Nº 1164 -  20 / VI / 2013 
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OPINIÓN

Melancolía

Javier Pérez Pellón
 

La melancolía, según los diccionarios, es un sentimiento que provoca una tristeza constante. El significado del nombre va desde el simple estado de ánimo a una forma que puede degenerar en depresión, una de las enfermedades más de moda y, por lo visto agobiante, en el mundo superindustrializado de la mitad del siglo XX hasta ahora mismo, en el casi recién estrenado siglo XXI.

Esta palabra, de mil misteriosas y cabalísticas interpretaciones, deriva del latín “melancholia” que, a su vez, tiene su origen en el griego “mélas” (negro) y “cholé” (bilis) uno de los cuatro humores de cuya combinación dependen, según las escuelas de medicina griega y romana, el carácter y los estados de ánimo de las personas.

Los antiguos griegos, desde Hipócrates en adelante, estaban convencidos que los caracteres humanos, y por ende su comportamiento, eran el fruto de la combinación de los cuatro humores base o sea, “la bilis negra” o “atrabilis”, “la bilis amarilla”, “la flema” y, finalmente “la sangre” (el humor rojo). Estos humores, es decir, líquidos (en griego “ygrós”, húmedo, mojado) según las creencias de la Grecia clásica, significan “estados de ánimo” y de ellos derivan, etimológicamente, el “carácter me lacónico”, el “flemático”, el “sanguíneo” y, finalmente, el “colérico”. De por sí cada uno de los cuatro humores no configuran una enfermedad, pero un desequilibrio entre ellos podría degenerar en una causa de muerte.

En esta antigüedad griega el significado de “humor negro” no era el mismo que en el lenguaje moderno de expresión de rabia o de ira, sino de “dulce olvido”, una ligera sensación de tristeza que invadía el carácter transformándolo en un profundo sentimiento orientado hacia la paz y la introspección. Aún hoy reconocemos a los artistas como estereotipos de un carácter sustancialmente melancólico capaz de recoger aspectos de la vida que no están presentes en otros sujetos más audaces o impetuosos.

El carácter melancólico tenía mucho que ver con el clima frío y seco, el otoño, y su elemento era la tierra. Así, por ejemplo, los pueblos de origen indoeuropeo relacionaban a los “cuatro humores” con los ciclos de todo lo creado, como el alternar de las cuatro estaciones del año. Las doctrinas de la medicina hipocrática han perdurado en Europa hasta ya entrado el siglo XIX, mientras que la “modernidad” de su concepto la podemos encontrar en los ensayos de Sigmund Freud, relacionando, aunque no siempre, la melancolía con el duelo, el luto y en los de Carl Gustav Jung sobre los caracteres y los temperamentos, aparecidos y publicados, todos ellos, en los primeros años del siglo XX.

La melancolía es una especie de tristeza de fondo que, frecuentemente, aparece sin que uno se de cuenta de su llegada y que conduce al sujeto que la “sufre” a vivir pasivamente, sin tomar iniciativas contra ella o bien porque piensa que es mejor adaptarse a los acontecimientos externos que giran a su alrededor, con la convicción que no tienen nada que ver con él o, en caso contrario no puede tener un papel determinante en su quehacer cotidiano.

Yo también creo que la melancolía, para cuantos cruzamos las fronteras de una cierta edad, tiene algo de indefectiblemente nostálgico de tratar de dar marcha atrás, por los caminos de la memoria, hacia el tiempo pasado y ante la imposibilidad metafísica de devolverle al presente, nos esforzamos en recuperarle a través del recuerdo, escuchando una música que relacionamos con una persona con la que pasamos momentos felices, o con los desengaños de un amor perdido o frustrado o leyendo un libro que teníamos olvidado en las alacenas de nuestra librería o volviendo a ver un film del cine clásico, aquel que después de hora y media de éxtasis salíamos perdidamente enamorados del rostro y del cuerpo de su protagonista femenina. La melancolía es memoria encendida de antiguos y pasados sentimientos, muchos de ellos relacionados con la muerte o con la felicidad que, sin darnos cuenta que la poseíamos, se nos escapó, silenciosamente, de nuestras manos. La muerte de nuestros parientes más íntimos, padres y hermanos y de esos amigos de nuestros años escolares, la edad de la esperanza en su ansia de crecer, quizás, también sin saberlo “los mejores años de nuestra vida”, y la desaparición de otros cuantos, ellos y ellas, de nuestra adolescencia y juventud dorada, cuando estábamos dispuestos a comernos el mundo ¡Maldita sea! ¡Siempre recordando! ¡La nostalgia! ¡La melancolía! Ya no estamos en el clima frío y seco del otoño, como pensaba la civilización de origen indoeuropeo, sino en ese que le sigue más desolador e irreversible cual es el invierno.

