Nº 1621 -  20 / IX / 2014 
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Espacio de batientes

Urnas sobre la independencia de Venezuela

José Javaloyes
 

Pocas elecciones de tanta importancia en el mudo hispánico como las que se celebran el próximo domingo en Venezuela. Cubrir la vacante causada en la Jefatura del Estado por la muerte de Hugo Chávez será un suceso político trascendente para el entero Hemisferio Hispánico. Yo no tengo memoria de percepción analítica tan tensa de unas expectativas electorales como estas venezolanas de ahora. Y puede decirse tanto de la opinión interna en el país como del sentir de la clase política iberoamericana en su conjunto; pero muy específicamente de cuanto se refiere al CNE (Centro Nacional Electoral), al que se le demanda desde el exterior iberoamericano que sea “transparente, limpio y equitativo”.

Descontado el historial del fraude electrónico venezolano durante las consultas celebradas en el chavismo, desde este 14 de abril en adelante, puede abrirse tanto un camino de continuismo en lo habido hasta ahora – bien que con la añadida dimensión expresa de su enfeudamiento plenario con el régimen cubano-castrista de La Habana -, como, en término poco menos que de milagro, abrirse un rumbo de recuperación de las libertades y las riquezas nacionales perdidas.

Sí perdidas por dilapidadas en el desgobierno y la corrupción; en la financiación de las izquierdas propias y de las ajenas – populistas o no – a lo largo de los 14 años de mandato del difunto teniente coronel. Que primero golpeó contra el mandato del presidente Carlos Andrés, siendo encarcelado durante dos años y luego amnistiado por el presidente Rafael Caldera, y después golpeado por la oposición cuando él era presidente, apartándolo del poder durante sólo dos días…

Cuando se advierte y repara en que el bolívar acaba de sufrir una segunda devaluación del 30 por ciento sobre un lecho financiero de un billón seiscientos mil dólares ingresado por Venezuela durante el chavismo por sus ventas de petróleo, mientras las menesterosidades de amplias capas de población no menguaron si no que crecieron, hasta llegar al límite del estallido social; cuando el desabastecimiento en productos básicos llega al 50 por ciento, la inflación instalada por encima del 30 por ciento y temiéndose que alcance el 50 por ciento a fin de año, con el déficit del sector público en el 15 por ciento y el del Producto Interior Bruto puesto en el 4 por ciento. Datos y previsiones inexplicables fuera del desgobierno al que ha llegado el sistema chavista.

Por si algo faltara, junto a la dilapidación y las corrupciones, ahí están las marcas mundiales de inseguridad ciudadana. Cuando una situación así se acompaña con el retroceso de las garantías para los medios de información privados, llegándose a términos críticos en las carencias de oxigenación política en libertad, se hace imposible entender que ello no se hubiera resuelto, consecuentemente, en un cambio de poder con las sucesivas consultas electorales habidas a lo largo de estos años.

Pero hay mucho más. Me refiero al proceso de enajenación de la soberanía nacional venezolana sustanciado en la relación promiscua entre el régimen chavista y la dictadura comunista cubana. Fuentes internas de la oposición venezolana, abundando en lo ya más sabido que sólo sospechado, informan del estado de ocupación, por los servicios de inteligencia cubanos, en que se encuentran allí las estructuras informáticas del Estado y los propios controles del recuento de votos y control de votantes, cada vez que remata un proceso electoral. En los mismo medios se da cuenta de cómo a lo largo de estos años de chavismo, la afluencia de agentes del castrismo ha sido continua por medio de constantes embarques nocturnos (hasta dos por jornada) de esta clase de personal, entre La Habana y Caracas, enviados como servidores para menesteres sanitarios o como maestros, aunque muchos, la mayoría de ellos, eran y son componentes policiales y de tropa destinados a vertebrar la garantía de que las Fuerzas Armadas no pudieran poner en cuestión menos la deriva completa del régimen hacia el castrismo puro y duro que la estricta y puntual abducción del sistema chavista por el comunista cubano.

Testigo mudo de estos sostenidos tráficos de polivalente tropa es el edificio del que fue “Caracas Hilton”, expropiado por el régimen y rebautizado como “Alba Hotel”. Allí han sido llevados en autobuses desde el aeropuerto de Maiquetía durante este trasiego, para ser discretamente reembarcados luego, en vehículos de semejante presentación civil, para llevarlos a sus respectivos ámbitos de destino.

Esa hipótesis de abducción castrista de Venezuela – apuntalada por la “ocupación” secreta con las mesnadas cubanas – es una de las que se barajan en los medios enfrentados al “Socialismo del Siglo XXI”, desde el supuesto de que su derrota en las elecciones del domingo, permitiera consolidar después de Hugo Chávez el aparato de poder ya básicamente establecido durante el tiempo del chavismo. Especialmente, a partir de la primera intervención quirúrgica del Comandante Bolivariano en La Habana. Todo cuidado ha sido poco por parte de los Castro para sostener el régimen nodriza del castrismo postsoviético.

Como muestra de los riesgos sistémicos a que se enfrenta Venezuela, y con ella el hemisferio iberoamericano, se señala que la entera gestión del ocaso médico del “caudillo bolivariano” se hizo enteramente desde la propia Cuba, para que a los hermanos Castro no se les fuera de las manos un solo hilo a lo largo del hecho sucesorio, tanto en lo médico como en lo político. Ambos factores eran y siguen siendo inseparables.

Lo que ante las elecciones del domingo estaría en juego, según este género de explicables aprensiones, sería tanto como la independencia nacional de Venezuela.

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