Cannes y Netflix

El Festival de Cannes, siempre a la vanguardia, ha cambiado sus bases para impedir que, a partir del próximo año, plataformas internáuticas puedan presentar sus producciones al certamen cinematográfico. A saber, en 2018 Netflix, entre otras, no podrá competir por unos premios que, en ocasiones, funcionan más como una advertencia que como una herramienta promocional.

Pedro Almodóvar, presidente del jurado del Festival de este año, ha defendido dicha medida porque piensa que las nuevas plataformas deben cumplir con los mismos requisitos que cualquier productora cinematográfica y “cumplir las inversiones obligadas que ya obligan a las televisiones”. Después de considerar enriquecedora la presencia de Netflix en el mercado audiovisual -quizás no exhiban en salas, pero producen mucho y dan trabajo a numerosísimos profesionales del sector-, el director manchego afirmó que “esta nueva forma de consumo no puede tratar de sustituir las ya existentes, como ir al cine, no puede alterar el hábito de los espectadores”.

Como siempre amigo de la libertad, sacó a colación dos asuntos espinosos que muestran cómo en la vieja Europa seguimos tratando a la cultura con ese proteccionismo que tanto vituperamos en Donald Trump. Por un lado, una legislación que obliga a las cadenas televisivas, privadas o públicas, a invertir un porcentaje de su presupuesto en películas de cine nacional. Así, al margen de atentar contra la libertad de mercado, se ha conseguido que, ahora, en España solo se puedan producir filmes medio decentes con la participación de uno de los dos grandes canales privados de televisión.

Por otro, la afirmación de que un nuevo modelo de negocio “no pueda” alterar algo revela los dejes totalitaristas que caracterizan a la vieja intelligentsia izquierdista, aquí mucho más conservadora que progresista, en cuanto quieren negarnos la libertad de entretenernos como nos venga en gana.

Soy claro defensor de acudir a una sala de cine. La magia de la sala a oscuras, la pantalla grande, el sonido envolvente, la obligación a prestar atención exclusiva a la película… son elementos para mí insustituibles. Pero, ¿qué ocurre cuando lo que puedo ver en mi tele es mil veces más atractivo que lo que ofrece la cartelera?

Gracias a este proceso de revolución audiovisual, cada vez existe una mayor distancia entre las grandes superproducciones hueras de Hollywood y el elevado cine de autor. Apenas quedan pelis de clase media, cine entretenido, algo elevado, brillante en sus hechuras y en su aspecto, esa clase de gran cine que antaño competía por los Oscar y, de cuando en cuando, nos invitaba a reflexionar sobre los más diversos temas.

Personalmente, encuentro mucho más de eso en Netflix que en el cine, muchísimo más que en las televisiones generalistas. Y si aún no veo HBO y Amazon Video –que poseen dos o tres series que anhelo ver– es porque no han desarrollado nada que me permita admirarlas desde mi televisor.

En lugar de sugerir prohibiciones y limitaciones, de odiar la libertad y renegar del progreso, muchos deberían replantearse qué quieren hacer para que sobreviva un negocio que, si no reacciona, corre el riesgo de extinguirse. Creo sinceramente que, pronto, el cine será una experiencia de pocas y comodísimas butacas, siempre relacionada con grandes producciones en lo técnico que justifiquen el precio de la pantalla grande. Será prácticamente un lujo permisible dos o tres veces al año.

Las limitaciones y obligaciones solo sirven para empobrecer la creación artística. No es casualidad que la Edad de Oro de las series coincida con la decadencia del cine, tanto en su sentido monetario como en el artístico. Son los modos del cine los que deben cambiar si no desean que efectivamente alteremos nuestros hábitos.