De nostalgia o de melancolía me llenan mis lecturas de los años 50, en plena efervescencia de una juventud apenas estrenada, en un Madrid aún lamiéndose las heridas de la Guerra Civil. Y de entre aquellas las obras de Gregorio Marañón, de las que tanto aprendí y a cuya lectura debo mucho de mi formación espiritual y de mi españolismo liberal, el social y el político. Yo creo que la juventud de mi generación se volcó en las obras de Marañón y lo digo porque de ellas discutíamos en las tertulias. Gregorio Marañón ha sido uno de los ingenios, junto a Unamuno, Ortega y Gasset, Antonio Machado, Lorca, Pérez de Ayala, Menéndez Pidal… y artistas como Picasso, Dalí, Miró, Vázquez Díaz…que hicieron grande, en todo el universo mundo, el nombre de España sin especificar región, provincia o municipio en cuyos anágrafes se inscribieron sus nombres el día de su nacimiento: eran españoles y basta, el orgullo de una identidad patria y nacional.

Yo no sé si muchos de los, pacientes que hoy entran en el dolor de los hospitales, donde Gregorio Marañón explicó sus lecciones de humanidad, la medicina formaba parte del enciclopédico saber humanístico de su privilegiado intelecto, y dónde, también, alivió o curó el sufrimiento, habrán leído alguna obra del médico a cuya memoria está dedicado dicho centro sanitario.

Por mi parte, y causante de ello puede ser el gozo nostálgico o melancólico de volver a las lecturas de mi juventud, hace algún tiempo que repaso los libros, en ediciones, muchas de ellas populares de la colección Austral pero, después, cuidadosamente encuadernados en piel azul oscura y no pasa día que no dedique un buen rato a la lectura de alguna obra de Gregorio Marañón. Y juro que se me aparece como nueva, porque descubro cosas inéditas que me procuran regeneradas emociones, a pesar de que tengo muchos párrafos de sus capítulos subrayados con lápiz rojo. Siempre leo teniendo en la mano izquierda el libro y en la derecha un lapicero rojo-azul.

Y mientras redacto estas líneas tengo abierto “Ensayos liberales”, editado en España en 1946 y comprado por mí en julio de 1953. Y me he parado en el capítulo titulado “El deber de las edades”. Resumiendo dice así:

“Tal vez en otras épocas de la historia haya tenido el tema de la edad la misma magnitud que tiene entre las preocupaciones de nuestro tiempo….hoy el problema de la edad está mezclado de una manera aguda en todos los problemas que agitan a los hombres. Se habla constantemente de lo que “los viejos”, como si algo tan postizo y perecedero como la edad pudiera servir de base para dirigir la acción de los seres humanos y agruparlos en categorías. Se habla de pueblos jóvenes y de pueblos viejos, y sobre esta arbitraria división se explican y se disculpan los progresos o desafueros de las naciones.

