Nº 1164 -  20 / VI / 2013 
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OPINIÓN

Aquellas dos sillas de mármol

Javier Pérez Pellón
 

Excluyo categóricamente que el sucesor de Benedicto XVI se sienta en alguna de esas dos sillas gemelas que, erróneamente, algunos llaman de pórfido, cuando en realidad son de precioso mármol rosa y de exquisita factura de la época, artísticamente más florida, del imperio romano. Por su asiento perforado podrían ser sillas de parturientas y por la belleza de sus formas y las filigranas esculpidas en su confección bien pudieran proceder de alguna noble y antigua familia patricia romana. Cuando a alguno de sus miembros femeninos, embarazado, le llegaban los dolores del parto, se acomodaba en aquellas sillas reclinándose sobre su respaldo, de tal manera que apoyando sus nalgas sobre los bordes del perforado asiento, facilitaba la labor de la comadrona para dar la bienvenida a la criatura que llegaba al mundo desde las entrañas de su madre. El parir sentadas era la forma de alumbrar más natural y común de la antigüedad y la encontramos, también, en todas las culturas precolombinas de las Américas. Las sillas de las parturientas, rústicas y modestas o refinadas y artísticas no son nada más que las antecesoras de las asépticas camas o camillas reclinables utilizadas por los actuales ginecólogos.

Y la razón de la exclusión por la cual ya ningún sucesor de San Pedro se sentará en una de esas dos sillas es porque estos dos curiosos objetos ya no se encuentran en San Juan de Letrán donde los papas hacían uso de ellas, sino que fue Pío V, último Pontífice que acomodó sus sagradas posaderas sobre el mármol perforado, quien las hizo trasladar desde la catedral de Roma (San Juan de Letrán) hasta el Vaticano. Una de ellas todavía se puede admirar, perfectamente intacta, en el llamado Gabinete de las Máscaras, en el interior de los Museos Vaticanos. Su “gemela”, sin embargo, se encuentra en el Louvre de París donde llegó en el siglo XVIII como fruto de las numerosas rapiñas napoleónicas.

El hecho de que el Papa en la ceremonia de su consagración se sentara en estas sillas y adoptara la postura de una parturienta habría que relacionarla con la misma denominación de la Iglesia, esto es de Madre Iglesia. Pero existen otras interpretaciones menos simbólicas y más carnales que nos hablan de que el uso de las famosas sillas tuvieron otra finalidad y que tiene su origen cuando en el 1472, Sixto IV, apenas elegido Papa, encarga a Bartolomeo Sacchi, apodado “El Platina” que redacte una lista de los papas desde el primero, San Pedro, hasta esa fecha. Y así el más acreditado historiador y humanista de la curia, que en Florencia había sido preceptor de la familia Medici y que en ese tiempo, al que nos referimos, ya establecido en Roma, el Pontífice le había nombrado bibliotecario del Vaticano, escribe su famoso “Christi ac omnium puntificum”, un elenco de todos los papas habidos en la Iglesia de Roma, muchos de ellos, sin duda, inventados porque la tradición, tanto la oral como la escrita, no nos dan alguna noticia de ellos. “El Platina” va, incluso, más lejos ya que, siendo un humanista completo y poseedor de los más diversos saberes, como, por ejemplo, la gastronomía de la cual nos ha dejado exquisitas recetas de cocina del Renacimiento, pues es, también, un excelente dibujante y llega a diseñar los retratos de muchos de los papas sobre los que ha escrito sus biografías. Sixto IV, como buen administrador de los bienes de la Iglesia pensó que el libro de su bibliotecario podía ser publicado y vendido, como guía turística, a los cientos de miles de peregrinos que acudirían a Roma, con ocasión de la celebración, en el 1475, del Año Santo.

