Estos días resulta complicado mantener arriba el ánimo. Sobre todo porque, a diferencia de otras épocas de crisis de nuestro pasado, ahora no existen siquiera un par de intelectuales capaces de hacernos reflexionar o, cuando menos, sonreír. Por ejemplo, en pleno fragor de corrupción y venalidad del Duque de Lerma durante el reinado de Felipe III, se publicó el “Quijote”, magnífica novela que, antes que nada, es un monumento al humor desintoxicante. De ahí su éxito, nacional y universal.
Curiosamente, el humor cervantino no creó escuela en España. Por el contrario, en Inglaterra, país donde el Caballero de la Triste Figura causó furor, surgió la mejor tradición de la narración humorística, heredera directa de la obra maestra de Cervantes. Fue allí donde, buscando la verosimilitud en el disparate, el humor antes que la tesis, la crítica solapada bajo los ropajes de la risa, Don Quijote y Sancho Panza encontraron descendencia.
Este género de la novela de humor tuvo especial relevancia en el siglo XVIII. Por ejemplo, Jonathan Swift fue un implacable satírico que escribió “Los viajes de Gulliver“, obra humorística inmortal que nos intentan vender como literatura infantil, seguramente para que no captemos las críticas que aún hoy siguen siendo válidas. A su estela surgió Henry Fielding, maestro de la ironía y la narrativa, autor de “Tom Jones”, la mejor novela de su tiempo. Si se quiere ahondar en su genio, hay que seguir con “Jonathan Wild”, sarcástica biografía de una maleante de la peor calaña, en ese sentido compañero de parranda de muchos de nuestros coetáneos.
De esa misma época no hay que olvidar a Laurence Sterne y su inolvidable juego metalingüístico de “Tristram Shandy” ni a Tobias Smollett y su espléndido “Roderick Random”. Tan celebrada fue esta tradición de narrativa humorística que hasta Voltaire, un genio francés, debe mucho de su humor a la Gran Bretaña. Lamentablemente, aún estamos a la espera de numerosos primeras traducciones de estos autores.
Los ingleses, a partir de Swift, no se olvidaron de reír, por lo menos mientras leían. Las digresiones de Thackeray en “Barry Lyndon” y “Henry Esmond” sacan innumerables sonrisas y múltiples carcajadas. En casi todo Dickens hay momentos hilarantes. Y Oscar Wilde convirtió en divertido el soporífero decadentismo francés. Y así hasta la actualidad: de Chesterton a Sophie Kinsella, pasando por George Bernard Shaw -otro irlandés en la corte del rey Arturo-, Wodehouse o Helen Fielding, han sido muchos y buenos los escritores británicos de humor. Incluso algunos serios, como Martin Amis o Julian Barnes, han escrito magistrales novelas cómicas.
Sirvan todos estos nombres y títulos como estupefacientes contra las crisis. Cuando la niebla más turbia se apodera de todo, la risa es necesaria para la supervivencia. Y, si no se quiere mirar allende nuestras fronteras, por aquí también tuvimos geniales humoristas: Jardiel, Mihura, Neville, etc. que, nada curiosamente, vivieron tiempos de crisis, momentos dramáticos de nuestra historia, siempre tan convulsa, nunca tan estéril como ahora. Pero siempre nos quedará La Mancha, sus molinos, el jamón ibérico, las cañas, las olivas y las hamburguesas con carne de caballo.

Pablo Sebastián
Fernando Glez. Urbaneja
Marcello
Primo González
José Javaloyes
Juan Chicharro
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
Julián García Candau
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