Nº 1163 -  19 / VI / 2013 
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Crónicas liberales

Artur Mas y los borregos de Panurgo

Manuel Martín Ferrand
 

Si España fuese, verdaderamente, un Estado de Derecho en el que la Justicia fuera algo más que un oficio y una entelequia, a estas alturas, después de las serias acusaciones que El Mundo ha vertido sobre el enriquecimiento de Jordi Pujol, Artur Mas y sus respectivas familias, algo grave tendría que haberle pasado ya, una de dos, al director del diario madrileño o al fundador de CDC, a su hijo Oriol o al actual presidente del partido, Artur Mas y a su padre, reciente y desgraciadamente fallecido. Millones de euros escondidos en Suiza son materia suficiente para la enérgica actuación de la Fiscalía y, en consecuencia, ya tendrían que estar ante el juez o bien los autores de una información insolvente y calumniosa o bien los culpables de un importan-te delito de apropiación indebida con todos los agravantes previstos en los códigos.

Como en España nunca pasa nada las más graves acusaciones se diluyen en el aire y todo sigue igual. Las últimas encuestas sobre las próximas elecciones autonómicas en Cataluña siguen marcando, aunque sin mayoría absoluta, una notable ventaja para la opción que integran los asociados en CiU. Al parecer, Artur Mas renovará su presi-dencia al frente de la Generalitat y se verá abocado a cumplir su promesa-amenaza de un referéndum sobre la independencia de Cataluña. Un disparate visto desde la Historia, una chapuza si se contempla con ojos de economista y, en todo caso, una inmensa deslealtad a un Estado en el que se sustenta su actual estatus y del que es el máximo representante en su circunscripción.

Posiblemente, el hecho de que Mas no alcance su mayoría absoluta es la opción más favorable para él y para su causa secesionista. Se ahorra un soledad inútil para, con la mayoría en un Parlamento en el que dos tercios de los allí sentados se alinean con el independentismo – al menos teórico – tener garantizado un respaldo y una compañía.

Lo que es más difícil de entender, dado el seny que se le atribuye al pueblo catalán, es la abundancia clientelar de CiU y su líder actual. A todas luces – “la pela es la pela”, gran religión del pragmatismo catalán – la independencia sería un mal negocio para Cataluña que, además de que-darse fuera de Europa, perdería su principal comercio cautivo, el resto de España. Sus dos entidades financieras más respetables, La Caixa y el Banco de Sabadell, generan dos tercios de su negocio fuera de las cuatro provincias catalanas y, en su conjunto, más del setenta por ciento de las “exportaciones” de Cataluña atienden la demanda de las restantes cincuenta y seis provincias españolas.

Los lectores de François Rabelais – gente, sin duda, de buen humor – recordaran las aventuras de Gargantua y Pantagruel. Concretamente el suceso que, a bordo de un barco en alta mar, enfrenta a Panurgo con un comerciante de borregos. Al final, Panurgo decide optar por la paz (aparentemente) y comprarle un ejemplar al de los borregos pagando por él un precio excesivo. Panurgo lo tomó en sus brazos y en animalito se puso a balar. Panurgo, cobardón y pícaro, había tramado su venganza: arrojó por la borda el borrego recién y magnánimamente comprado. Todos los borregos del rebaño, todos balando, siguieron al primero y se ahogaron sin remedio.

Como la imaginación es libre y la voracidad de los notables de CiU es proverbial, cabe establecer paralelismos. Pujol, en su momento, arrojo al mar de su propia sucesión a Mas, personaje de más impulso que finura, y éste se pu-so a balar, es decir, a predicar en catalán un futuro lejos de España y próximo al paraíso. Un conjunto de bienes diversos sin mezcla de mal alguno. Tanto clamó Mas que, según las encuestas, el próximo domingo la mitad, más o menos, de los votantes catalanes se tirarán al mar independentista en imitación del president que cortó por la mitad una legislatura para disimular el fracaso de su gestión. Gestión, por otra parte, muy difícil a la vista de la herencia política y económica de José Montilla y su tripartito.

La democracia, para serlo plenamente, exige la presencia de ciudadanos, de izquierda o de derechas, conscientes de su propio interés y no fácilmente seducibles por un gesto o una pasión. Cuando no es así y lo emocional se antepone a la razón y cursa el engaño de los argumentos y la manipulación falsaria de la Historia puede ocurrir, y ocurre, lo de los borregos que evocaba más arriba. Y eso es lo que yo creo que pasa en Cataluña.


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