Los “papeles” de Luis Bárcenas – auténticos, falsos o entreverados – nacieron, según mi interpretación personal, como una operación dirigida contra Mariano Rajoy, un héroe hueco con espada de plastilina; pero, a la vista de los acontecimientos, lleva camino de convertir al PP en un conventillo de intrigas en el que ya se advierten con ofensiva nitidez las personas de mayor ambición sucesoria. Con la potestas no es suficiente, menos aún en tiempo de crisis y tribulación. Se necesita la auctoritas, algo que no se adquiere con silencios temerosos, medias palabras y viendo caer las hojas del calendario.
Muy dañado quedará el PP con esta historia y cuanto se esconde tras ella y el PSOE, que desde su fundación no ha dejado de dar muestras de oportunismo operativo, trata de recomponer sus maltrechas y divididas estructuras aprovechando la endeblez y la situación de su principal contrincante. Alfredo Pérez Rubalcaba, un segundón discutido en su casa, corresponsable de la ruina generada por José Luis Rodríguez Zapatero, astuto de salón y estratega de sobremesa acaba de mostrar, en una de sus paridas dominicales, una de sus armas para recuperar el poder y sanear la enfermedad moral que nos sacude.
Dice Rubalcaba que se proponer crear una unidad de “asuntos internos del Estado”. Una suerte de “hombres de negro” con licencia para darle una patada a la puerta de los despachos de los cargos públicos y entrar en ellos sin previo aviso. Algo que se califica por sí solo, que acredita el “talante” antidemocrático del socialismo español en curso y que recuerda los tiempos y los modos de José Corcuera cuando ejercía (?) como ministro del Interior.
Una cosa, necesaria y deseable, es luchar contra la corrupción y otra tratar de hacerlo de cualquier modo, incluso con la vulneración de derechos fundamentales de las personas. Aunque sean “altos cargos”.
En materia de corrupción ninguno de nuestros grandes partidos – y no hablemos de los periféricos secesionistas – tiene las manos suficientemente limpias para afearle nada a sus adversarios. Que Rubalcaba, que formó parte de un Gobierno, el de González, que llevó la corrupción hasta el mismísimo BOE y en el que proliferó el crimen de Estado, saque pecho para afear la muy fea conducta de algunos personajes del PP, incita a la carcajada. En esta materia, aunque carezca de sentido establecer un ranking de vergüenzas y, ajustándonos solo a este tiempo constitucional, el PSOE tiene más méritos que nadie. ¡Hasta “su” director general de la Guardia Civil, Luis Roldán, participó en el baile de los millones inconfesables!
Dice Rubalcaba que “la mezcla de corrupción y crisis es mortal para el sistema democrático”. ¿Esa es la profundidad de su pensamiento político? Una crisis económica como la que padecemos, de naturaleza continental, puede tener remedio y, en su génesis, no nace de la intención de un partido político. La corrupción es otra cosa. Arranca de la escasez ética de sus protagonistas y, en lo que a la política se refiere, de la mala selección de personal que suelen hacer los partidos. Además, la partitocracia – la gran degeneración de la democracia – la lleva consigo. ¿Cómo alimentar esos grandes aparatos que estructuran los partidos si las cuotas de sus militantes no alcanzan el 10 por ciento de las subvenciones públicas que reciben y, a ojo de buen cubero, esa es la mitad de sus gastos reales?
Los incorruptibles de Rubalcaba, puestos a ellos, podrían empezar – en prácticas – su trabajo en Andalucía, donde, tras el monopolio socialista del poder autonómico, corrupción empieza a configurarse como sinónimo de administración.
PS.- Mientras redactaba las líneas precedentes, me llega la noticia del fallecimiento, en Barcelona y a los 70 años de edad, de Eugenio Trías Sagnier. Un cáncer de pulmón se lo ha llevado por delante. Era – es – uno de nuestros filósofos más notables e internacionales, un pensador original que, en función de nuestro penoso sistema educativo, no conocen nuestros bachilleres y, como diagnóstico de nuestra sociedad, ignoran muchos de nuestros cultos de oficio y apariencia. He aprendido mucho de alguno de sus libros – no doy para todos – y he disfrutado muchísimo con sus escritos dedicados a la música. Ningún otro notable intelectual contemporáneo interpretó con tanto sentido el pensamiento y la intención de los clásicos del sonido y, menos aún, el sentido cultural de la música.