Nº 1653 -  22 / X / 2014 
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El Manantial

El Papa Francisco

Pablo Sebastián
 

Algún día conoceremos los verdaderos motivos de la renuncia al papado de Benedicto XVI y el por qué de su anunciado desfallecimiento “espiritual” y sensación de que “Dios estaba dormido” o ausente. La renuncia de Ratzinger ha sido el reconocimiento de un gran fracaso pastoral en el mandato de un Papa como Benedicto XVI que parecía el más preparado, culto e inteligente de la Curia de su tiempo. La que él mismo había pastoreado y controlado para triunfar en el Cónclave de 2005 en el que “entró Papa” y salió Papa, como consecuencia de sus alianzas con la zona integrista de los cardenales del tiempo de Juan Pablo II, de la que se auto proclamó natural sucesor.

Ratzinger comprendió tarde y mal que el carisma de Juan Pablo II lo abarcaba todo y lo tapaba todo, desde los abusos y malversaciones de los fondos vaticanos hasta los casos de pederastia. E incluso el retroceso de la Iglesia en el mundo por causa de su falta de capacidad para conectar con los ciudadanos más necesitados y con los tiempos de la modernidad. Por todo ello y reconociendo su fracaso e incapacidad para controlar a lo “peor” de la Curia, Benedicto XVI abdicó de su reinado y Dios se despertó y le dio a su Iglesia un Papa pastor de almas y de pobres. Un jesuita, el Papa Francisco, que era lo contrario, e incluso el adversario natural, de lo que significó Juan Pablo II de quien se dice que mantuvo una actitud injusta e implacable contra el que fuera “Papa negro” o el último gran líder de la Compañía de Jesús, el padre Arrupe.

Un Papa moderado, con inquietudes sociales, que quiere que la Iglesia no se pare y que camine -¿hacia la modernidad?- y además jesuita y con nombre ambiguo de Francisco Javier y Francisco de Asís, muy cerca de los cristianos de a pie y muy lejos de todas esas organizaciones eclesiásticas cercanas al mundo del dinero y del poder, Comunión, Opus Dei, Legionarios y Kikos. Se puede decir que Dios se despertó y le impuso a Ratzinger el sucesor que se merecía, aunque las expectativas e ilusiones que el Papa Francisco ha levantado en sectores moderados o progresistas y renovadores de la Iglesia, están por ver y el tiempo dirá si el hoy “hermano lobo” de Buenos Aires, no acaba convirtiéndose en otro fiero “pastor alemán” como Benedicto XVI.

Sus comienzos, con alardes de sencillez y de humildad en medio de ese ancestral y esplendoroso protocolo eclesiástico, han sido bien recibidos y además ha dado alguna muestra de autoridad, que falta le va a hacer en Roma. Además la sorpresa que provocó su elección -fuera del Cónclave pero no entre los cardenales- le ha dado a su “reinado” un plus de expectación y de notoriedad, que sumada a la propia propaganda televisada de la dimisión de Benedicto XVI, de su retiro a Castel Gandolfo, y del Cónclave y la llegada del nuevo e inesperado Papa jesuita y latinoamericano, hacen que el Papa Francisco sea en estos momentos un reconocido líder mundial, a pesar que su tiempo acaba de empezar.

Pero tanta notoriedad incluye la seguridad de que todos sus pasos y decisiones serán seguidos y estudiados con la máxima exigencia y atención y pronto tendremos noticias de valoraciones, en fondo y forma, sobre los primeros pasos de su papado, para bien o para mal porque a buen seguro que la actuación del Papa Francisco indiferentes no dejará al conjunto de la sociedad.

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