Nº 1163 -  19 / VI / 2013 
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La voz rota

El caudillismo latinoamericano en el diván

Patxi Andion
 

La gente sabe que la historia de Latinoamérica está por escribir. Ni siquiera los maravillones clásicos son de fiar si atendemos a la última polémica desatada sobre la autoría de la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España que siempre atribuimos al soldado Bernal Díaz del Castillo y que ahora pone en duda el prestigioso erudito francés Christian Duverger atribuyéndosela nada más y nada menos que al propio Caudillo, Hernán Cortés. Mientras fue aquella Nueva España, su historia la escribieron los conquistadores, caudillos de tropas, extranjeros extraños a los miles de pueblos indígenas que imponiendo a sangre y fuego el Dios y la lengua definieron una cultura global en español que hoy es de las más pujantes del mundo, pero claro, contaron las cosas a su manera y desde su lugar, muy alejado de lo que les rodeaba.

La sociedad criolla resultante del espíritu picajoso del conquistador, residente durante años y años y sus consecuencias hereditarias se sostuvo sobre los caudillos criollos descendientes de aquellos y fueron ellos, con Simón Bolívar a la cabeza los que independizaron el continente de la metrópoli y los que se repartieron el botín territorial para dar cabida a tanta ambición caudillil, con la disensión excepcional del territorio al lado oriental del Uruguay que peleó contra los nuevos caudillos y no contra las tropas españolas. Y de aquellos polvos otros lodos más cercanos en las figuras de los Trujillo, Stroessner, Videla, Torrijos, etc, etc.

En el entramado social latinoamericano, profundamente separado entre las clases cultas y poderosas más blancas que criollas y las clases desfavorecidas, indígenas y analfabetas, apenas han cabido algunas experiencias que lucharan por superar esa falla infame. En toda Latinoamérica se ha adorado a los Caudillos. Siempre ligados a la oligarquía criolla y al ejército. Incluso hasta la revolución cubana personalizada en su Caudillo Fidel, de origen patricio, ruralista y conservador, cuyo padre conservó hasta sus últimas consecuencias el paradigma del privilegio consentido de las dos familias.

La historia de Latinoamérica se podría confundir grosso modo con la que les ha contado el ejército a sus cadetes en todas las Academias Militares porque casi todas se han escrito mientras han mandado y siguen mandando. El Caudillo militar más o menos condescendiente con el pueblo ha sido el modelo más longevo de poder en el marco latinoamericano, evidentemente, exagerando en su maximalismo, y teniendo en cuenta experiencias más o menos recientes o casos más o menos aparte como el de Costa Rica, aunque la reflexión pretende ser de carácter continental. La otra historia solo la han contado los poetas, los músicos, los escritores y creadores en general. Solo desde ellos se puede vislumbrar otra realidad que la oficial.

El Comandante Chávez, el último de los grandes Caudillos acaba de morir en brazos del fervor popular, aquel que fracasó en su asonada y triunfó ininterrumpidamente después. Y como todos sus antecesores deja un legado que tendrá lecturas diferentes según se lea, ahora en caliente o se revise pasados unos años. Él fue capaz de extender su populismo, desde la desigualdad social y la hartura de las clases patricias corruptas, en un país rico por demás hasta que su modelo se fue contagiando a su alrededor, más que nunca se harán realidad las célebres palabras de su mentor Castro ante los jueces de Fulgencio Batista (otro que tal baila) con aquella frase: “La Historia me absolverá”. Sin duda, pero deberá de ser la que se escriba de nuevo. Mientras, como ya advertía Fray Bartolomé de Las Casas, no conviene equivocarse. Nosotros desde esta Europa avejentada y cicatera, no somos capaces de mirar, porque lo que pasa allí no somos capaces de verlo.

El epílogo del morse de las campanas siempre es el toque a difuntos. Marzo

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