Cuando en su libro llega a la muerte, 17 de julio del 855, de León IV, el historiador continúa su narración con la vida de Juan VII:

“Juan VII (Juan Anglico), oriundo del territorio de Maguncia, se cuenta que obtuvo el pontificado con artes malignas: tuvo escondido su sexo, porque en realidad era una mujer. En edad todavía muy joven huyó con un amante suyo a Atenas, donde en la escuela de maestros de las bellas artes hizo tales progresos que, una vez llegada a Roma muy pocos se la podían comparar en las Sagradas Escrituras…y adquirió tal autoridad que fue elegida pontífice entre el consenso general. Más tarde quedó embarazada de un servidor suyo y después de haber escondido por algún tiempo su embarazo, sucedió que una vez durante una procesión que la conducía a la basílica de San Juan de Letrán, entre el teatro llamado Coliseo y la iglesia de San Clemente, sorprendida por los dolores del parto, dio a luz. Murió en aquel mismo lugar después de haber reinado dos años, un mes y cuatro días, y fue sepultada sin honores.

Hay algunos historiadores que cuentan dos hechos: el primero que cuando un Pontífice va hacia la basílica de San Juan, a causa del detestable episodio hace una desviación de su recorrido. El segundo es que para evitar el engaño de la elección de una mujer, en el mismo momento de su elección se coloca sobre la silla de Pedro: silla que está perforada a propósito para que el diácono más joven pueda asegurarse que el elegido tenga los genitales masculinos. Sobre el hecho de la desviación del recorrido estoy de acuerdo. Sobre lo segundo, sin embargo, soy del parecer de que aquella silla particular haya sido preparada para que aquel que viene elegido para tan alto menester se acuerde de que no es un dios sino un hombre, y por lo tanto, sujeto a las necesidades de la naturaleza humana, entre las cuales, naturalmente, aquellas corporales. Por ello, justamente, la silla se llama el estercolero”.

Sea como fuere, hasta bien entrado el siglo XVI el uso de las sillas se atribuía a la ceremonia de la comprobación del sexo masculino del Papa. Tanto es así que un viajero protestante de aquella época escribe al llegar a Roma: “He oído decir que, entre los católicos, los atributos viriles con frecuencia y elegantemente se llaman, por antonomasia, con el nombre de pontificales”. Otros testigos protestantes, ciertamente con alguna malicia, hablan de “la ceremonia de la comprobación del sexo y del joven diácono que en ese momento proclama: “Pontificalia habet”, como demuestran algunos grabados alemanes de por aquel entonces.

Sobre la existencia real de la Papisa Juana existen documentos todavía mucho más antiguos que la historia escrita por “El Platina”. Como, el “Cronicón” de Mariano Scoto, llamado así por su origen escocés, escrito en el año 1028. O el del dominico francés Juan de Mailly que cita la existencia de la Papisa en su “Chronica Universalis” escrita en el 1225. “En el punto en que murió fue sepultada con la siguiente inscripción: Pedro, padre de los padres, hizo público el parto de la Papisa. Bajo su pontificado se instituyó el ayuno de las cuatro témporas, que desde entonces se llama el ayuno de la Papisa”.

El cardenal Martín apodado Polonio, así llamado porque entre sus prerrogativas cardenalicias tuvo a su cargo el arzobispado de las provincias polacas, fue uno de los personajes más notables de su tiempo En su texto sobre la historia de los papas, el “Cronicón” fue el más autorizado y leído de su época. Y también narra la vida de la papisa Juana, el hecho de su parto y su muerte, coincidiendo en fechas y datos con los historiadores que antes y después de él han escrito sobre tan singular episodio de la historia de la Iglesia.

Con ocasión del Cónclave del 16 de octubre de 1978 que eligió Papa al polaco Karol Wojtyla, con el nombre de Juan Pablo II, en el semanario francés Le Nouvel Observateur el ensayista y filósofo Maurice Clavel narraba el acontecimiento y retrataba al personaje de la siguiente manera: “Recapitulemos. La primera cosa es él. Le veo. Los tiene. Dos y que cuelgan bien. Aquellas espaldas, aquellas mandíbulas de proletario. Uno de aquellos hombres enérgicos, de temperamento sanguíneo, que tenían, al menos, algo que ofrecer a Dios, aquellos monjes medievales, combatientes visionarios que, justo por ello, nutrían una devoción sublime por la Santísima Virgen”.

