Nada como levantarse pronto el 1 de enero para encontrarse con la mejor alegoría de lo que es España. Sales de casa para tomarte un café. Casi todo está cerrado. Tan solo algún bar está abierto y, aunque no sea de tu agrado, entras. En esas “ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador”, te encuentras pocos de lo segundo y muchos de lo primero, anclados aún a la juerga que despide al 2012 y da la bienvenida al Año Nuevo. Pocos dispuestos a disfrutar y encarar el día, muchos intentando olvidar las muchas penas en un cubata o un botellín.
España, en sus muchas crisis, vive anclada en un pasado que no va a volver. De manera análoga a aquellos que, hace un siglo, pensaban que aún podíamos ser un imperio, hay muchos que creen que aún podemos vivir en un Estado del Bienestar que no nos podemos permitir. No con tantas administraciones, con tantos políticos, con tantos funcionarios. Hay menos trabajadores contribuyendo a las arcas del Estado que personas viviendo del mismo. La quiebra es evidente, pero nadie parece darse cuenta.
Lo más terrible es que los gobernantes no hacen nada para remediarlo. Se recorta donde más duele y no se hace allí donde se debiera, a saber, en la multiplicación administrativa y en la elefantiasis política que da de comer a las grandes empresas que a la postre son los partidos políticos. Por otro lado, los que no saben qué más hacer, se ponen a jugar a nacionalismos antañones para ahondar en la herida, cada vez más purulenta. La mayoría de los ciudadanos, lógicamente indignados, se revuelven en forma de huelga, lo que nos hace perder aún más dinero y ofrece una pésima imagen de España allende nuestras fronteras, cuando dicha imagen no es lo que se dice idílica.
Decía Castelar que “las ideas son un bien escasísimo. De una idea puede vivir todo un siglo”. El problema es que en Occidente ya no hay ideas de bien. Como anunciaba Kapuscinski, tan solo los extremismos religiosos y nacionalistas de dejan ver en las calles. Y, se podría añadir, el extremismo chupóptero de los malcriados a la sombra de Papá Estado. Así, pocas esperanzas se pueden tener de un futuro mejor. Al final, nos comerán los asiáticos, porque ya se sabe que la cría de cuervos…
Sin embargo, los ciclos anuales nos permiten tener una sensación de renacer. En todas las civilizaciones se creó la renovación de los ciclos para crear esta ilusión. Ya que comenzamos un nuevo año, pongámonos a pensar y, aún mejor, a actuar. Comencemos por asegurar las piezas básicas de cualquier Estado: la Educación, la Sanidad, la Seguridad y la Justicia deben primar sobre todos las demás partidas presupuestarias. Para ello habrá que racionalizar gastos, pensar que se gasta demasiado en todos los apartados (1), en parte por corrupción del sistema, en parte por la idea de que el dinero público es infinito.
Una vez asegurados estos pilares básicos, pongámonos a trabajar para que la sociedad esté a la altura de los nuevos retos del siglo XXI. Si se espera que el Estado y los políticos –los de ahora– lo vayan a solucionar todo, aviados estamos. Solo los individuos, desde una conciencia ciudadana plena y pura, podrán sacar la nave social adelante. Para ello, quizás, habrá que recurrir a un medidas drásticas que acaben con la partitotarquía que nos arruina. ¿Revolución? No sé, pero algo habrá que hacer. Y entonces generemos un nuevo sistema político donde la representatividad sea plena y los poderes estatales no vivan en completa y solaz promiscuidad.
Mientras eso (no) llega, habrá que trabajar… y mucho. No podemos esperar nada de las altas esferas (2), porque no saben ni pueden ni quieren. El cambio hacia la esperanza deberá comenzar desde abajo, desde la sociedad, porque si no nos ponemos a trabajar todos, nadie lo va a hacer por nosotros. Comencemos a madrugar y dejémonos de grandes melopeas que no sirven para olvidar aunque nos ayuden a desahogarnos en esa queja continua y lacrimógena que tan bien representa el marchito espíritu español.
(1) No hay que olvidar que, hace 13 años, un sueldo de doscientas mil pesetas era un buen sueldo. Hoy, con 1.200 euros, poco se puede hacer. Los precios han subido escandalosamente por más que las cifras macroeconómicas –macroeconomía viene del sánscrito, y significa gran mentira– digan lo contrario. Contención de sueldos, vale, pero sin timos.
(2) No vendría mal que naciesen intelectuales de veras. La gran mayoría de los líderes de opinión de la actualidad dan grima y asco por su servilismo, su extremismo, su ceguera. También en el cuarto poder hay que hacer una revolución.