Nuestros políticos constituyen según las encuestas el tercer problema de la España de hoy, pero ocupan en realidad el segundo puesto. La crisis económica y el paro se encuentran tan íntimamente ligados que son dos aspectos de una misma tragedia. No se habla de la Política como actividad, sino de unas personas de carne y hueso que colocarían sus propios intereses por encima del bienestar nacional. La ruina del país, la corrupción generalizada y los escandalosos enriquecimientos a la sombra del Poder justifican sobradamente el malestar de una ciudadanía que se siente engañada por los falsos profetas y esquilmada por impuestos, tasas y otras gabelas. Un sentimiento que se convierte en indignación para quienes se encuentran literalmente en la calle y saben que nunca volverán a conseguir un puesto de trabajo. El futuro no pinta mejor para los parados de cierta edad que para los jóvenes. Ni siquiera les queda el recurso de la emigración.
Me he extendido demasiado con lo que es de dominio público. Mi propósito era buscar refugio en lo de mal de muchos, consuelo de tontos, o en lo de que en todas partes cuecen habas. El periódico inglés “The Guardian Weekly”, de 2 de noviembre, publica algunas respuestas de sus lectores a la pregunta de cuándo un político pierde su integridad. Todos los opinantes parecen ser británicos, pero con residencia en diversos países:
• Desgraciadamente, dada la naturaleza de la política, en el momento en que el político decide serlo.
Elizabeth Jones, Halifax, Nueva Escocia, Canadá.
• La integridad y el provecho propio no casan bien.
Lesley Boncich, Cupertino, California, EEUU.
• Cuando llegan al poder.
Alan Williams-Key, Madrid, España.
• En el preciso momento en que empieza a mover los labios.
Malcolm Shuttleworth, Odenthal, Alemania.
• Cuando mienten con toda tranquilidad.
David Tucker, Halle, Alemania.
• Cuando el sentido del deber se adormece con el aroma del botín.
Jim Dewar, Gosfor, NSW, Australia.
Terminemos con otro dicho muy nuestro: el que no se consuela es porque no quiere. Aunque esté seguro –o casi- de que mañana y pasado mañana seguirá oyendo promesas vacías mientras los de siempre continúan practicando impunemente el dicho de “coge el dinero y corre”.