Nº 1163 -  19 / VI / 2013 
Síguenos vía RSS
Síguenos en Twitter
Síguenos en Facebook
Portada República de los Blogs Sección Nacional Sección Internacional Economía y Finanzas Información Deportiva Información Parlamentaria Información Cultural Información Sociedad y Tecnología Gente y Tendencias
 

OPINIÓN

Adolfo Suárez o la ambición del poder II

Javier Pérez Pellón
 

“El honor o la respetabilidad”, – escribe Arthur Schopenhauer en su ensayo “El arte de hacerse respetar” o sea “El tratado sobre el honor” (Adelphi 1998) – , es un sentimiento fundamental que atañe a lo que cada uno de nosotros es o aparece como tal en la mente de los otros y con el cual todos, más temprano o más tarde y durante el curso de las vicisitudes de la vida nos vemos obligados a enfrentarnos”.

Sus originarias raíces de esta visión del mundo había que encontrarlas en la “Ilíada” y en las antiguas tragedias clásicas de Sófocles, pero es Aristóteles quien, por primera vez, da una definición filosófica del concepto del honor en su “Retórica” pero, sobre todo, en “La Ética Nicomáquea” donde presenta su célebre distinción de las tres formas de vida que corresponden a otras tantas concepciones de la felicidad: “la vida dedicada al placer, la práctico política y la teórico-contemplativa. La segunda de ellas es la que mira hacia el honor o sea la opinión que los otros tienen de nuestro valor o de nuestra dignidad, el honor es el motivo que está en la base de la participación en la vida política de la ciudad”. Aquí Aristóteles define el honor como el más grande de los bienes exteriores. “De todas formas para que el honor no se limite a ser sólo aparente es necesario que esté acompañado por la virtud”. Esta afortunada expresión del honor como praemium virtutis lo traduce en latín Cicerón en su “Brutus, y lo vuelven a recoger Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica” y la “Encyclopédie” de Diderot y D’Alembert en el artículo sobre el “honor mitológico”.

Y a mí me ha dado por pensar, por el trato, amistoso y profesional, y durante tanto tiempo, que mantuve con Adolfo Suárez que su ¿desmesurada? ambición de poder le llevó, en las que hay que suponer inquietud y angustia en el profundo de su ánimo a prescindir de la virtud como premio del honor, dejando muchos “cadáveres” a lo largo de su intensa vida política, incluso alguno de los que más incondicional y desprendidamente le ayudaron a alzarse en los más privilegiados puestos del poder. No lo sé, quizás el ejercicio de la política para que funcione en sus mecanismos, debe ser de así .Y no discuto que alguien tenga ambiciones sociales, políticas o de dinero. Todos quisiéramos para nosotros mismos, al menos dentro de las coordinadas liberal-capitalistas en que está organizado el mundo occidental, lo mejor para nuestra vida profesional y el triunfo social, no exento de una gran carga de vanidad, siempre y cuando se atengan a unas ciertas reglas, expresas o tácitas de honestidad y moralidad. Y, por ello, no soy yo el más indicado para poner sobre el tapete de la discusión la de Suárez que ni puedo desvelar porque forma parte de la interioridad de su conciencia y que incluso, admiro. Al igual que es cierto que, como decía André Malraux “con la moral no se hace la política, pero que la política no se puede hacer sin la moral”

Puestos a pensar, y por las conclusiones a las que he llegado después de observar su comportamiento, estoy convencido que Adolfo Suárez se sintió atraído por la falange aunque, a veces, porque el momento no se lo aconsejaba, tratara de ocultarlo. En realidad, salvando la distancia del tiempo y de las circunstancias social-políticas en que creció su figura, Suárez hubiera querido ser un José Antonio Primo de Rivera aunque no pudiera probar, no tuvo tampoco ocasión para ello, la grandeza trágico-heroica de fundador de la Falange. El vestir con elegancia, la postura de los brazos cruzados fueron como gestos automáticos imitados de José Antonio. Y todo ello es lógico y concuerda con su “educación política”. Su mentor político, Fernando Herrero Tejedor, fue un falangista convencido, aunque un poco atípico, por su última pertenencia al Opus Dei, redactó su tesis de doctorado en el “Colegio Mayor Universitario Francisco Franco” después de haber pasado por sus iniciales “Cursillos de Cristiandad” y por su posterior acercamiento al “Opus Dei”. Adolfo Suárez fue, primero Vicesecretario Nacional del Movimiento y después Ministro Secretario Nacional del Movimiento en el gabinete de Arias Navarro, en diciembre de 1975. Algún año antes se sintió tan a gusto dentro de su chaquetilla blanca y su camisa azul cuando fue elegido Procurador en Cortes, por el tercio familiar, por la provincia de Ávila, en 1967. Por supuesto no llegó a la ruptura de las urnas ni a “la dialéctica de las pistolas”, aunque estuvo dispuesto a emplearla cuando le propusieron la creación del GAL, dialéctica que el sociata Felipe utilizaría, chapuceramente, a fondo.

