio de 20 € a la tonelada de carbono. Un coste a todas luces exageradamente bajo para desincentivar el aumento de las emisiones. De aquí al 2030, ese precio tendría que haberse multiplicado entre 5 y 7 para situarse entre 100 y 150 € la tonelada.

Los cambios que eso implicaría sobre nuestras formas de vida, de consumir, de producir y de desplazarse, son inmensos. No hay más que ver la marimorena que se ha organizado en Madrid por la decisión, temporal, de limitar el tráfico de los vehículos particulares en momentos de alta contaminación. ¿Pero no nos habíamos enterado que medidas de este estilo están aplicándose en la mayoría de las capitales europeas desde hace tiempo? ¿Y que la alcaldesa de París está estudiando medidas permanentes de restricción del tráfico urbano mucho más importantes y permanentes que las de Doña Carmena?

Los próximos cinco años marcarán la voluntad mundial de hacer frente al problema, desde las medidas a nivel municipal a las grandes decisiones sobre el precio del carbono. ¡Quién hubiera podido pensar cuando éramos niños que ese carbón con el que los Reyes Magos nos recriminaban nuestra mala conducta, tendría que tener un precio muy elevado para recriminar a la Humanidad en su conjunto su incapacidad para hacer frente a uno de sus mayores problemas colectivos!

Y sin embargo, hay una buena noticia y es que las emisiones de Co2 se han estabilizado en el 2015. No han disminuido pero han dejado de aumentar. La curva de las emisiones no se ha “invertido” como Hollande había querido que ocurriese con la curva del paro para intentar volverse a presentar su candidatura. Pero la estabilización de las emisiones es una verdadera ruptura con el pasado, ya que las emisiones de Co2 aumentaron en un promedio de 2% anual durante el periodo 2004-2013.

Según los datos del Proyecto Global de Carbono, las emisiones de Co2 procedentes de la combustión del carbón, del petróleo, del gas y de la producción de cemento (que en su conjunto representan 2/3 de las emisiones globales) ascendieron a 36,1 miles de millones de toneladas, igual que en el 2014. Y para el 2016, los expertos del PGC prevén un nuevo estancamiento, o como máximo un crecimiento del 0, 2%.

Y además, esta contención de las emisiones no es debida, como ocurrió en el 2009, por una disminución de la actividad económica, (el PIB mundial creció 2,5% en 2015, según el Banco Mundial), sino por el inicio de una des correlación permanente entre el ritmo de crecimiento económico y las emisiones.

El mérito corresponde sobre todo a China. Sigue siendo el país más contaminante del mundo (también es el más poblado y nunca insistiremos lo bastante en la necesidad de hablar en términos de emisiones per cápita y no de emisiones globales). Pero gracias a la reducción del uso del carbón ha disminuido sus emisiones casi un 0,8 % en el 2015. Así, las emisiones de China podrían haber alcanzar su máximo en 2015, quince años antes de la fecha de los compromisos asumidos por ese país en sus acuerdos bilaterales con EE.UU. Estos también han reducido sus emisiones, debido a la substitución del carbón por petróleo y gas, contaminantes también, pero menos.

Buenas noticias, pero insuficientes. Incluso para alcanzar los acuerdos de Paris, es decir, limitar el aumento de la temperatura media a 2 ° C por encima de los niveles pre-industriales y si es posible hasta a 1,5 ° C. Para conseguir este objetivo las emisiones mundiales deberían reducirse un 0,9% anual hasta el 2030, según las investigaciones del PGC.

Frente a ello nos encontramos con muchas incertidumbres. Falta de fiabilidad de la evolución de las emisiones en China y total incertidumbre sobre lo que puede ocurrir en India. Pero sin duda la mayor incertidumbre viene de la política que vaya a seguir de verdad Trump en EE.UU. Y el nombramiento de Scott Pruitt reconocido clima-escéptico y abogado de los productores de energía fósil, como jefe de la Agencia de Protección Ambiental (Environmental Protection Agency, EPA), única agencia federal con el poder de controlar las emisiones de gases de efecto invernadero, no presagia nada bueno.

Me temo que los Reyes Magos tendrán muchas razones para repartir carbón en las próximas navidades entre los responsables de la lucha contra el cambio climático. A ver si así, al menos consiguen que aumente su precio.