Nº 1163 -  19 / VI / 2013 
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Espacio de batientes

Cumbre de rabadanes islámicos

José Javaloyes
 

La llegada a El Cairo de Mahmud Ahmadineyad, presidente de la República Islámica de Irán, donde fue recibido por el presidente egipcio, Mohamed Morsi, es suceso de carece de precedentes desde 1979. Año en que la revolución islámica del Ayatolá Homeini rompió relaciones con el Egipto nasserista, sintonizado en lo principal con las monarquías petroleras del Golfo Pérsico. O sea, con el conjunto de Estados contra el que emergió la revolución islámica del chiísmo persa; revolución que, al cabo sería frenada en seco poco después, con una larga guerra, por el otro régimen nacionalista del Oriente Próximo, el Iraq de Sadam Hussein. Apoyado política y financieramente por Washington y las dichas monarquías de la gran cuenca del petróleo.

Los 33 años transcurridos desde aquella ruptura de Irán con el Egipto en el que al cabo moriría el derrocado Sha, han contemplado el paso de muchas cosas, suficientes en su conjunto para que Ahmadineyad haya volado a El Cairo – luego de haberlo hecho también a Riad en la anterior sesión de la Conferencia Islámica -, aprovechando una oportunidad y otra para montar la liturgia de un pelillos a la mar.

Aunque no obstante subsiste una mar de fondo en la relación entre esos dos órdenes políticos de lo coránico, pues Teherán no renuncia ni abdica de su empeño en que se le reconozca dentro de ello el peso económico, político y militar de la antigua Persia dentro del conjunto del Oriente Medio.

Y ha sido precisamente hasta ahora Egipto el polo de resistencia árabe a la pretensión iraní de ser al menos el alter ego de lo que representa el que fue mundo de los faraones. De ahí el interés que representa este viaje de Ahmadineyad, más allá del formato globalizante de los Estados en los que impera la religión coránica dentro de su rica diversidad en sectas y tendencias.

Pero en esta reunión cairota de rabadanes islámicos, la oveja muerta que la concita no parece no ser otra que la democracia política. Sobre todo al quedar de manifiesto que en los regímenes participantes de mayor peso, la teocracia iraní y la presión de la Sharia o Ley Islámica que impulsa en Egipto el Gobierno de los Hermanos Musulmanes, no se atisba posibilidad alguna de futuro para los ideales democráticos de cambio que impulsaron la revolución popular contra la autocracia militar del régimen post-naserista de los Gobiernos de Hosni Mubarak.

Hay sin embargo un extremo del mayor interés en esta visita de Ahmadineyad a la capital egipcia aprovechando la celebración de la Conferencia Islámica. Y no es otro que el del ofrecimiento a Irán por el vicepresidente norteamericano, Joe Biden, en la Conferencia de Munich celebrada el último fin de semana, de buscar una vía de diálogo. Quizá se pensara en la Casa Blanca que el Egipto del islamista Mohamed Morsi podría mediar como intermediario ante el presidente iraní, y que la celebración de esta Conferencia Islámica podría ser ventana de oportunidad que no se había presentado hasta ahora.

Aunque el pleito político que acaba de estallar en Teherán entre la línea dura representada por Ahmadineyad y el clan liberal de los Larayani complica más de lo mucho que ya estaba el problema de la interlocución con el régimen de los ayatolás. Eso de una parte. Y de otra, en sentido opuesto, hay que anotar la recrecida tensión regional en la zona por la destrucción israelí de un convoy de armamento sobre suelo sirio. Algo que ha llevado a que Teherán y Damasco hayan amenazado con responder. Veremos en qué términos si es que lo hacen.

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