Tantas veces se dice, para aludir a grandes distancias, aquello de “desde aquí a Lima”. Entre otras cosas porque la capital del Virreinato del Perú, del Imperio español, era la ciudad imaginablemente más lejana para los españoles; antes de engrandecerse Buenos Aires en el otro Virreinato de Río de la Plata.
Pero más lejos aún está Santiago de Chile, ciudad fundada en 1541 por el gran Pedro de Valdivia (con su amante Inés Suárez, ya se sabe, la de “Inés del alma mía”, de Isabel Allende), situada en vuelo de reactor a trece horas y media de Madrid a la ida, y a treinta minutos menos a la vuelta; por aquello de los vientos alisios, que empiezan a soplar cuando ya la aeronave superada las costas brasileñas, sigue rumbo a Canarias.
He realizado cuatro viajes a Chile, con el que ahora estoy narrando a los lectores de República.com. El primero fue en 1967, con ocasión de un trabajo que hice para el Instituto de Integración de América Latina (Intal), división del Banco Interamericano de Desarrollo, sobre la República Dominicana y sus relaciones económicas con el resto del Caribe y Centro América. De modo que al terminar mis pesquisas en La Española, para la elaboración final del trabajo, me dirigí a la sede del Intal en Buenos Aires, haciendo escala en Perú y Chile. En el segundo caso con visitas a la Cepal y otros organismos, así como con un recorrido por la esplendida Costa del Valparaíso y Viña del Mar.
Mi segunda visita a Chile fue en 1971, a raíz de la elección del presidente Salvador Allende, en la que fue llamada “operación verdad”. Con la que el nuevo gobierno de la República quiso informar a toda una serie de profesionales, entre ellos economistas, sobre sus proyectos.
En ese segundo periplo, coincidí con muchos amigos de la prensa, y tuvimos ocasión de debatir en distintos foros toda una serie de cuestiones. En las que, esa es la verdad, no nos pusimos de acuerdo por las circunstancias muy problemáticas -y a mi juicio mal analizadas- que entonces se daban en los planteamientos muy radicales de la unidad de la izquierda.
El tercer viaje fue quizá el más interesante y en él estuvimos conjuntamente el arquitecto Ricardo Boffil y un representante de Pegaso del INI, en la idea de desarrollar un plan de vivienda popular, y de contribuir a la expansión de la industria automotriz chilena. Sin embargo, a pesar de numerosas conversaciones con el ministro de Economía y Planificación, Pedro Buskovich; persona de gran talento, y también de no poca ingenuidad política, de modo que al final no pudo desarrollarse ninguno de los dos proyectos. Si bien es cierto que de ese viaje tengo el gran recuerdo de una largan entrevista con el Presidente Salvador Allende, en su residencia privada de Tomás Moro. Donde hablamos de todo lo divino y humano, y donde pude apreciar su gran entusiasmo por España. Luego, en 1973 pasó lo que todos saben: la muerte del Presidente, según las últimas indagaciones, suicidio, en el Palacio de la Moneda, cuando las tropas del sublevado Pinochet entraron en la presidencia.
Este cuarto viaje ha sido mucho más venturoso, con actividades fundamentalmente académicas, en la Universidad de Santiago de Chile. Donde participé en un Congreso sobre Cuestiones Ecológicas, dirigido por Fernando Estenssoro Saavedra. Un joven profesor que cuando sintetiza los temas previamente tratados, lo hace con una vehemencia científica admirable; demostrativa de que siente entusiasmo por los proyectos que defiende, que no son pocos, en su especialización sobre el estudio del poder, relacionada, especialmente con las cuestiones ecológicas más candentes. Todo ello en medio de un elenco de muy distinguidos colegas como los profesores Delehage, Parker, Celeman, Lincoln, Beltrán, etc.
También tuve ocasión de estar en la Universidad Iberoamericana, para un conversatorio (hermosa palabra, lo que nosotros llamamos coloquio), sobre las cuestiones de la Eurozona y los problemas de la deuda soberana que tanto nos afecta por estos pagos. Allí, tuve ocasión de ser presentado por el Rector, mi antiguo discípulo de Doctorado Carlos Pereira.
Dos temas a los que también quiero aludir, mucho más lúdicos. El primero, la feria audiovisual y gastronómica “Openstar”, que organiza una empresa española dirigida por Jaime Cantos. Que supo promover, en la comuna de Vitacura, un área de entretenimiento con capacidad para 5.000 personas con una pantalla gigante de cine, en la que pudimos ver, el día de la inauguración, la primicia de la última versión -estéticamente formidable- de Ana Karenina, de Tolstoi. Donde me llevó la consejera de nuestra Embajada Pilar Ayra, entusiasta de todo lo que pueda representar en Chile lo español y viceversa.
El segundo episodio lúdico, fue un viaje en el que hice de copiloto de Carlos Pereira, a Curicó, en el valle central, unos 200 kilómetros al Sur de Santiago. Allí visitamos los viñedos y la bodega de Miguel Torres, que ha sido para la vitivinicultura del país una especie de bendición caída del cielo.
Por la sencilla razón de que ha sabido disponer de las mejores uvas francesas, también de algunas españolas como la cariñena, con la muy encomiástica labor de mantener cepas de más de 100 años, libres de la filoxera; en las que produce la llamada “uva país”, que introdujeron los primeros conquistadores españoles encabezados por Pedro de Valdivia.
Y como colofón de la estupenda visita a los pagos chilenos de Miguel Torres, las explicaciones de su directora de comunicación Carolina Márquez y su enólogo Leonardo Devoto: dos jóvenes especímenes de la capacidad de emprendimiento y gestión que es frecuente en el país hermano. Y para terminar, un almuerzo en el propio restaurante de Miguel Torres, que habría producido la envidia del mismísimo Ferrán Adriá, con vinos deleitosos, y dos rosados especialmente memorables: “Las Mulas”, y “Santa Digna”.
He vuelto de mi semana chilena como más sosegado, de un ambiente sin prisas, pero también con pocas pausas. De un país que crece rápidamente y que mira a su futuro con confianza. Que también tiene sus problemas, es lógico, como sucede en todas partes. En este caso, los mapuches inquietos, la fuerte desigualdad de ingresos, y también el cambio climático. Pero esos, y muchas otras dificultades que puedan venir, nuestros compatriotas de lengua y de tantas cosas en el lejano Chile, sabrán afrontarlo con decisión y no poca sabiduría, haciendo honor a su lema nacional: “Por la razón o la fuerza”.