No iba al cine Palafox desde que pusieron Memorias de África.
El cine, lo recordaba por fuera más grande, porque a los cines les agrandaban mucho esos paneles gigantes, verdaderas pinturas, con los que antes se anunciaban unas películas que duraban meses en cartelera. Ahora se anuncian las películas en unos letreros pequeños encima de la taquilla, que es como entrar a una casa grande por una puerta diminuta. En general, los cines urbanos se han empequeñecido, o troceado en micines, perdiendo toda esa parte grandiosa que tenía entrar en la ciudad al cine. También la falta de luces y de pintura les ha hecho perder color en la entrada, que me pareció triste y gastada, aunque por dentro estuviera el cine completamente renovado, con unos asientos grises que no recordaba. Puede que la sala fuera también más pequeña que entonces. Los años van empequeñeciéndolo todo, como quitándole capas a lo que veíamos. O tal vez es que nuestros ojos eran más grandes.
En la cola de las cuatro en la que yo estaba, se me hacía difícil la espera con la señora de delante sin dejar de hablar y el niño adolescente de atrás sin parar de moverse. Hacía también años que no hacía una cola de tantos minutos para ir al cine, y no recuerdo haberme adelantado para tener las entradas para toda mi familia, como un hecho excepcional: querer ver todos, distintas generaciones, la misma película.
Es una de esas películas que atraen porque las catástrofes inexplicables te dejan impresionado y quieres ver lo que jamás quisieras vivir en primera persona. Y quizás la fuerza de esta película resida en eso, que ha sido vivida por alguien, que basta una historia, una sola historia donde la cinta pone el foco, para que la atracción por ella y saber cómo se resuelve te haga olvidar el drama circundante, el lodo, el agua, la muerte. Una sola persona contando algo tiene la fuerza de una corriente si lo que cuenta lo ha, de verdad, vivido. Y aquí se aprecia, aunque no se oye, la voz de la madre que narra cómo luchó por su familia, y qué distintos son un padre y una madre en el modo en el que afrontan circunstancias parecidas, la férrea unión materna, que al menos en este caso es mayor en apariencia, quizás porque viene desde antes del principio de la vida del niño.
En eso, en la mirada de la madre y del hijo, es donde se encuentra desde mi punto de vista la fuerza de esta película donde todo, como su título dice, parece imposible.
Mientras estaba en la cola pasó por delante una señora con el pelo blanco que avanzaba apoyándose en una muleta y que miró sonriendo a los que allí esperábamos. Luego resultó ser la persona que abrió la taquilla. Puede que fuera ella quien me vendiera las entradas para Memorias de África hace un siglo. Tantos años trabajando en el Palafox y todavía se alegra cuando se forman colas para ir al cine.