Nº 1135 -  22 / V / 2013 
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Crónicas liberales

Los corruptores

Manuel Martín Ferrand
 

Hace más de veinte años, Pablo Sebastián, director de esta republica.com y veterano practicante del periodismo independiente, bautizó como “enano corruptor” a un correveidile que ha creado estilo en Madrid. Un señor bajito, discreto, inteligente y procaz, siempre dispuesto a conectar intereses, facilitar la tarea y engrandecer la fama de sus “clientes”. A él se deben docenas de prestigios sin fundamento y negocios prósperos que, con su intervención, aliviaron los indignantes trámites administrativos que, entonces y ahora, impiden el desarrollo de nuevas actividades. No viene al caso el nombre del “enano corruptor”. En Madrid, desde hace un par de siglos, han sido muchos los de su actividad y, posiblemente, no se entiende el madrileñismo sin ese tipo de golfetes, no escasos de gracia y talento, que, sin mucho respeto a la ética, han hecho que las cosas funcionen con más dinamismo.

Evoco la figura del “enano corruptor” porque, ahora que España se ha instalado en la Gran Corrupción, posiblemente el renglón principal del PIB, hemos dejado de hablar de los corruptores. Parece que solo nos inquietan e interesan los corruptos.

La configuración enfermiza de nuestra democracia, en la que la fuerza de los grandes partidos arrolla cualquier iniciativa pública que no parta de ellos, empuja a la corrupción. Incluso la iniciativa privada, siempre sujeta, en lo nacional, autonómico y local, a licencias, cédulas y permisos necesita, en numerosas ocasiones, “engrasar” el mecanismo público para no paralizar su actividad que, además de legal, genera los impuestos que permiten la vida del Estado.

Los partidos políticos relevantes, sin excepciones conocidas, suelen ser parte no menor en el fenómeno de la corrupción. No cito nombres y casos notables de los muchos habidos en nuestra corta historia democrática por no ofender al olvido y no avivar el fuego que, dicho sea de paso, arde en estos momentos en las sedes de las formaciones de mayor postín.

¿Existe la profesión de corruptor? Visto su número, me atrevería a decir que sí, aunque aquí no suelen pagar por sus perversiones. Nos conformamos, como ciudadanos y contribuyentes – suele estar en juego el importe de nuestros impuestos -, en hablar del fenómeno, la corrupción, y señalar a los corrompidos; pero nada de ello sería posible sin su agente principal, el corruptor.

El corruptor verdadero, el gran beneficiario de la corrupción, suele trabajar a través de personas delegadas. Agentes corruptores. Pero el fondo del problema se centra en las grandes corporaciones económicas y financieras que fletan a esos agentes. Son las grandes compañías constructoras que, sobre su capacidad, añaden la “gestión” capaz de mover la voluntad de quienes han de adjudicarles las grandes obras. Son las grandes empresas químicas y farmacéuticas que “propician”, frente a las autoridades del ramo, un mejor trato para sus productos. Son quienes suministran a las administraciones, independientemente de su rango, servicios y productos en condiciones “mejoradas” por su “simpatía” en perjuicio de las propias administraciones y de otros fabricantes y distribuidores con mejor producto y menos “garbo”.

Los corruptores son la base del problema ético y económico que nos aflige. Sin ellos no habría corrupción. Fijarse únicamente en los corrompidos, muchas veces pobres diablos que dan la cara por otros corrompidos de mayor relieve, son ganas de no abordar el problema con la debida resolución.

Algunos, viendo el paisaje, se preguntan: ¿son posibles los partidos políticos con presencia en órganos de poder sin un cierto cupo de corrupción? Creo que en su dimensión actual, agigantada innecesariamente, no lo serían; pero de eso se trata. De erradicar un mal viejo. El Estado tiene mecanismos, y en tiempos pasados los utilizó muchas veces, para aliviar esa carga que no solo debilita nuestra economía, sino que, de paso, corrompe también nuestras ideas, nuestras esperanzas y nuestras conciencias.

Acabar con los corruptores sería motivo para un gran pacto nacional. Más, incluso, que ese liviano y poco enjundioso que, por el empleo, propone Alfredo Pérez Rubalcaba. Es hora de ir acabando con los vicios nacionales que arrastramos a través de los siglos.


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