Selectividad delenda est

Durante la última campaña electoral –sin fin aparente– Pablo Iglesias, profesor sin plaza de la Complutense, afirmó que en España hay demasiadas universidades. Inmediatamente, los rectores se quejaron, alarmados, que en juego está el pan de sus hijos.

En España hay una enormidad de facultades, de centros de enseñanza superior, de universidades. Y no tiene tanto que ver con el volumen de su población como de la calidad de los profesores y estudiantes con que llenar las aulas y los campus.

Aquí, para entrar en casi todas las facultades hay que hacer un examen de selectividad disparatado. Es una prueba muy dirigida, bien controlada y masticada para que a nadie se le atragante, basada en la memoria y no en la reflexión o la relación de conocimientos, un absurdo cuya corrección, de manera sistemática, se impide conocer a alumnos y profesores de bachillerato.

El problema no llega a más porque, después de todo, casi todo el mundo aprueba Selectividad. Incluso con un 4, si tienes un 6 de media en los dos cursos que conforman –incompleta y neciamente–nuestro Bachillerato. Es decir, más del 90% de los estudiantes que este martes han comenzado a hacer la prueba aprobarán y serán aptos para entrar en la universidad.

Así, el auténtico quid de la cuestión es la competición entre los mejores estudiantes para conseguir altísimas notas –se puntúa sobre 14– y así ser aceptados en la carrera soñada. Por esta razón 2º de Bachillerato, el último curso del colegio, se ha convertido en una auténtica, laminadora e inane preparación de oposiciones… en su peor vertiente.

En Europa, en el mundo, se siguen otros caminos para acceder a la universidad. Las calificaciones escolares cuentan, por supuesto, pero como condición necesaria no suficiente. Las evaluaciones externas también cuentan, de la misma manera, pero no consisten en algo tan cerrado, estrecho y previsible como Selectividad –que, seamos sinceros, es el compendio de todo aquello en que no debería consistir un sistema educativo–.

En el extranjero notas y pruebas son tan solo dos elementos más de largos procesos de admisión que se prolongan durante meses, a veces años. Lo que realmente importa es que cada alumno pida el ingreso en esta o aquella facultad y, a partir de ahí, demostrar que se vale para entrar en la élite. Así, los buenos estudiantes de otros lares comienzan a currarse el currículum vitae desde los 14 o 15 años porque por ahí se tiene en cuenta todo lo que se hace, en el cole o no, tenga o no que ver con la carrera elegida –por ejemplo, a un futuro ingeniero se le valora mejor por haber hecho teatro–.

Y claro, por ahí fuera existe una feroz competencia para conseguir plaza en las mejores universidades. ¿Acaso no ocurre lo mismo en Selectividad, un solo examen que lo determina casi todo? Pero así en Harvard, Cambridge o Yale se aseguran que los accedan a sus estudios sean alumnos preparados y completamente motivados.

Porque, y de eso no habló Iglesias, lo que realmente enriquece una universidad son sus alumnos antes que sus profesores. Aunque ya me extenderé sobre este asunto en un próximo artículo, ¿acaso la mejor escuela de negocios de España no sigue siendo ICADE porque posee su propio sistema de selección y elige a sus estudiantes antes que las demás?

En España hay demasiadas universidades porque no hay demasiados universitarios que merezcan tal nombre. Mientras el sistema educativo sea tan flojo no conseguiremos elevar el nivel de nuestras escuelas y facultades. Ahí tenemos Selectividad como encarnación de un absurdo mayúsculo cuyo único objetivo, parece, es engendrar universitarios como churros… aunque muchos de ellos merezcan un trato infinitamente más exquisito.

¿Quizás por ello cada día son más los chavales que “huyen” a Oxford, Stanford o el MIT?

P.S.: Dicen que la LOMCE va a quitar Selectividad. Eso si no quitan la LOMCE. En cualquier caso, la cuestión reside en un cambio radical en los métodos de acceso a la universidad en general y cada carrera en particular.