Pero en esta preocupación tendemos todos a consignar a cada edad una serie de derechos. El joven, por serlo, supone que puede ser arbitrario, irrespetuoso e injusto. El hombre maduro, que el goce del éxito le corresponde por ley natural. El viejo, que han de respetarle todos, nada más porque ostenta las barbas plateadas. Y es lo cierto que todos estos derechos de la edad serán legítimos cuando entendamos, a la par, que cada edad nos impone también deberes ineludibles y estrictos. Cada edad tiene un deber, como la tiene cada sexo, como la tiene el ser padre o hijo o haber nacido a un lado o a otro de una frontera…..”. Y después de haber pasado, en un santiamén, por las etapas vitales de la infancia, juventud y madurez, llegamos a la vejez que es “la época de la vida que nos ha dejado más comentarios de gentes que pasaron por ella y se dieron cuenta que el ser ancianos es algo más que tener la cabeza cana y añorar el verdor desaparecido. Desde los filósofos remotos sabemos que los viejos que han sabido buscar el sentido a su edad lo han encontrado en esta sola palabra: adaptación. Ya Galeno decía que la tristeza del anciano depende de desear lo que no puede conseguir; y nada se ha podido añadir a esta verdad del padre inmortal de la Medicina….el viejo tiene que vivir entre jóvenes, entre gentes en pleno vigor, indelicadas y audaces, cuya vitalidad impetuosa proyecta la inferioridad del hombre que declina sobre la pantalla cada vez más cerca de la muerte. Y para no ser arrollados sólo le queda un medio: adaptarse; esto es: saber ser viejos, querer serlo, y no jóvenes ni maduros…Mientras la humanidad exista no variará esta receta estoica de la adaptación… La naturaleza lo dispone todo en el organismo del anciano para que esta fase terminal sea una mansa derivación hacia el tránsito definitivo”. Existe como una especie de ineluctable desgaste de los resortes orgánicos, una limitación de las funciones vegetativas y motoras que el anciano debe conocer para adaptarse a sus consecuencias irreversibles. “Y así, cuando el morir no está perturbado por las últimas intervenciones oficiosas de la humanidad; cuando el hombre da con sencillez y seriedad su último paso sobre la tierra, cuando muere sin que nadie le moleste, como esos pobres que los médicos vemos morir en el hospital, entonces la Muerte no tiene un rostro trágico ni una guadaña por emblema, sino una sonrisa de paz y un gesto de reposo infinito”.

Y, sin embargo, seguimos rebelándonos a las leyes inexorables del destino, aunque el pasado se alargue cada vez más con la consecuencia natural de abreviar el futuro.

De estas cosas hablaba, tan sólo hace unos días, con la que puedo llamar una íntima amiga mía, aunque en mis años romanos la haya frecuentado poco, a la inversa de mis años madrileños, cuando nos veíamos casi a diario. Se trata de esa magnifica, extraordinaria actriz, teatro, cine y televisión, María Cuadra, hoy retirada de la que fuera su profesión durante tantos años. Todavía la recuerdo, casi una chiquilla, no más de diez y siete o diez y ocho años, ocupando encantadoramente la escena del “Teatro de la Comedia”, durante toda la temporada de 1958, a llenos diarios, junto a un Alberto Closas formidable, en la plenitud de su arte interpretativo, en la comedia “Buenas noches Bettina”, la pieza teatral italiana de Pietro Garinei y Sandro Giovannini. Dos de sus hijos, Natacha y Nicola, coincidieron con los míos, siendo todos unos chiquillos, en la Escuela Italiana de la Plaza San Juan de la Cruz de Madrid. Su marido, Eduardo de Santis, actor y productor de cine italiano, colaboró algún tiempo en la TVE, cuando yo era responsable de las Relaciones Internacionales de la TVE del Paseo de la Habana y más tarde de los Programas Filmados en el entonces recién inaugurado caserón de Prado del Rey.

Cuando se me encargó de poner en marcha, como productor ejecutivo, la realización de una serie televisiva dedicada a la Zarzuela, convencí a Juan de Orduña, director de la misma, para que María Cuadra, a la que el cine español tenía un poco olvidada después de haber rodado en Italia unas cuantas películas dirigidas por los más ilustres “registi” de la época, entre ellos Vittorio De Sica, protagonizara el papel femenino de “La Canción del Olvido”. Acerté plenamente porque esa zarzuela fue la que conquistó más premios de toda la serie, nacionales e internacionales, y María tuvo el honor de ser considerada la mejor actriz de aquella empresa televisiva y cinematográfica, aparte de los premios que recibió por su interpretación. Aún hoy, excesivamente generosa, como ha sido siempre, reconoce, agradecida, mi elección.

