Silencio

En Los Baroja -espléndidas, extrañas, entretenidas y lúcidas memorias- Julio Caro Baroja nos cuenta que su tío Pío consideraba que, por mucho que hubiese un gran apellido detrás de una pintura, novela u ópera, no siempre los grandes artistas conseguían una obra maestra. Por ejemplo, Pío Baroja no creía que todo Velázquez fuese magistral. Como tampoco lo son todas las novelas del autor de El árbol de la ciencia. Cualquiera puede tener un mal día; lo difícil es conseguir escribir un puñado de obras inolvidables.

Sin embargo, esta opinión resulta extraña a nuestro mundo. Cualquier cuadro de Van Gogh vale un pastón. Y hasta las obras más flojas, y/o aburridas, de Cervantes, Galdós o Vargas Llosa se consideran dignas de alabanza. Incluso Shakespeare tiene sus obras menores, muertas, dignas de un honroso olvido.

El prestigio de Martin Scorsese se justifica gracias a títulos como Taxi Driver, La edad de la inocencia o Uno de los nuestros. Pero también tiene algunas películas pesadas, plúmbeas, y otras a mi entender fallidas, como Al límite. Sin embargo, siempre que estrena algo el mundo se detiene para ver qué ha hecho un simple humano, aunque de vez en cuando favorecido por las musas.

Silencio, su nuevo estreno, se sitúa, como La última tentación de Cristo, en la línea mística del director, quizás no tan obvia pero sí tan personal y tendenciosa como la de Mel Gibson. En Silencio nos traslada al Japón del siglo XVII para plasmar la persecución de los cristianos personalizada en la figura de un joven jesuita al que, preso y torturado, se le invita a apostatar como medida propagandística para acabar con la expansión de esta religión extranjera.

A primera vista, el retrato histórico podría haber sido algo original, diferente, único. Pero, como suele ocurrir con el tema religioso, el filme cae en lo maniqueo, con unos nipones terroríficos, malignos, diabólicos, y unos cristianos tan ingenuos como admirablemente resistentes. El protagonista, empero, cegado por una teología barata, de mercadillo, tan superficial como herética, parece más un terco contumaz que un auténtico mártir; sus rezos, para aquel mínimamente advertido, son tan simples como la de los pobres campesinos y pescadores con los que comparte Dios y credo.

Más allá de esta simpleza de conceptos, impropia de una película con tantas pretensiones, Silencio, sin tensión ni historia ni personajes, es profundamente soporífera. Lo que debería provocar nuestros desvelos espirituales despierta profundos y sonoros bostezos. Es una película vacía, solo recomendable para aquellos que sientan la religión de una manera intensa, actual. Porque, a la postre, en este filme la religión, la represión, la apostasía… se presentan desde una perspectiva del siglo XXI, nunca desde la que debían de sentir los cristianos allá en el siglo XVII, no tan santos cuando en Europa se mataban por el mismo dios del Amor del que reniegan esos pérfidos japoneses.

Silencio, en cualquier caso, es un filme bien rodado, supongo que bien interpretado –el doblaje es pésimo–, con hechuras y muchos símbolos más o menos ocultos por el misticismo de sus creadores. Pero es larga, larguísima, aburrida, poco o nada intensa… y es que no todo lo que haga Scorsese tiene por qué que ser sobresaliente. Don Pío tenía razón.

P.S.: Se ha muerto Zygmunt Bauman, pensador fácil de entender, en mi opinión más afortunado en el dominio de las metáforas que en la profundidad de sus ideas. Calificar al mundo actual de “modernidad líquida” fue su más célebre acierto. El protagonista de Silencio, Andrew Garfield, tan de moda, es la perfecta plasmación visual del concepto. Es un actor fofo, líquido, insustancial.

P.S.S.: En Silencio Scorsese insiste sobremanera en el ritual de apostasía que en Japón se impuso a los cristianos: debían pisar una imagen cristiana. Simplemente eso. Jonathan Swift ridiculizó el hecho de manera infinitamente más breve y mucho más lúcida en Los viajes de Gulliver.