El tono populista, rudo y conmovido, de Maurice Clavel quiere ensalzar la figura de Juan Pablo II, prelado enérgico de origen modesto que procedía de la combativa comunidad católica polaca y que respondía a la esperanza de un nuevo dinamismo cristiano después de las dudas de Pablo VI y la fragilidad de Juan Pablo I. El elogio de la masculinidad, espaldas, mandíbula, fuerza física, se completa también con la afirmación de la virilidad: “Tiene dos y que cuelgan bien”. La fórmula latina “duas et bene pendentes” cita elípticamente la frase que según la tradición, corroborada por ilustres historiadores que testifican su autenticidad, como ya hemos contado a lo largo de estas líneas, con la que el cardenal diácono más joven, una vez verificada manualmente la virilidad del Papa recién elegido proclamaba: “Habet duos testiculos et bene pendentes”.

En la última entrevista que se le hizo al cardenal Carlo María Martini, ya casi en la fase terminal de su enfermedad de “párkinson”, el 8 de agosto del 2012 (moriría el 31 de agosto de ese año) jesuita, arzobispo de la diócesis de Milán desde el mes de diciembre de 1979 al mes de julio del 2002, y una de las autoridades más eminentes de la Iglesia del siglo XX, decía que “la Iglesia está atrasada en doscientos años, cansada y la cultura Occidental envejecida”.

Y, objetivamente, aunque no descarte que sea una opinión personal, es una lástima que ya no se utilice la silla perforada de mármol y que el cardenal diácono más joven no compruebe, manualmente, que el Papa que salga elegido en el Cónclave de los próximos días, “habet duos testiculos et bene pendentes”, porque le serán necesarios ¿qué digo? “imprescindibles” para no sólo para apacentar a sus ovejas, más de mil millones de católicos en el mundo, sino para sujetar en corto a una curia rebelde, intrigante y divida en pequeñas facciones, en continuo contraste las unas contra las otras.

El Espíritu Santo, presente en la Capilla Sixtina, antes de decidirse a lanzar su suspiro sobre un elector, tendrá que olfatear bien a que huele tan sacra estancia. Porque a mí me da que entre otros olores y teniendo en cuenta que muchos de los purpurados han sido nombrados por Wojtyla, como es notorio máximo sostenedor del Opus Dei, el del azufre de la Obra del ex Marqués de Peralta, Escrivá de Balaguer, estará bastante esparcido. Valga como ejemplo el del cardenal español Antonio Cañizares Llovera, uno de los cinco purpurados españoles que estarán presentes en la Capilla Sixtina, y el hasta ahora Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, miembro del Opus Dei, que ya estará intrigando melifluamente, con esa sonrisa forzada característica de los miembros de la Obra ya sean los más “exquisitos”, los numerarios, o los de “la tropa”, supernumerarios. Y estará corriendo con sus patitas cortas, de un lado para otro, en la sala vaticana de Pablo VI, donde se reúnen los electores antes del Cónclave, despachando su “pax” y esperando la respuesta “in aeternum”, especie de contraseña con que, al darse la mano, se identifican los secuaces de monseñor Escrivá, para saber con quién puede contar.

La verdad es que para guiar la Iglesia en estos tiempos de cultura hedonística, egoísta, insolidaria y corrupta, privada de auténticos valores espirituales y vacía de ideales, se necesitaría de un Pontífice romano que tuviera los “pontificales” bien seguros y “pendentes”, sino se quiere que la actual decadencia de la Iglesia precipite en una agonía de total indiferencia.

jperezpellon@tim.it

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