Nº 1622 -  21 / IX / 2014 
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El viejo cañón

Venezuela: la otra cara

Alberto Piris
 

Así como muchas informaciones sobre la crisis ucraniana vienen moduladas según los intereses de los medios de comunicación por ella afectados, parte de lo que hoy se publica sobre la situación en Venezuela está también influido por los prejuicios hostiles a la ideología bolivariana, que se agravaron después del fallido golpe de Estado contra el presidente Chávez en 2002.

Las sospechas de que tanto EE.UU. como España estuvieron detrás del intento de acabar con el chavismo motivaron aquella frase que Aznar dirigió a Chávez en una ocasión posterior: “Mira, Hugo, si yo hubiera querido dar el golpe y lo hubiera organizado, te aseguro que tú ahora no estabas aquí”, según relata el expresidente español en sus memorias (El compromiso del poder, Planeta). Frase que no oculta ese matiz de arrogancia y superioridad, al que tan sensibles son los viejos países colonizados, como el famoso desplante real “¿Por qué no te callas?”.

De ahí que sea conveniente oír otras opiniones sobre la misma cuestión, para hacerse una idea cabal de lo que allí sucede. No todos los que visitan el país observan lo mismo ni extraen las mismas conclusiones sobre lo que observan. No parece exagerado constatar que en los medios de comunicación dominantes hoy en España se aprecia cierta distorsión sobre lo que ocurre en lo que los canarios llaman con afecto la “octava isla” de su archipiélago, es decir, Venezuela.

Mark Weisbrot es director adjunto del Centre for Economic and Policy Resarch de Washington y también presidente de Just Foreign Policy, una organización independiente y no partidista que aspira a reformar la política exterior de EE.UU., apoyándola sobre la diplomacia, la legislación internacional y la cooperación, para que dependa menos de la fuerza, sea ésta militar o económica. Para ello dedica especial atención a la educación, la organización y la movilización de los ciudadanos.

Tras el último viaje que realizó a Venezuela hace un mes, Weisbrot se sorprendió al comprobar que la realidad de la vida en Caracas no se correspondía con el constante diluvio de imágenes negativas que representan a Venezuela como un Estado fallido, arrastrado por el torbellino de una revuelta popular. Confiesa que no estaba preparado para aceptar lo que vio: “lo poco que las protestas afectaban a la vida cotidiana y la normalidad que reinaba en la mayor parte de la ciudad”.

Recorriendo la capital llegó a la conclusión de que el llamado terror que padecía el país era “una rebelión de los más acomodados”, no de los pobres. Su primer atisbo de barricadas callejeras lo tuvo en el barrio Los Palos Grandes, una zona de clase alta donde las protestas sí tenían apoyo popular y donde los vecinos amenazaban con violencia a cualquiera que intentara retirar las barricadas. Pero incluso allí la vida proseguía normalmente, salvo en lo relativo al tráfico rodado.

Durante la visita pudo comprobar la falsedad de los relatos que basan el descontento callejero en la carencia de productos básicos. Observó que ésta afecta mucho más a las clases menesterosas que a los que guarnecen las barricadas en los sectores residenciales, “pues éstos tienen personal de servicio que hace la cola para adquirir lo que necesitan y disponen de espacio en sus domicilios y de dinero suficiente para hacer acopio de los productos esenciales”, lo que no está al alcance de los más pobres.

Descubrió que los ricos tienen otros recursos: todo titular de una tarjeta de crédito puede extraer 3000 dólares anuales al cambio oficial, que luego revende seis veces más caros en el mercado negro. Esta especie de subsidio a las clases privilegiadas supone para el Estado un coste notable, aunque luego son sus beneficiarios los que impulsan las revueltas callejeras.

Weisbrot considera que la verdadera naturaleza del conflicto venezolano es una lucha de clases, dura e inevitable, a la que los medios occidentales evitan aludir por su nombre. “Kerry [el Secretario de Estado norteamericano] sabe bien de qué lado está en esta lucha” -escribe Weisbrot- al acusar al presidente Maduro de desencadenar “una campaña de terror contra su propio pueblo”. Niega la existencia de tal campaña, pues desde que comenzaron las revueltas han muerto más personas a manos de los agitadores que a causa de las fuerzas de seguridad. Una veintena de policías están procesados por supuestos abusos: ¿Es esto una “campaña de terror”? – se pregunta.

Su conclusión es que antes de la próxima cita electoral -dentro de año y medio- se habrán superado las estrecheces económicas y la oposición volverá a perder, como ha ocurrido en los últimos 15 años. Cree que la estrategia insurreccional que ha adoptado servirá para dividirla más, mientras agrupa al chavismo. Weisbrot entiende que a la Casa Blanca le preocupa poco enemistarse con algunos Gobiernos latinoamericanos, porque eso apenas tiene consecuencias electorales inmediatas. Y concluye: “El único sitio donde la oposición venezolana suscita un amplio apoyo es en Washington”, refiriéndose a los sectores más conservadores de los lobbies capitalinos.

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