Mario Draghi ha cumplido el miércoles 31 de octubre un año al frente del Banco Central Europeo (BCE). Esa fue la fecha de nombramiento, aunque la ocupación efectiva del cargo se demoró unos días. No se han escrito apenas valoraciones sobre su trabajo durante este año, aunque no ha faltado una nota ácida de Financial Times, que viene a decir que a Draghi le queda mucho por hacer al frente de la institución reguladora y emisora europea. Está en el comienzo justo de su segundo año como presidente y efectivamente se puede afirmar que tiene un curriculum plenamente abierto en el que cabe valorar su actividad como un fracaso a medias o como un éxito con pocos resultados. La defensa del euro, que ha sido el principal argumento reivindicativo de su gestión, no ofrece seguridades suficientes, ya que la moneda única, diseñada hace doce años, sigue estando más cerca del laboratorio que de la realidad.
La supervivencia del euro se suele identificar en los últimos meses como la capacidad de la Eurozona para superar la crisis de la deuda soberana, en la que España desempeña, junto con Italia, un papel central. Si España no logra superar la desconfianza de los mercados y si nuestra Deuda Pública se convierte en un activo que es rechazado de forma sistemática a no ser que ofrezca tipos de interés muy elevados, la tarea del BCE estará en entredicho. Con Draghi, el diferencial de tipos de interés entre España y Alemania ha llegado a sus máximos históricos, lo que es una muestra del escaso éxito de la gestión del banquero italiano. Los mercados financieros en la Europa de la zona euro están completamente rotos y sumidos en una desconfianza recíproca considerable, lo que está dificultando seriamente la financiación de la economía, ya que ni bancos ni empresas pueden desarrollar su actividad crediticia con normalidad.
La tarea que tiene por delante el banquero italiano es, por lo tanto, prolija y delicada, ya que la Eurozona sigue estando bastante lejos de ser un mercado cohesionado y próspero. Draghi ha hecho tres cosas principales durante su mandato del primer año: insuflar liquidez de forma masiva a finales del pasado año y principios de este mediante subastas de dinero a 3 años, que han tenido un éxito dudoso, ya que el dinero apenas ha servido para financiar a la economía. Otra cosa que ha hecho ha sido bajas los tipos de interés hasta mínimos históricos, aunque nada indica que este descenso de los tipos haya comportado reacciones positivas en la economía real. Por último, y en tercer nivel, Draghi ha anunciado la disposición de la entidad a comprar deuda de forma masiva en los mercados secundarios, se supone que de los países periféricos como España e Italia, con el confesado propósito de enfriar los tipos de interés a largo plazo en estos países, recortando sus primas de riesgo y tratando de facilitar su financiación. Esta medida, la compra de deuda, aparece atascada y sin fecha concreta o previsible de ejecución, ya que el BCE la ha vinculado a la petición expresa de ayuda y a una elevada condicionalidad de los países a los que va destinada.
Los críticos de Draghi, entre ellos, a la cabeza, el ortodoxo Bundesbank, señalan que el BCE está bordeando continuadamente los límites de la ortodoxia o cuando menos las prescripciones del Tratado de la UE, que no prevé la financiación directa de los Estados por el banco central de la Eurozona. Las inyecciones masivas de liquidez han provocado más de un gesto de preocupación en algunos medios económicos porque se teme que una política monetaria tan agresiva acabe por disparar las tensiones inflacionistas, cuyo control es el principal mandato que ha de ejecutar el banquero más importante de la zona euro.
El segundo año de estancia de Draghi (quien acaba de cumplir hace un mes los 65 años de edad) al frente del BCE se presenta, por lo tanto, cargado de incógnitas. El viacrucis que tendrá que recorrer la institución que Draghi regenta tiene estaciones complicadas de cara a los próximos meses: aproximar los tipos de interés entre los países miembros de la Eurozona, establecer la normalidad financiera para que la economía europea coja aire y pueda encaminarse por la vía del crecimiento, mantener bajo control estricto la tasa de inflación (ahora muy baja porque la economía está en recesión, pero quizás a punto de convertirse en factor de riesgo cuando se recupera la actividad) y ganar una mayor respetabilidad internacional para el euro. Adicionalmente, el BCE tiene otro desafío considerable en estos próximos meses, el de poner a punto cuanto antes la anhelada unión bancaria, de forma que el BCE se convierta de verdad en el banquero de los bancos europeos, con amplias potestades de supervisión. Un menú, en suma, bastante exigente y difícil.