Nº 1163 -  19 / VI / 2013 
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OPINIÓN

Tufos

Daniel Martín
 

El pasado domingo falleció Pepe Sancho, aquel galán que conquistó España con su papel de “El Estudiante” en la serie “Curro Jiménez”. Eficaz, de voz profunda, fue un eterno actor de reparto, no una gran estrella. Y gran parte de su fama se debió más a asuntos extraprofesionales que meramente artísticos. La prensa española, empero, le “enterró” como si se tratase de un grande, seguramente porque ya apenas queda ninguno.

Pepe Sancho ganó un Goya por su papel en “Carne trémula”, de Pedro Almodóvar, el director manchego que es sinónimo de prestigio aunque haga un cine casposo lleno de odios y rencores. Como si el tiempo no pasase, como si volviesen los tiempos de los bandoleros, hoy estrena filme, “Los amantes pasajeros”, y los medios de comunicación le han rendido la debida pleitesía, como si se tratase de Apolo redivivo. Así le luce a España su cultura.

Bien pensado, tampoco quedan tan lejos los tiempos del bandolerismo. Ahora, en lugar de en serranías y montes, los ladrones actúan en medios urbanos o, mejor, urbanísticos. Y, en lugar de trabuco y navaja, usan sobres, fundaciones, partidos y demás inventos que, en España, llevan siglos arruinando el Estado, ante la siempre paciente indolencia de la -ahora indignada- sociedad nacional, eternamente esperanzada con que la divina Providencia nos vaya a sacar del hoyo.

Tampoco en eso parecen cambiar las tornas. Después de que el último Papa, alemán, dimitiese, señorean por todas partes las quinielas sobre quién será su sucesor en la Cátedra de San Pedro. Aunque ya casi ningún creyente practique, aunque casi ningún practicante crea, lo de Roma nos pone como si siguiésemos en pleno siglo XIX, época de malos políticos y románticos bandoleros.

Aunque parezca que cambien algunas cosas, no es para tanto. Ha muerto Hugo Chávez, y le estamos enterrando como un estadista de primer nivel. Solo nos ha faltado acudir en masa a su entierro, como ocurrió en Madrid hace 38 años. El poder corrompe a los que lo ejercen y fascina a los que lo observan.

Y así, ante tantas cosas que demuestran una más que evidente decadencia, los españoles, lógicamente cabreados, tan solo saben ir a la huelga para demostrar su enojo. Aunque eso, en la mayoría de los casos, tan solo sirva para cavar un poquito más la tumba sobre la que nos cernimos. No están los tiempos para dejar de trabajar, pero eso no impide que ejerzamos libérrimamente el único derecho constitucional que carece de ley orgánica.

El último CIS ha vuelto a demostrar el completo desencuentro de la sociedad con su sistema político. Sin embargo, no parece que vaya a cambiar nada. De los políticos no podemos esperar nada. Ni saben, ni pueden, ni mucho menos quieren cambiar las cosas. De los ciudadanos… ¡son tantas décadas de admiración al bandolero! Mientras tanto, seguimos hipnotizados por la próxima fumata blanca, por la presunta grandeza de enanos morales y por la sorda admiración hacia personajes dignos de novelas como “Tirano Banderas” o “El Señor Presidente”. Todo huele a decadencia, a fin de ciclo, a estertor postrero. Con, para más inri, la única luz de intelectuales de la talla ética de Pedro Almodóvar. El despiporre.

dmago2003@yahoo.es

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