La manifiesta imbecilidad de los políticos que desgobiernan actualmente el mundo, la despreciable casta de los medio cucharas que hoy se han apoderado fraudulentamente de los poderes económicos, financieros y sociales, amparándose en la ilegitimidad de unas urnas que los han elegido no en virtud del conocimiento personal de sus electores, sino en listas cerradas de pertenencia a un partido de derechas o de izquierdas y cuyas actuaciones, – está ampliamente demostrado con el descontento del pueblo que los mantiene con el esfuerzo de su trabajo – , miran más a su propio y personal provecho que al bienestar del país que han tomado al asalto de sus instituciones. Aquellos infames personajes que envenenan la convivencia civil tratando de convencernos, cómo insensatamente están ellos convencidos que la política en una profesión y no un servicio, han perdido la irrepetible ocasión que les había brindado el siglo XX, con la traición de la Economía Neoclásica y la exaltación de la política. Y con ello dando al traste con los Derechos Humanos que han entrado en una crisis irreversible.
Derechos Humanos, Derechos de los Animales, Derechos del Ambiente, todos, todos, han sido pisoteados, aplastados bajo el peso represivo de la economía clásica y de la crisis que ella provoca constantemente, la Bioeconomía, con sus principios nos pueden ayudar a salir de la crisis, devolvernos los derechos transgredidos con los cuales podrán ser readmitidos los exclusos.
Apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, el desastre de la “Shoah”, y las gravísimas pérdidas a causa del conflicto, nace y se va desarrollando la idea que la persona debe gozar de libertades irrenunciables y es, entonces, cuando se redacta la Declaración Universal de los Derechos Humanos que incluye treinta derechos del individuo y el principio es que aquel merece ser tratado con dignidad. La Declaración es un “standard” ideal que las naciones del mundo condividen. Su radio de acción y aplicación es vastísimo incluyendo Derechos Civiles y Políticos y Económicos, Sociales y Culturales.
Entre los derechos están incluidos: el Derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de la persona; Derecho a no ser sometido a tortura; Derecho a la igualdad ante la ley y más aún: Derecho a la seguridad social, derechos económicos y culturales; Derecho al trabajo; Derecho a una remuneración ecua y satisfactoria; Derecho al descanso y a las distracciones; Derecho a un tenor de vida suficiente como para garantizar la salud y el bienestar propio y de la familia, con particular atención a la alimentación, al vestir decentemente, a la casa y las curas médicas y a los servicios sociales necesarios; Derecho a la seguridad en caso de desocupación laboral, enfermedad, invalidez, viudedad, vejez; Derecho a la maternidad y a la infancia con especiales curas y asistencia; Derecho a la instrucción.
Sucesivamente la Comisión para los Derechos Humanos de la ONU, crea un cuerpo de leyes internacionales sobre los Derecho Humanos basados sobre la Declaración e instituye los mecanismos necesarios para hacer observar su entrada en vigor. El Pacto Internacional sobre los Derechos Civiles y Políticos se concentra en el derecho a la vida, a la libertad de palabra, de religión, de voto. Y el Pacto Internacional sobre los Derechos Económicos, Sociales y Culturales se concentra en la alimentación, la instrucción, la salud y asilo y tiene el valor de leyes internacionales a partir de 1976. Entrambos los pactos proclaman derechos para todos y prohíben la discriminación. Y son deberes de los Estados el preocuparse por hacer respetar los derechos humanos y no violarlos, impedir a terceros el prejuzgar estos derechos y adoptar las medidas para su plena realización.
En estos mismos años las Naciones Unidas reconocen, como extensión de los Derechos Humanos, la Declaración Universal de los Derechos de los Animales, en la cual se establecen los derechos específicos de los animales. El art.1 de esta Declaración proclama: “Todos los animales nacen iguales ante la vida y tienen iguales derechos a la existencia”.
Durante el curso del siglo XX queda suficientemente claro que deben ser garantizados los derechos del ambiente, amenazados por la perversa actividad del hombre y, en los últimos años, se consolida el interés común a mitigar el creciente e irreversible degrado ambiental. Con el Derecho Internacional del Ambiente se dictamina el complejo de principios y normas jurídicas que establecen reglas de comportamiento para los Estados a fin de realizar la tutela del ambiente y el uso equilibrado de los recursos naturales en un concepto de desarrollo económico y social.
