Nº 1138 -  25 / V / 2013 
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El replicante

Transparencia y corrupción

Luis de Velasco
 

“El mejor desinfectante es la luz del sol”, frase legendaria de Louis Brandeis, juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos en la primera mitad del siglo pasado. Una frase muchas veces repetida, muchas menos veces aplicada. La luz del sol, la transparencia es imprescindible en una sociedad que quiera de verdad hacer realidad la rendición de cuentas de todo responsable político o público y que quiera luchar contra la plaga de la corrupción.

Estos dos conceptos están plenamente de actualidad en nuestro país y forman parte de la crisis no sólo económica sino integral que enfrentamos. ¿Cuántas veces hemos oído eso de “asumo mi responsabilidad” por tal o cual decisión errónea sin que no pase nada a continuación? Es bien sabido que aquí no dimite nadie. ¿Cuántas veces estamos viendo, cada vez más frecuentemente, que indicios racionales, aplastantes de corrupción son negados por los interesados, amparados por sus compañeros y ocultados o minimizados por medios de comunicación afines?

La plaga de la corrupción, que reviste diversas formas, desde poner el cazo hasta llenar los organismos públicos de parientes, amigos o compadres, es ya la tercera preocupación de los españoles y con tendencia al alza a pesar de que reconocen que los corruptos son una minoría pero su efecto es catastrófico en la confianza social en sus dirigentes y en la propia democracia.

Para enfrentar esta lacra lo primero es voluntad de enfrentarla y cuanto antes, mejor. A partir de ahí cabe apuntar, sin ánimo exhaustivo, varias condiciones necesarias aunque seguramente no suficientes.

Primero, transparencia y más transparencia, algo difícil en una sociedad como la española reacia a la misma tanto en lo público como en lo privado (véase por ejemplo la escasa o nula información que sobre retribuciones de sus directivos dan las sociedades del Ibex). El proyecto de ley que está preparando el Gobierno, en lo que se conoce, presenta clamorosos vacíos e insuficiencias que, en el fondo, revelan la resistencia al tema.

Segundo, tres frentes en la lucha contra los corruptos. Uno, los partidos deben ser los primeros en actuar contra ellos cuando haya indicios racionales y sin esperar la vía judicial. Dos, los ciudadanos no deben votar a políticos corruptos ni a los partidos que los lleven en sus listas. Esto es muy importante y ahí los ciudadanos deben ser conscientes de que ellos forman parte de esta lucha y que no son meros espectadores quejicas. Tres, una administración de justicia rápida y justa, nada menos que eso. Si repasamos estos tres requisitos vemos que hoy ninguno de ellos se cumple y esto explica el desastre actual.

La opinión pública sitúa y responsabiliza la corrupción en eso que se llama la clase política o, más despectivamente, la casta política. Generalizar, meter a todos los políticos en el mismo saco es injusto aunque comprensible. Hay que añadir que esas acciones de determinados políticos no serían posibles sin la colaboración, por acción o por omisión, de medios de comunicación y de poderes económicos. Toda una “entente cordiale”. Por eso, vencer a esta plaga, eliminar esta costra (como acertadamente se la ha calificado), es un combate largo y muy difícil. Pero necesario si queremos preservar y mejorar nuestra deteriorada democracia.

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