Aunque los resultados de unos comicios deben analizarse en el ámbito en que se producen, las elecciones autonómicas en Galicia y el País Vasco permiten establecer un común denominador con trascendencia nacional: el PSOE y sus franquicias regionales se desmoronan. Supongo que ello puede producirle una gran alegría a los muy fervorosos del PP; pero, visto el fenómeno desde la distancia partidista, eso no parece bueno para el interés general de la Nación. Los resultados gallegos y vascos permiten apuntar el diagnóstico de una España hemipléjica con severos y crecientes brotes separatistas.
En Galicia el PP ha renovado y recrecido su mayoría absoluta. Es un éxito personal de Alberto Núñez Feijóo, pero suma puntos en el partido de la gaviota. Durante la campaña electoral, el líder orensano tuvo buen cuidado de separar, en lo posible, su imagen de la del partido y, sobre todo, de la de Mariano Rajoy. No por desafección, sino por prudencia. El triunfal presidente de la Xunta, todo lo discretamente que le ha sido posible, no ha querido asumir el modo comunicador del presidente del Gobierno de España y se ha limitado a rentabilizar sus logros desde que tomó posesión de su sillón en abril de 2.009.
El socialismo gallego se ha derrumbado. Un poco por la falta de identidad de su candidato principal y un mucho como consecuencia del caos intestino que padece el partido fundado por Pablo Iglesias. Alfredo Pérez Rubalcaba sucedió al frente del PSOE a José Luis Rodríguez Zapatero después de haber sido su lugarteniente en la catástrofe fraguada en sus ocho años de gobierno nacional. Eso se paga. El electorado, aunque sea tan fiel como suele serlo el del PSOE, tiene su límite de aguante y, por lo que ahora vemos, ya lo ha superado.
El resto de los escaños disputados en Galicia se reparten entre dos formaciones firmemente nacionalistas. De haberse presentado unidas, quizás, hubieran alcanzado algún escaño más; pero hay mucho fulanismo en el juego. Por lo que respecta a Mario Conde, nada que señalar. En democracia, en cuanto respecta a resultados electorales, no cabe el ridículo. A pesar de ello Conde lo ha alcanzado por lo que parecía un mal uso de la pretensión representativa al servicio del interés meramente personal.
En el País Vasco el panorama es, desde la perspectiva nacional española, desesperanzador. Es la cosecha que se corresponde con la siembra que han hecho en las últimas legislaturas el PSOE y el PP, pero marca una situación todavía más inquietante que la catalana.
El PNV, ya instaurado como primer partido vasco es, en todo lo que no afecta al nacionalismo, una formación conservadora. No le será fácil, ni tampoco imposible, su entendimiento con la rara amalgama que conocemos como Bildu, más izquierdista que abertzale. Íñigo Urkullu está llamado a gobernar, ya veremos con qué apoyos o alianzas y, sobre todo, con qué ritmos y prioridades. A partir de este momento, la bipolaridad – Cataluña y País Vasco – que presenta el separatismo español, con un doble liderazgo por la derecha, exige al Gobierno de España una sutileza operativa de la que no ha hecho gala desde el año 2.000.
El PP del País Vasco se convierte ahora en una fuerza marginal en el Parlamento de Vitoria y esa es, en lo que cabe, una responsabilidad que se debe atribuir a las estrategias y los modos de la calle Génova de Madrid. No es caprichoso afirmar que en Santiago ganó Núñez Feijóo y en Vitoria perdió Rajoy; pero cada cual es muy dueño de crearse sus propias fantasías.
Lo del socialismo vasco, también con tendencia a la marginalidad, es la guinda que corona la tarta de la decadencia del PSOE desde que el líder leonés se hizo cargo de la formación. El partido está fraccionado. Ha perdido, además de la fortaleza que le proporcionaba su acendrada unidad, el rumbo y la razón de ser. De hecho es, de ser algo, un instrumento representativo en manos de la UGT. Algo que es gravemente peligroso en el momento actual de la política española. Nuestra democracia, devenida en partitocracia, presentaba un punto de equilibrio en la dualidad PP-PSOE; pero la jibarización socialista convierte al PP en un “único” partido. Confiemos en que no brote la tendencia del partido único.
La responsabilidad de Rubalcaba en la presente situación de su partido es notoria. Se supone que la asumirá y acelerará los mecanismos sucesorios. Una España sin una izquierda solvente es una España hemipléjica. Algo nada deseable por cuanto conlleva de debilidad. Más todavía cuando los separatismos – atención a los comicios catalanes de noviembre – marcan un ritmo que obstaculiza la solución del más urgente, no el más grave, de los problemas presentes: el paro que afecta a millones de españoles, gallegos y vascos incluidos.

Pablo Sebastián
José Oneto
Fernando Glez. Urbaneja
Marcello
José Luis Manzanares
José Javaloyes
Primo González
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
Julián García Candau
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