Nº 1133 -  20 / V / 2013 
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OPINIÓN

El ocaso

Javier Pérez Pellón
 

El ocaso es el principio y el fin y cuando pensamos en esta enigmática palabra o la expresamos en voz alta sentimos una sensación de desasosiego aunque su nombre tenga una sonoridad casi mágica, incluso romántica, emotiva, fascinante y de sabor triste y nostálgico. Y sucede así porque cuando muere el día comienza la noche, cuando la luz deja el paso a la oscuridad, al universo desconocido de las tinieblas. La palabra ocaso proviene del latín occasus que, a su vez, procede de occidare, caer muerto. El ocaso es el signo o presagio de hechos privados y acontecimientos colectivos irreversibles y funestos.

No cabe duda que colectiva, cultural, social y políticamente vivimos en una situación de ocaso que comenzó el pasado siglo XX y que, muy posiblemente, nuestra caída se esté acelerando y resbale por los últimos tramos del tobogán. Y es muy grave que quienes nos gobiernan o no se dan cuenta de ello, o lo ignoren, o sabiéndolo le den la espalda. Al menos deberían intentar paliar en algo la ineluctable dureza de sus postreras consecuencias.

En anteriores artículos de opinión establecía el papel decisivo que “los chicos del SEU” tuvieron como factor determinante en la llamada “transición” en nuestro país. Pasaron, pasamos, el testigo, creyendo que la sensatez de quienes lo recogían, harían el resto, pero cuando lo tuvieron en sus manos se ensuciaron con la codicia y la corrupción. Ignoraron lo que sus padres hicieron por el bienestar de su país. De ellos se apoderó el fantasma del resentimiento por algo que no conocieron y cambiaron la historia llenándola de falacias y mentiras, rescribiéndola con hechos que nunca existieron e inventando otra nueva que era la que hubieran deseado que fuera, lo más parecido al goyesco “el sueño de la razón produce monstruos”. Todo ello tiene nombres y apellidos: una izquierda obsoleta que, en España se identificaría con el socialismo y con desmedida codicia por la posesión de la riqueza a través de la detentación del poder. De estos pecados mortales, de traición a la patria, tampoco está exenta una consistente parte de la clase política de la derecha.

Hoy “los chicos del SEU”, de entre los que sobrevivimos, somos una pandilla de ochentones que estamos inmersos en las aguas calmas que nos arrastran suavemente mar adentro hacia el ocaso. El primero de entre todos ellos Jesús Aparicio Bernal, Rodolfo Martín Villa… y el que suscribe estas líneas. Pero mientras tanto, quizás para distraernos del ocaso nos ilusionamos pensando que todavía tenemos algo que decir ya que conservamos lúcidos los engramas de nuestra memoria. Hay otros que la perdieron y otros que transitaron, para siempre, hacia el punto final de su ocaso. Yo me acuerdo mucho de Mariano Nicolás y de las “faenas” con que propinó sus generosos servicios Adolfo Suárez. Los críticos que con mayor dureza han tratado al que fuera el primer presidente de Gobierno de la transición aseguran, cuando corría la voz de que estuviera escribiendo sus Memorias, que “Suárez sólo emborronó unas cuartillas cuando tuvo que presentarse a algún examen de la carrera de Derecho que logró terminar a trancas y barrancas”, aunque siempre le han considerado como “un gran y convincente parlanchín”. Su famoso “puedo prometer y prometo” fue un invento que se lo insufló su un día consejero Fernando Ónega, el panegirista de Franco que ha cambiado tantas veces de chaqueta al punto de descosérsele el forro. Léanse sus crónicas, auténticas homilías, escritas en “Arriba” en los días de la muerte y funerales de su amadísimo “Caudillo”.

También me acuerdo mucho y con infinita nostalgia de Juan José Rosón, de su fina inteligencia de jurista, de la nobleza de su comportamiento y de su rígida disciplina de soldado (pertenecía al Cuerpo Jurídico) y, en fin de Eduardo Navarro, Premio Extraordinario de Derecho, el máximo galardón de la carrera, con su padre asesinado por una horda de desalmados “camaradas”, qué no eran sólo los fascifranquistas los que mataban, qué también los “rojos” de la Pasionaria y Carrillo lo hacían con recochineo. Eduardo Navarro no guardó nunca rencor por este hecho y toda su vida luchó por la reconciliación patria. Eduardo fue Subjefe Nacional del SEU cuando Jesús Aparicio Bernal fuera el Jefe Nacional del Sindicato de estudiantes universitarios. La última vez que le vi fue en Despacho de Abogados que Adolfo Suárez había montado en la calle Antonio Maura, de frente a la madrileña Plaza de Neptuno. Era la mano derecha de Suárez y quien redactaba todos sus informes jurídicos. “A veces, – decía – , utilizo un pseudónimo y los firmo con el nombre de Adolfo Suárez”. Curiosamente acabó contagiándose de la misma enfermedad de su jefe. Eduardo Navarro, otro grande que se nos marchó, traspasó el límite del ocaso un 26 de marzo del 2009.

