A don José de Espronceda, el más grande de nuestros poetas románticos y, quizás por ello, el más olvidado de todos, le gustaba ver el cielo “con negros nubarrones / y oír los aquilones / horrísonos bramar”. Hoy se lo pasaría bomba. España es un país de bobos y, como mandan los cánones cuando es esa la fauna dominante, se impone el liderazgo, no sólo político, de los pazguatos.
El diario El País, santo y seña de lo políticamente correcto, acaba de publicar uno de los sondeos de Metroscopia que acostumbra. Es un trabajo relevante por cuanto tiene de orientativo para el conocimiento de la situación. Se destaca en él que “el 96 % de los españoles cree que la corrupción política es muy alta”. ¿Querrá eso decir que el 4% restante no se entera de nada?
La corrupción, especialmente en cuanto se refiere al uso de los fondos públicos, es la esencia misma de lo español. Ahí está la Historia para que lo compruebe quien quiera. Incluso la grandeza del Estado alcanza su máxima dimensión en episodios, tan golfos como altaneros, como “las cuentas del Gran Capitan”. La síntesis de un poder que se ejerce sin la debida dignidad y de una fuerza que antepone el éxito al merito ético de su consecución.
Cuando 96 de cada 100 españoles confiesan su pesadumbre por la “muy alta” corrupción imperante, ¿Qué cabe hacer? Es una corrupción esencial que se sostiene sobre muchos siglos de penuria profunda y arranca de la generalizada falta de respeto a los demás. Cuando un padre de familia, de los que se llevan, distrae unos pocos bolígrafos de su oficina para llevarlos a casa y proporcionarles una alegría a sus hijos, se entiende el gesto como “simpático”. Es un buen padre el que atiende a su prole y no pierde ocasión de beneficiarla…
El pequeño beneficiado por el material de oficina sustraído por su amantísimo padre termina, incluso con esfuerzo, por alcanzar la inteligencia debida y, ya crecidito, no cumplir con eficacia las exigencias de su contrato de trabajo, organizar alguna pequeña estafa en la empresa que le da de comer, calificar de un modo más provechoso un terreno edificable en el área de su Ayuntamiento y así, suma y sigue, hasta no dejar un palmo sin esquilmar en todo el territorio nacional.
Como aquí, siempre distantes del esfuerzo, el mérito y la excelencia, gusta tanto la igualdad, el hecho de que el 96% de los ciudadanos coincidan en una misma sensación es motivo para el gozo. En eso no hay diferencias, ni metodológicas, entre la derecha y la izquierda los independentistas feroces y los españolistas recalcitrantes.
España, que nos da su medida intelectual en el prime time de las televisiones, públicas o privadas, nos enseña su carné de identidad ética con datos como el que comentamos. Si un 96 por ciento del paisanaje entiende que sus representantes, además de no representarles adecuadamente, se lo llevan crudo para sí, su partido o las obras benéficas de su devoción, que tanto monta, y no suenan los gritos de la revolución -entiéndaseme- es que estamos aún peor de lo que parece.
Un dos de mayo de hace dos siglos, el pueblo de Madrid era capaz de levantarse en armas -mejor, en cuchillos, azadas y tijeras- porque los soldados de Napoleón trataban de secuestrar, con gran aparato gestual, a unos pocos Infantes de España del Palacio Real de Madrid. Poca y no muy valiosa mercancía. Hoy, según el 96 por ciento de nosotros mismos, son nuestros representantes quienes se lo llevan todo. Lo que no resulta de fácil transporte, desde un edificio a un aeropuerto, se manda construir aunque su uso futuro no esté claro ni resulte imprescindible para que surjan los correspondientes efectos porcentuales.
Según la encuesta de El País, en lo que respecta a la valoración de esa establecida cleptocracia, no hay grades diferencias entre la percepción de los militantes y simpatizantes de los dos grandes partidos nacionales. De los periféricos no vale la pena hablar. En Cataluña, por ejemplo, han establecido una escuela de costumbres y han llegado a falsificar la Historia de España para disponer de más innovadoras herramientas para la rapiña generalizada.
En ese marco de desesperación -desesperación en el sentido tenebroso y final del maestro Espronceda, gran periodista- el PP, el partido que no se mueve, ha instalado sus expectativas de voto, en el caso de unas elecciones anticipadas, en el 29,8 por ciento. Mariano Rajoy no es como Saturno, que se comía a sus propios hijos. Por no moverse es capaz de comerse a sí mismo. Un país de bobos, ya digo.