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China tercer milenio. El dragón omnipotente (II)

Ramón Tamames

Publicado el 30-01-2013

El pasado viernes 25, publicamos en esta sección “Universo infinito”, de República.com, la primera entrega del artículo “China tercer milenio. El dragón omnipotente”. Un texto en el que se incluyeron tres secciones: 1. Recuerdos chinos de niñez y juventud, 2. Un libro detrás de otro y 3. Desde el Celeste Imperio a las asignaturas pendientes.

Hoy volvemos sobre el mismo tema genérico con los apartados siguientes: 4. La senda del dragón a la omnipotencia: relaciones con EE.UU. 5. ChinUSA/Chimérica/G-2. Lo que constituye, según podrá verse -tras haber expuesto en la primera entrega la trama-, el nudo de la cuestión, para proceder en la tercera entrega a lo que podríamos llamar el desenlace, por seguir la terminología de tiempos pasados sobre las necesarias tres partes de cualquier drama.

4. La senda del dragón a la omnipotencia: relaciones con EE.UU.

En toda una serie de pasajes, iremos calibrando las potencialidades chinas en el complejo mundo de las relaciones internacionales. Empezando por recordar que en el calendario chino, 2012 fue el Año del Dragón, comenzando el 23 de enero, para finalizar el 9 de febrero de 2013: un lapso que comportó nuevas experiencias y oportunidades, cambios de todo orden, y desastres naturales, que para ser abordados exigirán una larga narración, en la que ahora no vamos a entrar.

En 2013, nos adentramos en una fase histórica en la que no dejarán de producirse alteraciones políticas importantes en China, sobre todo por los efectos de la pugna soterrada entre el dragón Han y al águila estadounidense, ya en un serio enfrentamiento por la hegemonía.

Una pugna que viene de lejos y que hasta ahora se desarrolló de manera pacífica, desde la reconciliación de los dos gigantes en 1972 con la visita de Nixon a Mao. Pero en el momento presente, muchas cosas podrían cambiar por la nueva correlación de fuerzas, con una China recrecida y unos EE.UU. en cierto estancamiento. Lo cual complica cualquier posible acuerdo global.

Esa pugna por la hegemonía, tiene vigencia en muy distintos campos, empezando por el financiero, cuando el Banco Nacional del Pueblo de Pekín se ha convertido en el tesorero de EE.UU.; “¿Cómo voy a hablar mal de China si es nuestro banquero?”, que dijo Bill Clinton en cierta ocasión.

Pero las cosas no están igual de brillantes, que en tiempos de la presidencia de Clinton. En medio de la crisis económica global que se inició en 2007, la República Popular teme por sus ingentes inversiones en dólares, al tiempo que denuncia el dominio planetario que ejerce EE.UU. desde su señoriaje del billete verde1; que está derivando, a tomas de posición desde Pekín, con apoyo de los demás BRICs, a favor de una moneda global que sustituya la de EE.UU. como patrón internacional. Aún con voz respetuosa y de bajo tono, pero que irá ganando en fuerza política y volumen.

En segundo término, la competición entre China y EE.UU. se hace cada vez más relevante en el área Asia/Pacífico; un océano que durante la segunda mitad del siglo XX era el indiscutido lago americano -como fue, de otra manera, el lago español de Tordesillas durante los siglos XVI y XVII-, por aquello de que “quien quiera mandar en el mundo, tiene que controlar el Pacífico”, (Lee Kwan Yew, padre fundador de Singapur, dixit).

En el sentido que apuntamos, la flota de guerra de la República Popular no deja de crecer, con presencia que se hace más visible día a día, en lo que antes eran dominios absolutos de EE.UU. en el Pacífico y el Índico. Con la inevitable respuesta estratégica de Washington DC a esos retos, para fortalecer sus lazos de cualquier clase con Japón, Corea del Sur, Taiwan, Filipinas, Tailandia, India… e incluso el destruido Vietnam de aquella guerra indecente entre 1964 y 1975 que EE.UU. llevó al Sudeste asiático. Lo que significa, ahora, algo tan importante como que en la pugna entre el dragón y el águila, esta última tendrá aliados muy considerables.

Una tercera faceta de la carrera EE.UU./China estriba en el área tecnológica, en la cual los Han están aumentando su capacidad a ojos vista, por el número siempre al alza de ingenieros en actividades industriales innovadoras, inventiva militar, con nuevos portaaviones (tipo catamarán y dimensiones hasta ahora no conocidas), aviones indetectables por radar, misiles de precisión pasmosa, etc.

