Aunque no lo parezca, hemos llegado al final de la Transición. Fue bonito – ¡no tanto! – mientras duró; pero ya se han consumido las reservas de limpieza, buena voluntad y afán de futuro que la hicieron funcionar, últimamente a trompicones, desde aquellas esperanzadoras elecciones de junio de 1977. Hemos llegado a una situación que parece insostenible. Todas las instituciones del Estado, sin excepción, flotan en un mar de corrupción y crisis moral. No hay amarre posible – ¿por qué siempre el símil? – para la nave del Estado y, mientras, los españoles, diez millones más que en el 77, vamos a la deriva. Además, el paro se hace insufrible, crece la tensión social y la deslealtad constitucional de algunos líderes periféricos cuestiona la integridad territorial de la Nación.
Nuestra democracia es de mala calidad. La normativa vigente la convirtió en partitocracia, la peor y más concentrada de las formas del caciquismo típico de nuestra Historia y, superado el arranque de este periodo cuyo final anuncio – después de la primera legislatura de Felipe González -, tras haber perdido grandes oportunidades de regeneración, nos encontramos en un auténtico callejón sin salida.
La crisis ética en la que estamos instalados, la madre del cordero, tiene maltrechos e incapacitados a todos los partidos significativos de la oposición. El PP, que consiguió una cómoda mayoría absoluta en el Congreso, hace poco más de un año, como reacción del pueblo español a los excesos, corrupciones, divisiones y torpezas del PSOE, después de no cumplir ninguna – ¡ninguna! – de las promesas básicas de su programa electoral, atraviesa una situación que, en principio, parece de imposible solución dada la temeraria arrogancia con que la ha querido encarar el presidente, del PP y del Gobierno, Mariano Rajoy.
Los papeles difundidos estos últimos días – por entregas, como los viejos folletones – por El País han avivado un huracán que ya venía soplando y creando destrozos desde los albores informativos del “caso Gürtel” y todo el negro rosario político-delictivo de los trajes de Francisco Camps y otras peripecias lamentables en el seno del PP.
Rajoy, como acostumbra, tardó más de lo debido y exigible a un jefe de Gobierno en dirigirse a los ciudadanos para responder a las muy graves acusaciones que, en el seno del “caso Bárcenas”, se desprenden de los papeles de El País. Lo hizo sin elegancia y sin grandeza, dos carencias graves en quien tiene la responsabilidad del futuro de España en un momento especialmente difícil y comprometido. Como he leído estos días en un calendario de sobremesa – ¡quedan! – y lamento no recordar su autor, “El honor es la conciencia externa y la conciencia, el honor interno”.
Es incluso posible que, en todo o en parte, esos papeles no se correspondan totalmente con la verdad, pero es incuestionable que casan con hechos ciertos y conocidos y no desentonan con el ambiente de secretismo y misterio típico de nuestros partidos, en este caso el PP. En cualquier caso, ponen sobre la mesa la existencia de sobresueldos y corruptelas que, cuando menos, exigen una más rotunda y menos altiva respuesta de Rajoy, el hombre que dice que sabe ganarse la vida… dentro del Estado, naturalmente. Estaría por verle en la refriega del mercado, sin exclusivas, territorios propios, clientes cautivos y demás incomodidades de la competencia.
El discurso de Rajoy, magnífico en la forma y hueco en su contenido, de este pasado sábado no aclara nada de cuanto está sobre la mesa. No solo no nombró a Luis Bárcenas, contra quien tampoco anunció querella alguna, sino que sobrevoló con un barato “es falso” sobre los sobresueldos y bicocas que señalan los papeles.
Esto, como iniciaba en el inicio de estas reflexiones, ya no tiene remedio. Se acabó la Transición y habrá que abordar – ya veremos quiénes lo hacen – un periodo constituyente que cambie la Constitución en cuanto se precisa, establezca nuevas normas que radicalicen la separación entre los Poderes del Estado y erradiquen la promiscuidad vigente, con un sistema electoral que impida la partitocracia. Lo demás vendrá por añadidura.
Aún no teniendo remedio, y sabiendo que las grandes transformaciones requieren tiempo, a la situación actual le cabe una prorroga. Está en manos del propio Rajoy que, después de actuar contra Bárcenas, debiera tomar la cimitarra de las grandes depuraciones y limpiar a fondo su propia casa. En caso contrario, debiera dimitir como, con risible oportunismo, le pide Alfredo Pérez Rubalcaba.

Pablo Sebastián
José Oneto
Fernando Glez. Urbaneja
José Luis Manzanares
José Javaloyes
Primo González
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
Julián García Candau
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