Nº 1134 -  21 / V / 2013 
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Lugar de la vida

Colombia

Mónica Fernández-Aceytuno
 

Entiendes al llegar a Colombia por qué Botero pinta todo sin aristas, redondeado.

Aquí, incluso los escombros, quedan escondidos por una hierba de un verde muy claro, y tan tierna que las montañas de piedras parecen dunas de hierba sobre las que se sientan a descansar unas vacas muy delgadas.

El verdor está como queriendo taparlo todo, y es de un tinte tan intenso que se diría que en vez de savia y clorofila tuviera sangre, porque también, como en los cuadros de Botero, hay siempre un punto sonrosado en la flora, en los animales y en las personas, que hasta los gorriones tienen una mancha roja como si de petirrojos se tratara.

Nada puede quedarse sin su color y su redondez en Colombia. Hay lianas con flores de un naranja tan fuerte que no hay fruta naranja que tenga ese color, casi fosforescente, tras el verdor de unas hojas acorazonadas, y que imagino también posee en las selvas colombianas la mutisia, esa flor que envió José Celestino Mutis, ilustre patriarca de los botánicos, a Linneo, y que fue por ello bautizada con su nombre.

Pero lo que más me ha llamado la atención, además de encontrar una flora que me resultaba muy familiar por parecerse a la gallega, como si algún jesuita la hubiera traído en los bolsillos de la sotana, es haber visto por todas partes saúcos, que aquí no son arbustos sino árboles que colocan siempre cerca de las casas, incluso haciendo una hilera igual que un seto, como si quisieran con ello protegerse; lo cual me hace gracia puesto que yo también rodeé mi casa con saúcos para que no derribaran la valla las vacas, ya que detestan su olor; o también por lo que me contó una fotógrafa de jardines: que con las varas del saúco se hacían las varitas mágicas para las hadas; y algo de mágico, o de remedio, o quizás de música de cuento, puesto que también hacen flautas con estas varas huecas, debe de tener el saúco para los bogotanos porque hasta en la más humilde casa de ladrillo sin recebar tienen, como sombrillas, sus copas florecidas de umbelas blancas.

La capital, Bogotá, está sobre el altiplano como dormida, cantando en voz baja su futuro, bailando con los pies bajo la mesa uno de esos rítmos pegadizos de Colombia, donde hay uno distinto para cada clima y cada paisaje, como si la música se diera en Colombia igual que las flores, o tuviera cada melodía su propia ecología, por haber nacido más de la tierra que de los músicos.

Se oyen estos rítmos subiendo a Monserrate, donde se divisa una inmensa ciudad que espera en el altiplano, resguardada por sus escarpadas montañas cubiertas de verdor, a que la paz asome por el horizonte con el nuevo año.


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