A todo lo anterior, se une una nueva muestra de poder: la exploración espacial en la que ya se predice que para 2020 China tendrá una base lunar; amén de sondas espaciales a puntos cada vez más lejanos del universo, etc. Así las cosas, mientras, la NASA languidece en sus proyectos por falta de recursos, los tayconautas chinos avanzan más y más en el espacio exterior.

En fin de cuentas, lo que está en juego es la supremacía de EE.UU., imperante a escala mundial desde 1918, tras la primera Gran Guerra; y fortalecida al máximo a partir de 1945 después de la Segunda Guerra Mundial. En un proceso que una vez desmantelada la URSS en 1991, China es la única superpotencia que puede discutir su status a la Unión norteamericana; con sus ya destacadas capacidades demográfica y productivas, mucho mayores que las de la antigua Unión Soviética.

5. ChinUSA/Chimérica/G-2

Así las cosas, la nueva relación entre las dos superpotencias mundiales presenta el hecho histórico diferencial de que si en tiempos de tensión Este-Oeste, durante la guerra fría, las relaciones económicas entre los dos superpoderes de entonces (EE.UU. y la URSS) eran prácticamente nulas, hoy alcanzan la más alta intensidad, pudiendo hablarse de una auténtica simbiosis: Chin-USA, o Chimérica. Con el significado de que EE.UU. no podría funcionar sin China, mientras que la República Popular aún se ve muy influenciada por EE.UU. Si bien es una cruda realidad para Washington DC que China ya puede mirar al mundo con mayor confianza en sus propias posibilidades; al disponer de ingentes recursos financieros y tecnológicos y de un comercio en rápida expansión con los demás países asiáticos, Rusia, UE, Iberoamérica, y África.

Con todo ese trasfondo, la gran pregunta es si EE.UU. va a tolerar situarse en la posición de segunda potencia mundial, idea que hoy por hoy no figura en los planes estratégicos del Capitolio y de la Casa Blanca; que todavía pretenden un segundo siglo americano; tras el primero que empezó en 1898 (guerra hispano-norteamericana) y que algunos dieron por terminado en 2001 (destrucción de las torres gemelas de Nueva York, etc.).

La discordia podría ser muy prolongada, pero en cualquier caso, la expectativa de un segundo siglo americano es cada vez menos consistente, por la pujanza de China, que además de estar presente en todos los mercados, va imponiendo su presencia en los organismos internacionales, y se ve respetada, o temida, por doquier; hasta el punto de que las viejas cuestiones de su fuerte déficit en derechos humanos es algo que inquieta a los países occidentales mucho menos que antes.

Pero tan importante como la pregunta de si EE.UU. tolerará o no la alternativa de China como number one, es la idea inversa de si China llegará a tensar al máximo la situación, para efectivamente ascender al número uno del ranking, y si en ese eventual trance ir a más se engendrará el peligro de un conflicto total. Algo a lo que, en principio, se opone el sentido común y las doctrinas de la armonía y el ascenso pacífico de China en sus relaciones internacionales; y del desarrollo científico en el plano interior.

Pero por mucho que el poder ejecutivo de Pekín haya renunciado oficialmente a la guerra como método de conseguir mayor poder -a diferencia de lo que sucedió en Alemania y Japón en el pasado-, y por mucho que la prosperidad del pueblo figure como la meta oficial en las de la jerarquías del PCC, tales manifestaciones no son en general aceptadas como verdadero affidavit de que la transición a una paz perpetua entre China y EE.UU. esté garantizada.

El próximo jueves 7, ya en febrero, se editará la tercera y última parte de este artículo. Hasta entonces, y como siempre, el autor queda a disposición de los lectores en el correo electrónico castecien@bitmailer.net. Saludos cordiales.

 

1El señoriaje se relaciona siempre con el ejercicio de un señorío, potestad o privilegio importantes. Y en el caso que nos ocupa, resulta evidente que EE.UU. disfruta de una situación única. Debido a que su moneda nacional -en cuya regulación y desenvolvimiento no interviene sino Washington DC- le permite una clara prevalencia financiera en el mundo. En otras palabras, el presupuesto estadounidense puede tener fuertes déficit de carácter crónico, sólo porque su endeudamiento se cubre imprimiendo dólares, que son admitidos como medio de pago prácticamente en todas las transacciones a escala mundial. Por ello, EE.UU. puede permitirse bajar impuestos a los más ricos, financiar dos guerras importantes en Irak y Afganistán, no tener apenas ahorro, y consumir desmedidamente. Todo eso significa un fuerte endeudamiento federal y de la propia sociedad norteamericana; pero que no abruma definitivamente a nadie a medio plazo, por la posibilidad que da el señoriaje de ampliar más y más los dólares en circulación en todo el mundo.


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