Me llamó el otro día para decirme que cierra su casa en Madrid, en el Paseo de la Castellana, para afincarse, definitivamente, en Milán, donde reside Antonella, guapísima muchacha y la más joven de sus hijos, casada ¡cómo no! con un empresario italiano. Y añadió que quería llegar a tiempo para dar su último adiós a nuestro amigo común Enrique Meneses que se nos fue, silenciosamente, el pasado día 6 de este mes de enero del 2013.

Cuando a finales del 1973 el entonces Director General de la RADIO-TELEVISION ESPAÑOLA, Juan José Rosón me encargó la preparación de un programa semanal informativo, de la cual yo sería director y enviado especial, y que sustituyera al ya decantado y famoso “A Toda Plana” que, por un breve período, también realicé y dirigí, comencé a pensar en el equipo que más prestigio y consistencia pudiera dar lustre a este nasciturus televisivo. Naturalmente al primero que llamé fue a Miguel de la Cuadra. Sería impensable realizar un espacio informativo de fuste sin contar con el ejemplar más completo, con mayor preparación y conocimientos del “terreno”, con alguien que “rompía la pantalla” apenas aparecía en uno de sus inolvidables reportajes ¡Hola Miguelón! Tú sabes muy bien que has sido el mejor, que todavía no ha nacido quien te pueda quitar el cetro. Si Miguel de la Cuadra hubiera nacido en Los Estados Unidos, tendría ya en su colección de premios, al menos cuatro o cinco “Pulitzer”. Tuvo la desgracia de caer por estos lares y en una profesión, sobre todo la periodística- televisiva, que tan bien he conocido, donde abundan las envidias, las insidias, los amiguismos, las injusticias y los compromisos ¡Si lo sabremos tú y yo! Qué tuvo que llegar “la Dama de las bragas de oro”, o sea, Doña Pilar Miró, para que a ambos y, a mí incluso por teletipo, nos diera el “bien servido.

Llamé también a Manolo Alcalá, el “más zurcido y entendedor de peronismo que he conocido en mi vida, fue amigo del General argentino, llamé también a Enrique Meneses, al que conocía desde hacía algún tiempo y sabía de su trayectoria internacional como fotógrafo y periodista. Yo era, lo sigo siendo, muy poco bebedor, el licor ni lo pruebo, pero Enrique me enseñó a saborear el buen “whiskey”. A principios del 1974 llegó a la Dirección de Informativos, el ínclito Juan Luis Cebrián, el “capricho mimado por su mentor Fraga Iribarne” y los choques con Meneses y conmigo fueron frecuentes. Cebrián me impuso a los suyos. Duró poco. Entró en la TVE sin saber nada de televisión, cuando se marchó yo creo que hasta olvidó lo poquísimo que había aprendido. Me ha dado por leer en Wikipedia su curriculum oficial ¡Qué barbaridad! Afirma que a los diez y nueve años ya tenía dos licenciaturas universitarias en el bolsillo. Y no he seguido leyendo, hasta ha superado en trolas curruculeras a Elena Valenciano, la cutre n°2 de los sociatas y antigua telefonista de la sede, en la Calle Ferraz, del PSOE, ¿Diga? ¿Quién llama? Son las tres únicas palabras que ha pronunciado correctamente, hasta ahora, en su ya larga trayectoria política. Pues igual, salvando las distancias, con Juan Luis Cebrián. No dudo que ha sido, o lo es todavía un gran empresario, sobre todo para sí mismo, viendo como él se ha enriquecido dejando en cueros vivos, con miles de millones de euros de deuda, según me entero por los papeles, a la empresa que representa. Supe hace tiempo que le habían hecho Académico de la Real Academia de la Lengua. Ignoro en base a qué méritos lingüísticos o literarios le han elegido para ocupar un sillón en tan prestigiosísimo centro. Ni escribe bien, ni creo que haya aprendido mucho desde entonces. Sólo se las apaña.

