“Gora Jaungoiko maitia, zeru ta lurren jabia; zar eta gazte altxatu gera, GORA AMA ESPAÑIA. Fuerekin erregia, bera liberalkeria, ori da gure Legia” (Viva Dios amado, Señor de cielos y tierra, viejos y jóvenes nos hemos levantado, VIVA NUESTRA MADRE ESPAÑA. Con los fueros, el Rey, abajo el libertinaje. Esa es nuestra Ley.)
Transcribo estos versos que unos naturales de Azcoitia escribieron a principios del siglo pasado y que vinieron a mi memoria cuando me paseaba por esta villa guipuzcoana no hace mucho. Simultáneamente en el tiempo se producía, en Alsasua, una mofa insultante de SM el Rey y del Ejército. Me preguntaba cómo era posible que en regiones que siempre se enorgullecieron de un hondo españolismo – fueron durante siglo y medio bastión del carlismo – sin menoscabo en ningún caso de su orgullo vascongado, sucedieran hechos así.
Aún perduran en el recuerdo las subidas a Montejurra y el fervor patriótico que se respiraba posteriormente en la Plaza de los Fueros de Estella. Allí, miles de boinas rojas vasconavarros se reunían y allí se exaltaban muchas ideas pero predominaba una que era la del amor a la patria grande España, las más de las veces expresada en vascuence .Yo me pregunto hoy qué ha sido de los hijos y nietos de aquéllos.
Tengo la impresión que se encuentran en campos ideológicos muy distintos al de sus antepasados. No todos afortunadamente. Sé bien y admiro a todos aquéllos vascos y navarros que con riesgo de su vida defienden su idea democrática de la sociedad y al tiempo que se enorgullecen de su patria chica no por ello esconden un orgullo similar de ser españoles ; pero cierto es que la calle es de otros .
Pienso que esta situación deriva, entre otros factores, del hundimiento del movimiento carlista o tradicionalista que imperó con fuerza en estas regiones durante siglo y medio. Una opción política, hoy desaparecida, de la que se puede discrepar pero a la que no se le puede negar una concepción de la patria univoca. Un movimiento con origen esencialmente popular cuyo lema era: DIOS, PATRIA, FUEROS y REY.
La referencia a Dios no era sino la expresión de la profunda vivencia cristiana del pueblo. Así surgió una dinámica humanista, de defensa de las libertades y derechos del hombre, que era el fundamento del pensamiento carlista. Hoy ya no es así. Ya no se enseña en las escuelas, ni siquiera en las parroquias, santuario muchas veces de la sinrazón de quienes han utilizado el asesinato como medio para alcanzar objetivos bien lejanos de la libertad de todos.
Para los carlistas la referencia a la Patria era nítida y se refería siempre a la Patria grande: A España. Este concepto también ha sido tergiversado. Se ha reinventado una historia y se ha dado pie a la exaltación de un nacionalismo excluyente. Una historia falsa y lejana de lo que siempre fue la realidad de las comunidades vascas y navarras.
Los Fueros, resumían una visión global de cómo debía organizarse la sociedad frente al estado centralista y se defendía el autogobierno de las regiones pero nunca de forma excluyente. Podríamos decir que en cierta medida es lo mismo que expresa hoy la Constitución española del 78.
La referencia monárquica legitimista – representada hoy por Don Juan Carlos I – proponía una monarquía legitimada por la historia y por el pueblo estableciendo un nexo común a todos los pueblos de España.
A mi modo de ver lo que ha sucedido en los últimos tiempos es que se han tergiversado los conceptos por los que vivieron y lucharon los abuelos de los jóvenes vasconavarros de hoy.
No es cuestión en ningún caso de levantar la bandera del fenecido carlismo pero sí reconocer que su desaparición y, aún más, la de la enseñanza de los valores que defendía nos han llevado a una situación irreconocible en la historia de las hasta hace poco conocidas como las provincias vascongadas y Navarra.
Las regiones que otrora fueron paladines del españolismo más vital en combinación maravillosa con su amor a su estirpe vascona son hoy zonas donde sentirse orgulloso de su verdadera historia es una temeridad.
No puedo dejar de hacer referencia a tantos marinos vascos que formaron parte del escalafón de la Real Armada como Alvaro de Bazán, Juan Sebastián de Elcano , Urdaneta , Legazpi, Pedro Navarro, Blas de Lezo, Oquendo, Churruca… etc. y tantos otros quienes hoy mostrarían sin duda la misma perplejidad y tristeza que yo si pudieran pasear por las villas de Euskalherria y percibieran en que ha devenido el amor a la patria grande que ellos manifestaron; y he mencionado marinos porque de la Armada provengo yo y es en la Escuela Naval donde aprendí a honrarlos, pero la lista se puede extender recordando a Lope de Haro, a San Ignacio de Loyola, a San Francisco Javier, a Unamuno, a Ramiro de Maeztu, a Pio Baroja, a Zuloaga, a Zubiri… etc, en definitiva una pléyade de grandes hombres sin los que la historia de España estaría incompleta.
El problema, hoy, es que si alguien preguntara a alguno de los jóvenes que dominan las calles de las villas vascas y algunas navarras por alguno de los personajes antes citados quedaría desconcertado por el desconocimiento absoluto de su existencia.
Estamos asistiendo estos días a movimientos tendentes a intentar solucionar un problema en el País Vasco que ya dura mucho tiempo. Ojalá se encuentren soluciones pero en cualquier caso sólo serán soluciones efímeras. Esta sólo vendrá cuando alguien enseñe y diga a los jóvenes en el País Vasco y en Navarra que hubo una época – más de 1000 años – en la que sus abuelos orgullosos de su estirpe vascona lo estaban también de su españolidad absoluta .
Los intereses de unos pocos han logrado imponerse a los de la tradición y de la historia a base de mentiras, al amparo de la incultura de muchos, posibilitando lo que es una dictadura de las minorías se mire como se mire. Hasta hace poco unos movían con sangre los árboles y hoy otros recogen las nueces del poder.
Y termino reconociendo que es haber leído en algunos medios que unos jóvenes han izado la Bandera Nacional en el Monte Gorbea lo que me ha empujado a reflexionar y escribir estas líneas.
Una luz para la esperanza.
Pues sí, aún quedan descendientes dignos de Blas de Lezo, el vasco valiente al que el odio ha borrado del recuerdo en la tierra que le vio nacer. Afortunadamente su nombre perdura en la memoria de la Inglaterra que derrotó.