La corrupción ambiental de España a principios del siglo XXI es de tal calibre que bien podría figurar como blasón en su escudo de armas. Se acabaron los leones rampantes, las águilas imperiales de dos cabezas o el águila de Patmos. Nuestro animal emblemático sería hoy el escarabajo pelotero (scarabaeus laticollis) empujando una bola de excrementos mayor que el propio animalito. Le ha costado al bicho, pero lo ha conseguido. También a nosotros, con nuestro egoísmo, nuestra hipocresía y nuestra negación de la evidencia. Una cosa es la corrupción de pocos o muchos individuos y otra muy distinta la institucionalizada cuidadosamente durante años. El escarabajo pelotero es obra de todos, aunque el mayor mérito corresponda a los dirigentes de determinados colectivos con siglas bien conocidas.
Hemos llegado al extremo de que el corrupto goza de un cierto prestigio y hasta puede servir de ejemplo para la juventud en este valle de lágrimas. Hay un momento en el que la corrupción se pone socialmente de largo. Al corrupto ilustre se le abren las puertas palaciegas, se le rinden honores y se le blinda con la sacrosanta presunción de inocencia. No importa que ese derecho se circunscriba a la imposición de una pena, porque para desorientar al personal están los servicios de prensa y propaganda. La verdad es, sin embargo, que los jueces de la corrupción son los propios ciudadanos. Aquí ni se anulan las pruebas por motivos formales ni se da largas al asunto hasta que dentro de diez o veinte años haya sentencia firme. No toda corrupción es, de otra parte, constitutiva de delito. Basta y sobra con el enriquecimiento a la sombra de la política o de los poderes públicos.
Mal puede funcionar una democracia con listas cerradas a favor de quienes representan al partido y no a sus electores. Y no funcionará en absoluto si, además, quien las hace nunca se entera de los tejemanejes de sus hombres de confianza hasta que lee los periódicos (como afirmó Felipe González a propósito de los GAL) o la podredumbre se descubre por razones ajenas a su voluntad. Ningún partido político debería rasgarse las vestiduras, después de tanta mentira programada y de tantos silencios cómplices, si los ciudadanos sospechan que hay fuego bajo las humaredas que oscurecen el monte.
El asunto Bárcenas ocupa los titulares de actualidad y coloca al PP en el punto de mira de una sociedad indignada, pero la corrupción es transversal y viene de antiguo. Quizá algunos lectores recuerden cómo, hace ya mucho tiempo, hubo un socialista, Alonso Puerta, teniente alcalde del Ayuntamiento de Madrid en 1981, que denunció los chanchullos de su partido con la retirada de basuras y sólo consiguió ser expulsado del PSOE por traidor. La ropa sucia se lava en casa. O, si el jefe quiere, no se lava en ninguna parte. Parece que el escarabajo pelotero se ha detenido a meditar un poco sobre los inconvenientes que tiene su debilidad por los excrementos. Crucemos los dedos para que su reflexión no llegue demasiado tarde. Están a punto de dar las doce, si es que no han sonado ya.