“Javier, – me dice María Cuadra – , qué estamos en primera fila”. Y juntos hacemos un repaso del fatídico 2012 y de los amigos comunes que cayeron hacia el otro lado de la barricada. Juan Luis Galiardo, 22 de junio del 2012, el “Mastroianni español”, le llamaba. Teníamos el mismo peluquero que, a su vez lo era también de “El Cordobés”. La peluquería estaba en la Calle Carretas y compartíamos la sauna con Alfredo Mayo. Dos generaciones de galanes del cine español frente a frente y en pelota picada, entre los vapores que humedecían las nobles maderas finlandesas. El grande, grandísimo, Gustavo Pérez Puig, el realizador por antonomasia de la TVE, de los dorados años 60. Me unió una gran amistad con él. Incluso colaboramos juntos en algún programa. El director teatral preferido por Jardiel Poncela y Miguel Mihura. Sólo por el empeño de Gustavo arrancó del olvido “Tres sombreros de copa”, escrita por Mihura en 1932 y jamás estrenada. Ningún empresario teatral la quiso, entonces, llevarla al escenario. Pérez Puig lo consiguió en 1952, y la representó en una sola sesión siendo Director del TEU, el Teatro Español Universitario, dependiente del SEU. Más tarde sería un éxito clamoroso. “Gustavo, le decía, que tú eres del Atlético de Madrid se dice que sus socios son rojos, deberías ser del Real Madrid, como yo, que el es el club de los señoritos”. Y se reía mientras me contestaba: “Pues ya ves, estoy convenciendo a Adolfo Suárez para que se haga socio del Atlético”. “A mí lo que me gusta es el teatro, pero más la televisión. Y viendo los tiempos como van lo mejor, en política, es declararse camisa vieja del último que llega. Así me dejan en paz”. Se nos fue también Sancho Gracia herido de un cáncer de pulmón, el 8 de agosto del 2012. A mí me da que fumabas mucho. La última vez que te vi fue en Santander. Tú y Pérez Puig y otros cuantos estabais allí, en el Hotel Real, con ocasión de no recuerdo qué premio de teatro. Y nos pusimos a hablar y me contaste de cuando mozalbete inexperto entraste a formar parte de la Compañía de Margarita Xirgu, allá en las Américas, Uruguay y Argentina. Con esa preparación ya se puede. Eras un guaperas un poco chulesco, tu prestancia física te lo permitía, pero eras, de verdad te lo digo, un hombre de bien. Sólo que tenías que reflejar en la vida lo que representabas en la tele. Por discreción nunca me contaste cuántas gachis, hechas y derechas y tiernas adolescentes se enamoraron del “camionero” y del bandolero “Curro Jiménez”. La última de “la lista”, que yo sepa ha sido la americana Patty Shepard. Hija de un oficial norteamericano destacado en Torrejón de Ardoz, Patty, bella, chatilla, dulce y simpática, la conocí, como a tantos otros en los pasillos, en algún despacho o en la cafetería de Prado del Rey. Vino a España y ya no se movió de Madrid. Se dedicó al cine, aunque su belleza fuera desperdiciada en films españoles de poca categoría. Lo suyo fue la publicidad ¿Quién no recuerda lo de “Redondo es el placer…”, sosteniendo entre sus brazos una invitante botella “Fundador”? En el pasado 3 de enero del 2013, a los 68 años de edad, nos la arrebató de la vida un maldito y fulminante infarto.

“Qué estamos en primera fila Javier”. “Qué ya lo sé María, aunque, por ahora no me pienso levantar. Igualito qué cuándo, acompañados de mis amigos del alma, allá a principios del 1950, y con una entrada de “clack” en la mano, precio dos pesetas, no había quién nos despegara de la primera fila del patio de butacas del Teatro Martín, para contemplar de cerca, las redondeadas pantorrillas y las rollizas musladas de las coristas que acompañaban la música de “Cinco minutos en la vida valen lo que una eternidad, tralará, tralará.” O las de “La blanca doble”.

No pretendo ser “melancólico”, como los artistas, ni tampoco “colérico”. Quizás sea una mezcla entre “flemático” y “sanguíneo”, la que me hace convivir con mi permanente “melancolía”. Pero no me rindo. Estoy preparando un par de libros, luego iré en busca del editor. Por eso trabajo todos lo días y me aúpo cabalgando sobre la grupa del optimismo. Con moderación rindo, diariamente, homenaje de pleitesía a Ceres y a Baco, con los alimentos terrestres que Madre Naturaleza ha puesto en manos de la Esperanza.

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