Nº 1134 -  21 / V / 2013 
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Crónicas liberales

La responsabilidad histórica de Rajoy

Manuel Martín Ferrand
 

Dice Mario Vargas Llosa, español voluntario – los demás lo somos por nacimiento y obligación -, que “la unidad de España sólo puede fortalecerse en esta época”. En contra de lo que predicaba Ignacio de Loyola, los tiempos de tribulación son magníficos para las grandes mudanzas. En ellos – de perdidos al río – se achican los riesgos, se ensanchan los horizontes y la necesidad tiende a prestar las ayudas que suelen negar la prosperidad y el sesteo.

España atraviesa una jungla de dificultades y problemas. El económico, el de más urgente solución, no es el más grave. Se resquebrajan las cuadernas de la nave del Estado, como era previsible aunque no estaba previsto en la Constitución vigente, y por todo ello acierta el marqués de Vargas Llosa al señalar la idoneidad del momento para abordar las grandes transformaciones que resultan imprescindibles para reconstruir lo deshecho, reforzar lo debilitado y, sobre una nueva pauta normativa, propiciar un Estado fuerte en su potencialidad, mínimo en su estructura y capaz de contentar a todas las piezas del puzzle nacional.

Las próximas elecciones autonómicas en el País Vasco y Galicia, junto con las catalanas de dentro de un mes, serán, como al principio de cada entrega de los viejos folletones, un “resumen de lo publicado”. Previsiblemente, mientras Galicia insistirá en su españolidad, el País Vasco y Cataluña reforzarán su condición centrífuga. Son muchos los vascos y catalanes que se sienten “incómodos” en el modelo constitucional vigente y somos muchísimos más los españoles que, a la vista del agotamiento y los excesos habidos a partir de la Constitución de 1978, entendemos la conveniencia de un repaso que haga posible la convivencia entre todos sin propiciar la ruina del Estado y el declive de la Nación.

No es necesario, ni conveniente, sacralizar la Transición. Entonces, después de la muerte de Francisco Franco – ¡en un momento histórico de grandes dificultades! – el consenso hizo posible una Constitución que, mejor o peor, nos ha servido durante treinta y tantos años. En aquellos días escribí docenas de artículos para recomendar la recuperación de los Estatutos de Autonomía gestados en la Segunda República. El catalán del 32, el gallego, plebiscitado y no votado en el Congreso en el 36 por el arranque de la Guerra Civil, y el vasco, aprobado ya en plena contienda.

Aquello, además de un reencuentro con la legalidad constitucional anterior, nos hubiera ahorrado largas disputas y la incongruencia del “café para todos” con la que, en aras de la componenda, hemos construido un mapa de autogobiernos en el que, unos por mucho y otros por poco, todos se sienten a disgusto.

No se vea en estas líneas un apunte crítico contra la labor de los redactores de la Constitución y sus mandatarios. Todo lo contrario. Hicieron lo que pudieron en un momento de incuestionable dificultad. Ni tan siquiera convocaron como constituyentes las elecciones del 77 porque el horno no estaba para bollos. Limar con una sierra y serrar con una lima ha sido, a lo largo de los siglos, la gran necesidad de nuestra vida pública y, gracias a unos pocos, se han superado muchas veces dificultades que parecían insuperables.

Ahora, cuando todas las circunstancias son adversas, es el momento de actuar. Esa es la gran responsabilidad que la Historia ha colocado sobre los hombros de Mariano Rajoy. Alfredo Pérez Rubalcaba tiene la obligación moral de acompañarle y ayudarle. Entre los dos tienen la representación de más del ochenta por ciento de los votos españoles y esa es fuerza moral suficiente para mover una montaña.

No creo que se trate de “retocar” la Constitución para que aguante unos pocos embates más. Lo suyo sería anunciar un proceso constituyente, obrar en consecuencia y redactar un nuevo texto que, sobre las bases del actual, aporte certeza y evite las imprecisiones, especialmente en el Titulo VIII, que han agigantado la fuerza de las partes en contra del todo. Un disparate.

No se debe tratarse de “limitar” el autogobierno de las regiones en las que concurren circunstancias de idioma, cultura e historia suficientes para acotar ciertas diferencias; sino, desde la lógica y la pretensión del bienestar común, rediseñar lo que no era malo, pero que debe ser mejor, más cabal, económicamente posible, socialmente justo y políticamente concordante con lo que se lleva en los países con los que nos asociamos en la Unión Europea.

Este es el momento de actuar. La Historia suele bendecir la oportunidad con más entusiasmo que la cautela.


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