Quien le haya tratado en su etapa televisiva, no podrá por menos que recordar sus prontos un poco chulescos como los de esos falangistas que andaban a tiros con los socialistas, por las calles de Madrid, en los años precedentes a la Guerra Civil: “a ese tío me lo cargo”, pero que en el caso de Suárez ¡faltaría más! ese despropósito no atentaba a la seguridad personal aunque sí a la profesional.

La transición, pese a cuanto se diga, la hicieron los únicos que estaban preparados para ejercerla porque era su pan nuestro de cada día: aquella joven generación que la experimentaba, generosamente, en las aulas universitarias, en los gobiernos civiles, en las vicesecretarías de los ministerios, en la Dirección General de RTVE. La vieja generación del régimen de Franco había pasado la antorcha a los jóvenes alevines, los tan denostados y criticados “nosotros (yo me incluyo como testigo y alguna que otra vez como intercesor) los chicos del SEU” y como tenían plena conciencia de que se podían avecinar tiempos difíciles sacrificaron, por el bien de España, muchos viejos ideales. Y entre estos chicos también estaba Adolfo Suárez. Y, también, entre estas filas, se encontraban jóvenes “renegados” que se habían convertido a la fe socialista o comunista y estaban en su pleno derecho de hacerlo.

Los asesores de Suárez, durante su etapa televisiva, fueron los hermanos Ansón, Luis María y Rafael. El primero le acercó a la “Casa Real” y a la de los entonces príncipes Don Juan Carlos y Doña Sofía, designados por Franco, “dejaré todo atado y bien atado”, como sus sucesores a la más alta magistratura del país: la Jefatura del Estado. El segundo, Rafael, le asesoró en su imagen pública, desde para aconsejarle que corbata podía llevar o recordarle que tal día era el cumpleaños de la mujer del Carrero Blanco para que le enviara un ramo de flores. Fue en este período televisivo de Adolfo Suárez, cuando en el ápice de su confianza con los futuros reyes de España, conoce a Carmen Díez de Rivera, aristocrática, culta y bella figura que, a sugerencia, yo pienso de alguno de los hermanos Ansón, – a los que siempre me ha unido una gran amistad y a los que, desde estas líneas agradezco el exquisito comportamiento que siempre tuvieron conmigo – , Suárez la nombrara, inmediatamente como jefa de su secretaría. Y durante algún tiempo, cuando yo dirigía “Los reporteros”, Carmen fue mi “censora”; ninguno de nuestros programas salía al aire sin haber sido antes visionado con meticulosa profesionalidad por ella.

Fue, precisamente, Carmen Diez de Rivera otro de los “cadáveres” que Suárez abandonó al lado del camino. Sucedió en Pisa el 17 de septiembre de 1988 cuando la antigua UCD había cambiado nombre por el de CDS, (Centro Democrático Social). En esa bellísima ciudad toscana tuvo lugar un congreso de la Internacional Liberal a la que Suárez se había pasado con todas sus huestes sin dar el menor aviso oficial a Carmen Diez de Rivera, que ya conocía desde hacía meses las intenciones y que le representaba en el Parlamento Europeo. Suárez fue nombrado Vicepresidente de la Internacional Liberal y Carmen cambió elegantemente su chaquetilla por del grupo mixto europeo y más tarde, herida y quizás despechada por el comportamiento de su antiguo jefe se pasó a militar en el PSOE del hortera y raquero, antiguo jefe de centuria del Frente de Juventudes de Sevilla, Felipe González. Más de un vez le recordé a Suárez aquel parecer de Churchill sobre los socialistas “que son como Cristóbal Colón, que cuando parten no saben dónde van y cuándo llegan no saben dónde están y siempre a expensas de nuestros bolsillos” y se tronchaba de risa. Y tampoco sé si verdaderamente se sentía un demócrata o simplemente lo aparentaba porque así le convenía. “La democracia, – escribe Churchill, creo que en sus Memorias – , es estupenda cuando se discute entre dos personas y una de ellas no puede asistir a la reunión porque esta enferma”

Adolfo Suárez ha sido un político poliédrico, navegando continuamente, en las aguas procelosas de nuestro inestable país, entre el bien y el mal. Aquí he contado sólo unas cuantas cosas que le definen como tal. Pero es justo reconocer que pilotó la nave con valor y gallardía y que, quizás, como egregio representante de esos “chicos del SEU”, evitó el naufragio. Pienso que es mejor que en su mente perdida sin memoria ignore lo que está pasando. Un solo Suárez vale mucho más que todos estos políticos juntos, indistintamente gobierno y oposición, sindicatos y demás ralea,

Indecentes macarras que no pasa día que no echen paletadas de mierda sobre nuestro país.

Decía Cicerón que “quién no conoce la historia, toda su vida será un niño”.

Traducir artículo
LunMarMieJueVieSabDom
12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930
Portada Republica.com

Portada

Portada Republica.com

Siguenos en:

Canal RSS Republica.es
Facebook
FlickR
Twitter
LinkedIn
Separador

Contacto y direcciones de Republica.com Todos los derechos reservados © 2013

Portada Republica.com
Republica.com