Al estado de la Nación no hay por donde cogerlo. La escalofriante retahíla de chapuzas que enfangan la vida pública, algunas puede que incluso algo exacerbadas pero todas ellas con un sustrato que asusta, apenas deja ver alguna luz de esperanza. La economía, que parecía empezaba a dar señales de resurrección, tampoco se ha portado bien en las últimas horas: el Ibex ha registrado su peor registro de los últimos meses, el primer banco del país presenta una caída espectacular de sus beneficios, la construcción de viviendas se sitúa en su nivel más bajo desde hace varios lustros, en Iberia han roto las interminables negociaciones y se avecinan tiempos difíciles por no decir imposibles en la antigua compañía de bandera,… Material interminable para que el mismísimo Charles Dickens, nacido hará 201 años el próximo día 7 del recién inaugurado febrero, hilvanara una de sus novelas por capítulos que hicieron las delicias de los lectores de periódicos de aquella época, cuando las grandes obras de los genios de la literatura solían publicarse por entregas en los diarios.
Enero prometía algo de esperanza pero ni la prima de riesgo se ha avenido a mostrarse benevolente, ya que los tipos a largo plazo nos devuelven a la cruda realidad de un país que es poco de fiar en la escena internacional. Tras lo de estos días, el aprecio mundial por España posiblemente vuelva a resentirse de forma cruel. Los tipos a largo ya han rebasado la cota del 5% hace bastantes días y merodean el 5,3%, un indicador de confianza internacional más bien escasa en nuestras posibilidades para afrontar la devolución de la deuda tanto privada como pública.
Algunas pinceladas aisladas casi han pasado desapercibidas, como que el Ibex 35 ya tiene una mujer al frente de una gran empresa, hija de Esther Koplowitz y de Alberto Alcocer, quien llega al cargo por razones familiares (su apellido tiene el control accionarial de la sociedad, aunque cotiza en la Bolsa y cuenta con varios miles de sufridos accionistas) pero con un desafío no pequeño, sacar a flote una compañía constructora, FCC, que posiblemente está peor que el país, que ya es decir. FCC creció con la burbuja inmobiliaria, con la construcción civil y con los contratos de servicios en las Administraciones públicas, tres de los negocios posiblemente más castigados en esta crisis económica, ya que no se venden pisos, no se hacen obras públicas y los entes municipales que convocan las contratas están en ruina, no tienen ni un euro y encima pagan mal y tarde. La tarea de sacar a flote a algunas de las empresas de este sector multidisciplinar no es cosa de gente floja.
Varias compañías de este triple segmento se las ingeniaron en estos últimos años para diversificarse a tiempo, tanto en el exterior como en nuevos negocios, el de las energías renovables sobre todo. Les va regular y a alguna de ellas incluso les va aceptablemente bien, aunque no para tirar cohetes. FCC, en cambio, no lo ha sabido hacer a tiempo o simplemente no lo ha sabido hacer y ahora sobrevive con una deuda indescifrable y un elenco de filiales en el que predominan los quebrantos. Se puede llegar a la presidencia de una empresa en momentos difíciles, pero en esta ocasión el asunto es para nota y casi requiere el milagro. En la economía y en el mundo de la empresa, sin embargo, los milagros no abundan.
Estamos, pues, en un oscuro túnel cuya salida no ve a corto plazo casi nadie. Ayer sólo Emilio Botín se atrevió a lanzar un deseo más que un pronóstico y habló de cambio de ciclo más o menos inminente para España. Nuestro banquero más internacional suele tener buen olfato, además de información y bastantes ganas de quedar bien. A ver si acierta.