Acaba de fallecer el Papa de los “Indignados”, Stéphane Hessel, a los 95 años, de muerte natural; el Papa de los católicos se marcha por su propio pie; y yo no me encuentro demasiado bien. Pero todos dejaremos un legado. El de Hessel, el apóstrofe “Indignaos”, llega cincuenta años después de que mis queridos hippies gritasen “Divertíos”. El talante ha cambiado del hedonismo pánico de los psicodélicos al mal humor judeocristiano culpabilizante.
“El inevitable correlato de la indignación, para que no quede en lamento, es el compromiso”, comenta Juan José Tabaria en su obituario de Hessel. Sí, claro, pero ¿compromiso con qué? ¿El sistema? Demasiado inconcreto. Ese es el problema de las abstracciones: compromiso, indignación, sistema, no dan una línea de acción concreta para arreglar algo: es como los que se manifiestan “contra el paro”.
Por si les sirve, señalaré un artículo de Robert Skidelsky titulado «El ascenso de los Robots» en que se pregunta: “¿Qué harán las personas cuando las máquinas puedan hacer todo el trabajo, o la mayor parte? ¿Por qué no aprovechar la automatización para reducir la semana laboral media de 40 horas a 30 y luego a 20?”.
¿Les suena? A quien esto escribe le suena y mucho, ya que en 1982, hace treinta años, lo escribí en «Del Paro al Ocio». Y todavía estamos ahí. ¿Por qué no dedicamos nuestra indignación y nuestro compromiso a reducir la jornada laboral y tener más ocio?
Lo contesta Skidelsky: “Esto sería posible si el rédito de la automatización, en vez de quedar en manos exclusivamente de los poseedores de las máquinas, se distribuyese equitativamente. Pero para ello será necesaria una revolución del pensamiento social”.
Voilà, un legado a los indignados para que persigan algo muy concreto.