En 1918 aparecía en Alemania el primer tomo de “La Decadencia de Occidente” del filósofo y biólogo Oswald Spengler. “La Historia, – decía – , se mueve por ciclos definidos, observables y al menos básicamente independientes. Los movimientos cíclicos de la Historia no son los que corresponden a las meras naciones, Estados, razas o acontecimientos. Son los relacionados con las Altas Culturas. La Historia consignada de la Humanidad nos ofrece ocho de ellas: la índica, la babilónica, la egipcia, la china, la mejicana (maya y azteca), la árabe (o “mágica”), la clásica (Grecia y Roma) y la europea-occidental.

Las Altas Culturas son organismos “vivientes”. Siendo orgánicas por naturaleza, deben pasar por los estadios de nacimiento, desarrollo, plenitud, decadencia y muerte. Esta es la morfología de la Historia. Todas las anteriores han pasado por estas diferentes etapas y la Cultura Occidental simplemente no puede ser una excepción.

El punto más alto de una cultura es la fase de plenitud que es la “fase cultural”. El comienzo de la declinación y el decaimiento de una cultura está constituido por el punto de transición entre su fase cultural y su fase de civilización”.

“La fase de “civilización” se caracteriza por drásticos conflictos sociales, movimientos de masas, constantes guerras y constantes crisis. Todo ello conjuntamente al crecimiento de grandes “megalópolis”, vale decir: enormes centros urbanos y suburbanos que absorben la vitalidad, el intelecto, la fuerza y es espíritu de la periferia circundante. Los habitantes de estas aglomeraciones humanas, comprendiendo al grueso de la población, se convierten en una masa desarraigada, desalmada, descreída y materialista, sin más apetitos que el pan y el circo instrumentados para mantenerla medianamente conforme. De esta manera provienen luego los “felahs” subhumanos típicos de una cultura moribunda. Con la “civilización” viene el gobierno del dinero y sus herramientas gemelas: la democracia y la prensa. El dinero gobierna al caos y sólo el dinero saca provecho del mismo”. La gente cuyo espíritu se identifica aún con la cultura, viene a decir Spengler, se puede revelar pero dentro de un marco de sociedad masificada y puede llegar a tener éxito. Con ello llegará el “cesarismo” en donde grandes hombres se hacen de un gran poder. El surgimiento de los césares marca el regreso de la autoridad y del deber, del honor y de la estirpe de “sangre” y el fin de la democracia. Las “megalópolis” se deshabitan lentamente y las masas, poco a poco “regresan a la tierra” para dedicarse a las mismas tareas agrarias que ocuparon a sus antepasados varios siglos atrás. El frenesí de los acontecimientos pasa por sobre ellos. Y en ese momento en medio de todo ese caos, surge una “segunda religiosidad”; un anhelo a regresar a los antiguos símbolos de la fe de esa cultura. Las masas fortificadas de ese modo adquieren una especie de resignación fatalista y entierran sus esfuerzos en el suelo del cual emergieron sus antepasados. Contra este telón de fondo, la cultura y la civilización creada por ella se desvanecen”. Aunque todo esto pueda parecer nazifascismo, Splengler no simpatizó nunca con Hitler aunque admiró, en un principio a Mussolini hasta que “El Duce” comenzó a desbarrar con sus enloquecidos sueños imperialistas. Oswald Spengler profetizó como nadie lo había hecho antes, la “decadencia de Occidente”, el cambio de nuestra forma de vivir individual y colectivamente. Su obra, fascinante por su contenido y bella por la simplicidad de su escritura, diáfana y alejada de todo lo que huela a academicismo, es una lección para comprender en qué punto del ocaso de nuestra civilización nos encontramos y obrar en consecuencia. Si nuestra “casta” política no fuera tan lerda y dedicara un poco de su tiempo perdido en leer y reflexionar sobre la obra de Spengler en vez de dedicarlo a sandeces televisionadas, juergas y comilonas, otro gallo nos cantaría. Decía Émile Cioran que “el futuro ha sido siempre atroz”.

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