El hundimiento del PSOE en las elecciones gallegas, su eventual desalojo del poder en el País Vasco tras la victoria de los nacionalistas y el anunciado descalabro del PSC en Cataluña colocan a este partido ante una realidad de lectura aparentemente fácil. El electorado está pasando factura al partido que gobernó España hasta hace un año y cuya gestión de la crisis no ha gozado de parabienes. Más bien al contrario, los meses posteriores a su salida del poder han puesto de relieve el calamitoso estado en el que se encuentra la economía española, cuyos problemas no han sido fruto de una desgracia inmediata o de los desaciertos de los nuevos gobernantes, sino que se incubaron y su resolución no fue abordada durante los cuatro primeros años de crisis económica, una valoración que parece no haber pasado desapercibida a un amplio colectivo de votantes. Para mayor desdicha, la sucesión al frente de la nave socialista no ha sido un acierto, a juzgar por la pérdida de adhesión popular que en las elecciones de este fin de semana han cosechado los nuevos dirigentes del partido.
El castigo socialista es más llamativo aún si se tiene en cuenta las duras críticas que están cosechando sus sucesores, hasta el punto de que – hecho insólito en nuestra democracia – los sindicatos hayan convocado ya la segunda huelga general en apenas un año. No hay precedentes de tanta animadversión por parte de los sindicatos hacia el Gobierno del país, mayoritariamente elegido en las urnas hace apenas un año. Las críticas a la gestión de Rajoy, que se considera por lo general bastante calamitosa e insuficiente, han proliferado en los diez meses que lleva en el ejercicio del poder y nadie parece haberse beneficiado del voto del descontento. Si acaso, algo la abstención y también en alguna medida, difícil de precisar pero de cuantía en todo casi limitada, los partidos situados a la izquierda de los socialistas, partidos y grupos que carecen de una estrategia política común y desde luego de muy pocas ideas alternativas para hacer frente a los problemas económicos a los que nos enfrentamos.
Tras menos de un año en el poder, el PP sale de estas elecciones autonómicas, lo que no deja de ser un sondeo muy parcial pero de cierta significación, más reforzado que castigado. No ha sido Rajoy un político todo lo audaz que algunos quisieran pero sí es indudable que ha tomado medidas impopulares, algunas de ellas contrarias a lo que le pedía incluso su propio electorado, desagradablemente sorprendido por algunas decisiones inesperadas, sobre todo en materia fiscal. A pesar de ello, los votantes del PP, al menos en Galicia, consideran que su trabajo no merece de momento un castigo sino una prórroga. Es decir, pensarán muchos votantes que la legislatura española acaba de empezar y quedan tres años más por delante para elaborar unas conclusiones más rigurosas sobre la eficacia de sus políticas en la lucha contra la crisis.
En principio, Rajoy queda con las manos libres para desarrollar su estrategia económica (caso de que la tenga, según duda bastante extendida) o cuando menos para tratar de aplicar políticas que le puedan acarrear una valoración impopular. La de solicitar a la UE un rescate con la amplitud con la que lo necesita el país es posiblemente la más urgente. Los resultados electorales de este fin de semana no parecen ponerle impedimentos serios. El país parece decirle a Rajoy que entiende que su primer año de estancia en el poder, visto el diagnóstico de lo heredado, tiene que ser forzosamente exigente en sacrificios. Lo que no le perdonará es que de ahora en adelante siga aplicando paños calientes por realizar cálculos electorales erróneos como los que presumiblemente ha venido haciendo en estos meses, dilatando algunas decisiones por temor a perder el favor de las urnas. Estas no le han sido esquivas, a la espera de lo que digan las elecciones en Cataluña, aunque tanto en este caso como en el País Vasco será difícil separar, por un lado, la valoración que hagan los electores de la gestión económica, del debate soberanista, por el otro.