Con la Declaración de Estocolmo de 1972 la comunidad internacional reconoce la gravedad del degrado y la exigencia que los Estados encuentren soluciones a través de políticas y normativas internacionales y nacionales.
Con la Declaración de Río de Janeiro de 1992 se desarrolla la integración de las temáticas ambientales con las problemáticas de carácter económico-sociales y emerge el concepto de desarrollos sostenibles como responsabilidades intergeneracionales.
En el ámbito de la ONU se han instituido Convenciones Internacionales, importantes lugares de negociado como la Convención para la protección de la Biodiversidad de las poblaciones indigentes, sobre los Cambios Climáticos, contra la Desertización, para el Desarrollo Sostenible.
La Declaración de Río de este año insiste, otra vez, sobre la urgencia de encontrar soluciones comunes y el colosal fracaso de las iniciativas internacionales de cooperación.
La puesta en marcha sobre los derechos está ligada a las elecciones de administración de los recursos y, por tanto, a las elecciones económicas de un País. Si el cumplimiento de los Derechos Humanos depende de la ecua distribución de los recursos económicos, sociales, ambientales y culturales, el fallido reconocimiento de tales derechos significa discriminación y todo este edificio de nobles ideas, esta soñada utopía, se desmorona como una torre construida con la arena de la playa.
La crisis actual demuestra que la economía neoclásica en vigor, que se basa sobre la idea del crecimiento ilimitado y el aprovechamiento desmesurado de los escasos recursos que nos restan, ha fallado de forma espectacular y lamentable. El derecho al trabajo, a la alimentación, a la instrucción, a la salud, no se han conseguido y existe una discriminación social vergonzosa, la pobreza alcanza ya unos límites insoportables en más de un tercio de la humanidad que habita el planeta Tierra, con la exclusión de millones y millones de componentes humanos considerados inútiles.
El crecimiento desmesurado del sufrimiento de los animales y de su exterminio, a causa de la diabólica perversidad de los bípedos humanos es algo que produce escalofríos en cualquier ser de la creación que tenga la facultad pensante y la conciencia limpia. A todo esto se añaden los problemas ambientales ligados al uso, abuso, sin criterio de los recursos.
También los mal llamados “progresistas” que, históricamente habían fingido preocuparse por los derechos del hombre y de los trabajadores, como nuestras inútiles organizaciones sindicales y la mafia de los partidos izquierdosos, han conservado una relación ambigua con los derechos de los animales y de la protección del ambiente, tanto que la ecología, más que un tratamiento esencial de la política, ha finalizado siendo un corolario, un inútil accesorio, un estribillo coreado en manifestaciones organizadas para no trabajar, para hacer jolgorio pagado religiosamente por el pueblo que las pasa moradas para ganar el pan nuestro de cada día o por pensionistas que ven como sus escasos ahorros se deslizan de sus manos cada día con mayor rapidez.
Estamos en el momento en que se registra una crisis en cadena; crisis de los derechos humanos, de los derechos de los animales, del ambiente, de la economía, de la política, donde los que sufren son los sujetos más débiles porque son los más discriminados, los apestados.
El respeto a los Derechos Humanos, Derechos de los Animales, Derechos Ambientales, Derechos Sociales, Derechos Políticos, Derechos Culturales, sería la única solución. Pero esta no llegará, porque unos pocos se han apoderado de los recursos de la mayoría silenciosa.
Como ya apuntaba, en 1934, Simone Weil en su escrito sobre la supresión de los partidos políticos, es necesario una regeneración de la sociedad.
La “chusma” que desgobierna el mundo, incluidos los que lo hacen de lo que queda de España, tratará de impedirlo y pasarse, a diario, por el arco de triunfo la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Yo me pregunto: ¿existe algún parlamentario, líder político o sindical que sea, que con sus sueldos, pensiones y demás prebendas institucionalizados y seguros las pase putas y no pueda llegar a fin de mes?
Si existe y que no sea corrupto o que tapándose los ojos ha permitido que sus colegas lo sean o no les ha denunciado a tiempo, pues que me le presenten.
“La corrupción, – nos enseña Diderot – , consiste en la ignorancia de las leyes escritas y en la observancia de aquellas inconfesables”.

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