Nº 1633 -  2 / X / 2014 
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OPINIÓN

El gran rechazo

Javier Pérez Pellón
 

“Cuando un Papa reconoce que físicamente, psicológicamente y espiritualmente no está en condiciones de atender a su ministerio, entonces tiene el derecho, según las circunstancias, y el deber de dimitir”. Son palabras que el actual Pontífice de la Sacra Romana Iglesia, Benedicto XVI, escribía en el 2010.

Hoy, aquellas predicciones se han convertido en realidad y en el giro de pocos minutos la noticia ha dado la vuelta al mundo, desplazando de la actualidad informativa cualquier otra relativa a las convulsiones que abruman, con desastres meteorológicos, guerras y guerrillas en África y en Asia, crisis económicas por doquier uno se asome a la ventana de este desgraciado  planeta que parece invadido bajo la cabalgada destructora de los “Cuatro jinetes del Apocalipsis”.

El anuncio ha sido en latín durante el consistorio para la canonización de los mártires de Otranto. “Siento el peso de mi cargo, – ha declarado Benedicto XVI – , lo abandono por ingravescentem  aetatem (motivos agravados por la edad). “Un rayo en medio de un sol radiante”, ha comentado el cardenal Angelo Sodano Decano del Colegio Cardenalicio y ex-Secretario de Estado durante el pontificado de Juan Pablo II.

“El que hizo por vileza el gran rechazo” es 60° verso del III Canto del Infierno de la “Divina Comedia” de Dante Alighieri. Dante ha apenas superado, en compañía del poeta latino Virgilio, las puertas del Infierno y ha llegado al “Antinfierno”, el lugar donde yacen las ánimas de los “ignavi” aquellos que “sin infamia y sin laudo, no haciendo el mal, pero, tampoco empeñándose en hacer el bien, de tal forma que la misericordia divina les libra del Infierno, pero que la justicia divina les excluye del Paraíso”.

Con estas palabras tremendas Dante condena a un eterno exilio, en un rincón perdido del “Antifierno” a Celestino V, el Papa dimisionario más célebre de toda la historia de la Iglesia.

La historia personal de este Papa es toda una novela medieval de intrigas, crímenes y desmanes en los que se mezclan los intereses eclesiásticos y espirituales del papado con aquellos otros políticos de los soberanos franceses y los del Reino de Aragón, de tal forma que, entre unos y otros se establece una lucha perenne de  intereses terrenales en constante discordia.

Después de la muerte de Nicolás IV, el colegio de doce cardenales se reunió, en abril del 1292, en la Basílica romana de Santa María Mayor, pero este cónclave, para la elección de un nuevo Papa tuvo que ser suspendido ante la llegada de una epidemia de peste. Psado el período de contagio, los cardenales supervivientes no se pusieron ni de acuerdo para encontrar el lugar donde reunirse. Surgen continuas discordias con la intervención del monarca francés Carlos II y de su hijo Carlos Martell. El rey francés solicitaba con urgencia la elección del nuevo Papa, porque era necesaria su bendición a la Corona para continuar sus tratados que estaban en curso con Jaime II de Aragón para la hegemonía francesa sobre la isla de Sicilia.

Y así, después de muchos avatares, dudas e intrigas de las familias poderosas de Roma, como los Colonna, el 5 de julio de 1294, después de ventisiete meses, el colegio cardenalicio eligió Papa, por unanimidad de votos, al hermano ermitaño Pietro Angeleri, penúltimo hijo de los doce que tuvo una modesta familia de campesinos de Isernia, ciudad de la actual región del Molise, en  el sur de Italia.

Este “pobre cristiano”, según la definición de Ignacio Silone, en su libro “La aventura de un pobre cristiano”, cayó en manos del rey francés Caros II y en las del intigrigante cardenal Benedicto Caetani que le indujo a dimitir, después de conjuras en la corte pontificia, obligándole a firmar la Bula de dimisión, el 13 de diciembre del 1294 “por graves motivos”. Esta fórmula de dimisión no era otra que la excusa del cardenal Caetani, en  contra de la voluntad del rey francés, para suceder en el pontificado de la Iglesia al Papa dimisionario.

Efectivamente, sólo diez días después de la dimisión de Celestino V, el Cónclave se reunió en Castelnuovo de Nápoles, el 23 de diciembre del 1294 y fue brevísimo, porque ya el 24 de diciembre, de ese mismo año, el cardenal Caetani, consiguió la mayoría de los dos tercios de los votos y fue elegido Papa con el nombre de Bonifacio VIII. Uno de sus primeros actos como Pontífice romano fue el de encarcelar a su antecesor, Celestino V, en una prisión de la desolada Roca de Fumone, en la actual Ciociaría, en la región romana del Lazio, donde murió, con la sospecha de  ser asesinado, el 19 de mayo de 1296.

Bonifacio VIII que reinó en el Vaticano desde el 1294 al 1303 es recordado como el Papa que, en el año 1300, convocó el primer Jubileo de la Historia de la Iglesia. Y, precisamente, y en nombre de la República florentina, el delegado para tan solemne ocasión fue Dante Alighieri que ya estaba componiendo sus inmortales versos de “La Divina Comedia”, y donde colocaría en el Infierno al intrigante Bonifacio VIII.

La dimisión de Celestino, aún siendo la más célebre y la que más literatura ha creado en torno a la misma no fue la única en la historia de la Iglesia de Roma.

Ya antes habían dimitido papas, cuyos nombres ciertos o inventados, se pierden en la noche de los tiempos, como Clemente I, Ciriaco, Marcelino, Ponziano, Cornelio, Liberio, Martín I, Benedicto V, Juan XVIII, Benedicto IX, Gregorio VI, Pascual II y Celestino III.

Como se ve no hay nada de nuevo en este mundo y menos en la travesía y milenaria historia de la Santa Romana Iglesia, plagada de rosas y de las espinas de los tallos de esa flor.

De todas formas yo no creo que si Dante hubiera conocido a Benedicto XVI, al Ratzinger asceta e intelectual de gran porte, amante de la música y de los gatos, finísimo escritor, sus libros sobre Europa o sobre Jesús de Nazaret le acreditan como literato de primer orden, le colocaría en el “Antinfierno”, donde yace por toda la eternidad el ánima atormentada de Celestino V, sino que la misericordia divina le abrirá un día las puertas del Paraíso.

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